Al otro lado de la violencia

El dolor siempre tiene dos lados: el del sufrimiento y el del consuelo. Uno nunca se comprende sin el otro, porque ambos ejercen sobre su contrario un pulso que los balancea, que los mantiene en pie. Pasa lo mismo en todo conflicto humano, incluso en las guerras más terribles. Pasa que hay dos lados del dolor. Por un lado están la sangre, las balas, la pérdida, las lágrimas, la inimaginable tortura. El sufrimiento. Por otro, la calidez de la unión de esas personas que sólo luchan para que el dolor se termine. El consuelo, por pequeño que sea. En ese arco mínimo, casi invisible, habita Comandante Arian, una historia de mujeres, guerra y libertad, el último documental de Alba Sotorra.

Hay algo en la mera existencia de esta pieza audiovisual que adquiere un inmediato misticismo al contacto con el ojo del espectador. En su caso no importa siquiera la ejecución, no importa el continente y tampoco el contenido: en su propia concepción, en la mera decisión de llevar a cabo un proyecto de estas dimensiones, palpita un escalofrío que te recorre con violencia. Me explico: Alba Sotorra —documentalista catalana que ya nos dejó claro su arrojo al contar, en Game Over, la historia de un joven obsesionado con la guerra que vuelve a casa desencantado tras ser francotirador en Afganistán— se mete de cabeza en la línea de combate en la que un grupo de guerreras de la resistencia kurda se bate con el ISIS en pleno conflicto sirio. Y se mete con una cámara.

Habréis comprendido ya el escalofrío. Así pues, es complicado emitir un juicio estrictamente cinematográfico acerca de un documental que nace ya con ese estado de excepción integrado en su sangre. Sin embargo, hay algo muy valioso en la selección focal de Alba Sotorra a la hora de contar su historia, relacionado de forma estrecha con el hecho de que eligiese a la Comandante Arian, líder de un comando —valga la redundancia— femenino de la citada resistencia kurda, como protagonista de su historia. Y es que lo que este film elige narrar, pese a su ubicación, pese a su riesgo, pese a su desgarrada valentía —o quizá gracias a ella—, es justo lo opuesto a lo que cualquiera podría intuir: Comandante Arian, una historia de mujeres, guerra y libertad no es un documental bélico. O sí lo es, claro. Pero habla sobre el otro lado de la guerra. Sobre el lado del consuelo.

En lo estético, Comandante Arian se mimetiza con el tono de la película. A Alba Sotorra no le interesa el momento en el que las guerreras resultan heridas, sino aquel otro en que, entre todas, colaboran para curarse.

Así, Alba Sotorra despliega un minucioso y rutinario retrato de las mujeres que conforman el citado comando, lideradas por Arian. Se adentra en las entrañas de las Unidades Femeninas de Protección (YPJ), conformadas por guerreras que buscan, en medio de uno de los conflictos más áridos y crudos del mundo contemporáneo, reclamar el derecho de la mujer a ser libre. Volviendo a repasar la filmografía de la cineasta, nacida en Reus en 1980, nos encontramos con otro documento estremecedor, que sirve como ejercicio paralelo de Comandante Arian. Se trata de Miradas desveladas, documental estrenado en 2008 en el que Alba Sotorra realiza un viaje en autoestop desde Barcelona a Pakistán para retratar a cinco mujeres que también se rebelan, dentro de una sociedad profundamente desigualitaria y represiva, contra un status quo rocoso.

Queda, pues, definida la mirada cinematográfica de la directora, que se erige como una recopiladora de testimonios invisibles; como una desaforada buceadora decidida a arriesgar su propia vida con el objetivo de contar historias que, de no ser por ella, nunca llegarían a ser contadas. En lo estético, Comandante Arian se mimetiza con el tono de la película: emplea planos abiertos, a menudo estáticos, que reflejan con desnudez la realidad que las guerreras viven en los momentos entre cada una de las salidas al frente de combate. A Alba Sotorra no le interesa el momento en que resultan heridas, sino aquel otro en que, entre todas, colaboran para curarse.

Y en medio de esa tormenta se erige, como un limpio cisne entre los escombros, el carismático personaje de Arian. Con una sonrisa suave y una arrebatadora capacidad para sostener el equilibrio emocional dentro de un ambiente irrespirable, se convierte en el pilar central alrededor del que las guerreras del YPJ construyen un mundo posible en el otro lado de la violencia. Un mundo de cariño, de profundo respeto por la vida y de blanca esperanza. Eso es lo más fascinante de Comandante Arian, una historia de mujeres, guerra y libertad: que, en un mundo tan cruel como el nuestro, personas como Arian o Alba Sotorra puedan seguir existiendo. Por ello damos las gracias.

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Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

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