Apuntes entre dos películas feroces

¡Premios, premios! Enero y febrero, en cine, son meses de premios. Hace ya un tiempo que uno se replantea el pragmatismo del galardón del mismo modo en que rebusca en los significados últimos de la unión matrimonial: ¿qué significa realmente un premio para una película? ¿Qué significa realmente una boda para el amor? Intuyo varias posibles respuestas para ambas preguntas, y esta multiplicidad argumental me conduce inevitablemente a un sumidero de desconcierto. Lo más probable es que ninguna de esas respuestas sea realmente válida o posea un regazo cuerdo de certeza.

Pienso que ambas cosas sirven, indiscutiblemente, como artefacto lúdico: se pudo ver en la última gala de los Premios Feroz, en la que muchas cosas sucedieron como podrían haberlo hecho en cualquier boda a la que este redactor haya asistido. Sin embargo, sospecho que ninguno de los dos eventos piensa en sí mismo como un mero acto de celebración lúdica. Hay, tanto en el acto de premiar a una película como en el de unir a una pareja, una solemnidad adquirida por el hábito que les imprime un aura de oficialismo muy arraigada. En lo que a mí respeta, desconozco el pragmatismo del matrimonio más allá de la ofrenda de una noche de vino y amor. Sin embargo, sí veo cosas útiles en reconocer el trabajo de los cineastas. Y más si el reconocimiento viene dado por los prescriptores —los periodistas—, como ocurre en el caso de los Feroz.

En este caso concreto, el hecho de premiar a una película u otra es un modo de proyectar. Proyecta imagen, proyecta seriedad, proyecta peso. Que los especialistas —intuimos personas con vasto conocimiento alrededor del sector, del hecho cinematográfico y de la industria— seleccionen a un trabajo u otro para atribuirle la subjetivísima etiqueta de lo mejor de, más allá de capitular un año de cine con una caprichosa clasificación, sirve como espejo mediático. Devuelve a la vida a esa película, habitualmente ya retirada de los circuitos de sala, y la extiende dentro de un público mainstream que puede no haber entrado en contacto con ella previamente. Hay, en este punto, un hecho irrebatible: en 2018, muy pocas películas españolas con vocación netamente artística han gozado de una repercusión social importante. Digo pocas, pero podríamos decir que ninguna. Las cifras de El reino o Quién te cantará, dos de las películas estrella de la temporada de premios española, se quedaron muy lejos de alcanzar el impacto deseado. Algo curioso, en el caso de la primera, dado el previsible impacto que su tratamiento de la corrupción política podía haber generado en un público amplio; en el caso de la segunda, tras el rotundo éxito entre la cinefilia del trabajo previo de Carlos Vermut, Magical Girl.

Es muy probable que una gran parte del público nacional haya escuchado hablar de Entre dos aguas o Apuntes para una película de atracos por primera vez gracias a los Premios Feroz. Eso es aire fresco, es amplitud de horizontes, es ruptura de paredes. Es bonito

En el lado opuesto de la balanza está Campeones, claro. La película de Javier Fesser arrasó en taquilla —fue, tras Jurassic World: El reino caído, Los Increíbles 2, Bohemian Rhapsody e Infinity War, la quinta película con mayor recaudación en España en 2018— y está haciendo lo propio en la temporada de premios. Se llevó el Forqué la semana pasada y este fin de semana se ha asegurado el Feroz a Mejor Comedia. La reivindicación, en este caso, llega en el sentido opuesto: los premios funcionan, en Campeones, como mecanismo de reafirmación del éxito entre el público. Hay algo de inanición en todo esto, dado que no existen argumentos puramente artísticos para el triunfo de Campeones, ni tampoco la explícita necesidad de reavivar una película que, por su propio pie, ya ha superado sus propias pretensiones en cuanto a repercusión. Sin embargo, la conversación está ahí, estancada: El reino, Quién te cantará, Campeones. Cerco cerrado —y ya nos parece algo caprichosa por nuestra parte la inclusión de Quién te cantará en dicha terna—.

En la lejanía se despliegan otras tantísimas películas, propuestas desde un lugar quizá similar al de Vermut, aunque con un mecanismo de propulsión menor. En los Feroz se resolvió el impulso de dos de ellas, aunque de forma algo subterránea. Son Entre dos aguas, de Isaki Lacuesta; y Apuntes para una película de atracos, de Elías León Siminiani. Ganadoras del Premio Especial —¿especial por qué?— y el Premio al Mejor Documental, respectivamente, estas dos cintas representan la prometedora presencia de un circuito subversivo en el mainstream. Lacuesta y Siminiani llevan años haciendo cine desde el otro lado del espejo, explorando los mecanismos narrativos y los modelos de representación de la realidad y reivindicándose —a través de su trabajo, claro— como dos de los cineastas más fascinantes del panorama nacional. Viéndolos recibir premios por parte de una institución como los Premios Feroz, uno no puede sino sonreír de agradecimiento.

Puede ser este un reclamo caprichoso, no lo sé. Quizá no existan métodos ni gramáticas de la celebración, y deba aplicarse ésta con el criterio subjetivo del mecanismo que las promueve sin atenerse a ninguna sujeción previa. Es perfectamente lícito que los Feroz, los Goya, los Oscar o el Nobel premien a quien ellos convengan, faltaría más. Pero es muy probable que una gran parte del público nacional haya escuchado hablar de Entre dos aguas o Apuntes para una película de atracos por primera vez gracias a los Premios Feroz. Eso es aire fresco, es amplitud de horizontes, es ruptura de paredes. Es bonito. Y es lo que me hace pensar, hoy, que quizá las bodas sí nos digan algo del amor. Quizá no lo hagan. Pero yo prefiero pensar que sí.

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Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

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