Al filo de la muerte, pero vivos

Parece haberse revertido todo. ¿Qué es primero: el ansia creativa o la mercantilización de lo cinematográfico? Miento si hablo de una reversión de los términos en tiempo presente. La imposición de un sistema de explotación engranado en el cine es casi tan antigua como la cinematografía misma. Casi. Hay un resquicio de tiempo, un puñado de viento que se escurre de esas garras de la planificación, de las tablillas de Excel milenarias: en lo primigenio, en la susurrante necesidad de sostener la cámara, de registrar, de paralizar el transcurso de los días. Ahí reside, supongo, la esencia mínima del cine. Y lo sigue haciendo, incluso en las cimas de lo industrial: todavía caminan, entre los mismos escombros de las majors, autores empeñados en anteponer lo creativo frente a lo publicitario. Pero es el ansia, el latido irrefrenable, el único motor que mueve a aquellos desplazados de los mecanismos metálicos que rigen los medios de producción hoy: abajo, en el lugar en el que las raíces comienzan a desprenderse de la tierra y no llega el riego de lo monetario, el cine es la única cosa que queda. Lo saben bien en la Plataforma de Nuevos Realizadores, que impulsa muchos de esos proyectos que, nacidos en tierra firme, corren siempre el riesgo de desplomarse en el abismo del olvido. Y lo saben en la Filmoteca, que cada mes acoge varios de esos trabajos.

Muchos cortometrajes nacen de un flechazo. Las ideas están en las cosas que decimos todos los días, en el anverso del pensamiento insólito. Uno piensa cosas como ojalá poder ver qué pasaría si yo muriese. Desconozco si ese fue el relámpago que recorrió la mente de Joan Vives Lozano, autor de El escarabajo al final de la calle, a la hora de concebir su película. El cine es un espejo de fantasías ilimitadas que, por supuesto, ha exhibido en multitud de ocasiones cómo diversos personajes asistían, fantasmas en la noche, a los ritos funerarios que siguen a sus defunciones. Sin embargo, servidor no había visto nunca a un cineasta retorcer tanto las cosas como lo hace Vives. Nunca había visto a un personaje asistir a su despedida mientras todavía vive. El protagonista de su cortometraje recibe, mientras compra en la pescadería, la fatídica noticia: una infalible vidente vaticina el día y la hora de su próxima muerte. Recorrida por un hálito de humor congelado, cínico y oscuro, la película de Joan Vives dibuja la hipocresía de un pueblo aparentemente consternado por la muerte venidera, y el absurdo de un hombre a quien, paradojas del destino, la noticia de su fallecimiento lo devuelve momentáneamente a su vida. El subtexto de El escarabajo… esconde una amargura desamparada: exhibe cómo el cariño que damos se restringe a lo excepcional. Navidades, cumpleaños, bodas… y muertes. Lo demás, días fríos.

— ¿Tú no crees que la vida es un poco triste?
— Pero eso ya lo sabíamos de siempre.

‘Anonimato’, de Iván Cerdán Bermúdez

Nos escurrimos desde la tesis de El escarabajo… y, patinando a través de ella, aterrizamos en Anonimato, que se estrenó a nivel mundial en la Filmoteca y está dirigida por Iván Cerdán Bermúdez. Acogida a ese humor negro que también explotaba Vives, la película de Cerdán se sostiene en ese mismo espectro de acción, movido entre el hastío y el dibujo de la muerte como ejercicio de excepcionalidad. Los personajes principales de Anonimato discuten, en una larga secuencia de apertura, sobre el posible sentido que tendría romper su abnegado ejercicio rutinario. Cerdán trabaja con lo cromático y lo lumínico para cubrir su película con una pátina grisácea, oscura, descolorida por el paso del tiempo y el ejercicio del olvido —los personajes, una pareja que ya sobrepasa la mediana edad, se entretienen contemplando vídeos caseros de su pasado, de los días felices—. Iván Cerdán elige el humor como vía de escape, lo cual vuelve a generar una inevitable sensación de solitaria desazón. El contraste tonal entre lo trágico de la naturaleza de Anonimato y lo cómico de su ejecución trabaja en ese sentido: fortificar la tristeza desde su punto opuesto, desde el ridículo, desde la desesperación de unos personajes abocados al absurdo existencial.

Abrir una película —o cualquier cosa: un libro, una canción, una relación amorosa— con un verso de Lorca es un ejercicio arriesgado: la poesía del granadino flotaba en vientos distantes, y colocar ahí el listón es otorgarse cierto grado de liviandad no siempre alcanzable. Sin embargo, en Las cosas del otro lado, Javier Figuero y Elena Ferrándiz trabajan en la dirección opuesta: el verso elegido reza aquello de «no soy un hombre, ni un poeta, ni una hoja…» Es decir: emplean a Lorca para negar su naturaleza lorquiana, para negar su propia identidad, para flotar como observadores a través de un personaje dislocado del centro de la acción. El protagonista de Las cosas del otro lado es un hombre abocado a la conversación con su propia conciencia, que, al estilo de la vidente de El escarabajo…, proyecta en su mente la imagen de futuros crímenes. De crímenes de violencia machista, en este caso. Lo más interesante en lo cinematográfico del trabajo de Figuero y Ferrándiz es el uso del fuera de plano: en el contraplano no visto, en la ausencia de duplicidad en la representación de la realidad late la tesis de su película. No podemos seguir viendo la realidad siempre desde el mismo ojo. Necesitamos el otro. Tenemos que salvarlo.

Se salva, diría Carlos Escolástico, con Amor, amor, amor. Su cortometraje, último de la sesión —y también en estreno mundial—, se articula en torno a un dispositivo formal: el establecimiento del plano secuencia y el corte de montaje —o su ausencia— como modelo de creación de una nueva realidad representada. Con el pulso firme y un único plano sostenido hasta los instantes finales del cortometraje, Escolástico recorre el viaje emocional de tres mujeres que sufren, en la sala de espera de un hospital, el inicio de la ausencia. Las tres han perdido a sus respectivos maridos, aparentemente en el mismo accidente de coche. Como los tres vértices del mismo triángulo, estas tres mujeres se arrastran por la pérdida exhibiendo, cada una de ellas, algunas de las descompensaciones del matrimonio como entidad fallida; también de sus chispazos felices. Cuando la cámara corta y abre otro plano, la ráfaga se sucede. El triángulo se deforma y el uso del plano secuencia cobra sentido narrativo. Amor, amor, amor… ojalá no te hubiésemos perdido nunca. ¿O todavía estás ahí?

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Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

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