Búsquedas en la noche sin tiempo

El cine es una cosa bella cuando agita. Cuando se emplea como herramienta expansiva, como artefacto afilado de pensamiento. Es algo curioso, analizando la industria cinematográfica, lo fácil que resulta comprender cuáles son los paradigmas discursivos de cada época, cuáles las líneas generales de pensamiento de las sociedades de cada momento. Pero siempre chispean con mayor interés aquellas obras que se atreven a atravesar esas pantallas, a alejarse de lo ordinario a través de lo estético. El cine español está aprendiendo a convivir con ese tipo de miradas. Hoy llega a la cartelera el debut en el largometraje de una de ellas: la de Andrea Jaurrieta. Hoy llega Ana de día.

La búsqueda de este film parte, precisamente, de esa fractura. De esa línea frágil que separa nuestros raíles rutinarios de la perpetua frustración existencial; de los pasos en falso que nadie está dispuesto a perdonarnos. En el maniqueo diseño identitario de la generación millennial se incrusta, con vehemencia, una incomodidad que late despacio, en silencio, estableciendo un constante roce entre expectativas y realidad que nunca llega a colocarse en el sitio necesario. Así que Andrea Jaurrieta establece el punto de partida de Ana de día en el instante en que Ana —metamorfósica, inquieta, inabarcable Ingrid García-Jonsson— comprueba cómo su estrecho vínculo con su vida soñada se deshace de forma repentina. No es que su vida cambie; es que su pensamiento se disloca. Se aparta un instante de las carreras de velocidad de los días y observa el mundo por la ventanilla. Se da cuenta, entonces, de que no lo conoce. De que no se conoce a sí misma, siquiera, siempre viéndose en los mismos espejos.

Ese quebrado, ese instante decisivo es dibujado por la cineasta navarra a través de un ejercicio de proyección: como extraída de su propio volumen físico, Ana observa la aparición de un doble de sí misma que comienza a llevar a cabo todas las acciones diarias que, hasta entonces, ella llevaba a cabo sin cuestionarse nada. Esta duplicidad física convierte a la Ana original, la que busca introducirnos Andrea Jaurrieta, en una suerte de doppelgänger, un desdibujado descreído de su personalidad; le permite contemplarse a sí misma en toda su ridiculez ordinaria, todo ese atávico quehacer vacío. Y escapa. Huye.

Un bello ejercicio estético que compagina un planteamiento filosófico verdaderamente emocionante —¡y rupturista!— con una propuesta visual que denota mirada, estilo y sello propios

Y aquí surge otra de las más fantasiosas decisiones narrativas de Ana de día, así como una de las más fascinantes. El personaje de Ingrid García-Jonsson no emprende una huida tradicional, una huida física, sino algo más bien similar a lo que hace el personaje central de Joven y bonita, de François Ozon: Ana se escurre de su realidad manteniéndose en el mismo lugar. Se trata de un desplazamiento casi temporal, o más bien del acceso a un universo invisible, sórdido, un nocturno universo en el que las identidades fijadas de la sociedad moderna se desdibujan. Andrea Jaurrieta expone esta transición a través de un giro brusco en la puesta en escena, trabajada en coherencia con la fotografía de Juli Carné Martorell. Los espacios diáfanos, la limpieza cromática y la luminosidad del mundo de Ana se convierten, con la entrada en ese túnel oscuro de nocturnidad, en una pasarela de colores exageradamente subrayados, de fuertes contrastes, de sordidez lumínica. Ese viaje se dibuja, también de forma radical, en la expresividad de una Ingrid García-Jonsson que —como mencionábamos previamente— se descompone para construir dos personajes prácticamente opuestos. Es entonces cuando Ana desaparece. Es entonces cuando llega Nina.

Ya dentro de ese mundo de cabarets olvidados, personajes imposibles extraídos del mundo del burlesque —particularmente inquietante es ese maestro de ceremonias interpretado por Fernando Albizu—, Andrea Jaurrieta induce a su película a un estado de delirante onirismo, roto apenas por la suciedad de las escenas transcurridas en el interior de la pensión vieja en la que Nina decide alojarse. Allí se destapa otra de las gemas escondidas del film: Mona Martínez. En el papel de Sole, esta actriz se destapa como una de las grandes revelaciones del año cinematográfico español —su papel en El reino, de Rodrigo Sorogoyen, fue su debut en la gran pantalla—. En Ana de día encarna a un personaje que certifica el juego de espejos propuesto por la directora: si al principio Ana se enfrentaba a su realidad presente, ahora Nina se ve obligada a encontrarse de frente con su realidad futura.

Andrea Jaurrieta se ensimisma en la plástica recreación del mundo cabaretero, extendiendo la doble caída de Nina hacia un lugar que no existe, hacia un mundo de olvido. La película se envuelve en sí misma quizá demasiado en una escena final en la que todo su desarrollo dramático se verbaliza a través un monólogo que, sin embargo, Ingrid García-Jonsson levanta con magnética entereza. Algo que, sin embargo, se queda lejos de empañar un film valiente, armado de grandes ideas de concepto y formales y que reivindica los ocho años que su directora ha pasado tratando de sacarlo adelante. Un bello ejercicio estético que compagina un planteamiento filosófico verdaderamente emocionante —¡y rupturista!— con una propuesta visual que denota mirada, estilo y sello propios. Que captura al tiempo en una noche inimaginable.

Adrián Viéitez

Todas las promesas de mi amor se fueron con 'Cría Cuervos'. Ahora bailo y canto 'La Tarara' alrededor de una pira lorquiana. Si preguntáis por ahí os dirán que soy periodista. Si me lo preguntáis a mí, os diré que no sé muy bien quién soy.

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