Celia Rico: “El cine hace posible que las cosas duren más”

Cuando llueve, las gotas caen por los cristales con gesto violento. Se escurren por la superficie de las ventanas uniéndose y separándose de manera azarosa, guiadas por el rumbo de los vientos. Cuando el tiempo amaina, aún recostadas en la curva de las tuberías horizontales de los tejados, las gotas suspiran. Con la llegada del sol, comienzan a desvanecerse vagamente, a medida que su superficie se va disipando ante el aterrizaje de la mañana. Celia Rico se detiene en ese lapso nocturno entre la lluvia y el sol, en ese segundo en que las gotas aún viven, aún respiran. Viaje al cuarto de una madre es, de algún modo, la dilatación de ese espacio, de ese hueco temporal insólito en que nos permitimos observar el pasado con calma, sin anticipar la brusca venida del futuro que ya es hoy. Su forma de comprender el cine, de hecho, tiene mucho que ver con esa suspensión de los tiempos.

En Luisa no está en casa, cortometraje que precede a Viaje al cuarto… en la filmografía de Celia Rico (Sevilla, 1982), el tejido cinematográfico se enhebra desde el mismo punto de partida: la construcción de un ambiente doméstico estancado, opresivo, en el que predomina la incomunicación. La cineasta introduce en esos hogares aletargados un pequeño elemento que lo quiebra todo: en Luisa no está en casa se estropea la lavadora; en Viaje al cuarto de una madre una de las protagonistas —Leonor, la hija, interpretada por Anna Castillo— decide marcharse al extranjero. Esa entropía filtrada induce a Luisa y Estrella —la madre, interpretada por Lola Dueñas— a un despertar forzoso. De pronto, ambas dejan de reconocer sus quehaceres diarios. Se observan en el espejo y contemplan todas las sombras. En ese ejercicio de liberación, de expulsión de lo autocompasivo, late el renacer emocional de dos personajes entregados a sus respectivas derivas.

Fotograma de ‘Viaje al cuarto de una madre’.

Hablé con Celia Rico, que no sólo exhibe un contundente dominio de la expresividad del lenguaje cinematográfico en su labor como directora, sino que goza de una gran facilidad dialéctica para trasladar su base teórica al interlocutor —véase yo mismo, en este caso—. Dice:

—A mí, como cineasta, lo que más me interesa es enfrentarme a la relación entre lo íntimo y lo social, lo privado y lo público.

Tomamos esta línea axiomática y viajamos ahora a la tesis fundacional del Viaje al cuarto de una madre, la película que ha colocado su nombre en el firmamento de la cinematografía española. Dice Celia: “Aquí exploro, a nivel temático, el proceso mediante el cual uno toma distancia con su propia familia a medida que crece”. Esa lejanía se experimenta a través del personaje de Leonor, creado en espejo con la propia Celia. “Todo ha sido un proceso de mímesis entre mi madre y Lola —Dueñas—; entre yo misma y Anna —Castillo—”. Joven y enclaustrada entre cuatro paredes que respiran la ausencia desde la muerte de su padre, Leonor contempla cómo, bajo su endurecida expresividad, comienza a florecer la necesidad de encontrar estímulos nuevos, de renacer. Así que decide marcharse, dejando atrás a su madre. Dejando atrás a la película, que se queda encerrada entre esas mismas paredes. Sin Leonor, el aire se hace insoportable. Estrella tiene que abrir las ventanas.

“La toma de decisiones es una cuestión que estaba presente en Luisa no está en casa y que atraviesa por completo la película. Me interesa investigar, desde un punto de vista cinematográfico, lo difícil que resulta a veces tomar decisiones, y cómo esa dificultad se traduce muchas veces en un modo brusco de hacerlo. No hablo necesariamente de decisiones existenciales, aunque sí de decisiones cotidianas con mucho mayor calado del que aparentemente tienen. Otorgo fuerza a esos gestos”. De esa manera, Estrella decide volver a hacer cosas que había aparcado. Decide relacionarse, abrir sus espacios. Las ventanas de su cuarto, un día, dejan de estar bañadas por los restos de la lluvia; comienzan a filtrar rayos de sol. Las decisiones del personaje interpretado por Lola Dueñas iluminan el Viaje al cuarto de una madre.

Fotograma de ‘Viaje al cuarto de una madre’.

La clave de la mirada de Celia Rico está, de hecho, en lo mínimo. Ella construye una parábola dramática articulada a través de gestos imperceptibles, de ridículas modificaciones en los espacios domésticos, de pequeñas modificaciones en la gestualidad de sus personajes. “Más allá del reto de hacer una película como directora novel, para mí era toda una batalla esa voluntad de levantar una historia a través de elementos tan mínimos, de sostener todo el arco emocional de los dos personajes a través de sus pequeños gestos. Tenía que materializar, a través de la dirección de las actrices, todos esos meticulosos detalles presentes en el guión: traspasarlos a una serie de miradas, de respiraciones. Cuando escribes, puedes ir calculando como el que apunta notas en un pentagrama, pero en el cine —igual que en la música— existe un elemento de ejecución indisociable del proceso de escritura, que en este caso tenía que ver especialmente con la dirección de actrices”.

La emoción, la emoción, la emoción. Mientras habla, Celia Rico traza los arcos dialécticos para regresar siempre a lo que ella quiere encontrar, que es el elemento genético, el trazo imposible de filmar de la emoción profunda. Ella, como tantos otros cineastas que vivieron para capturar lo imposible, sostiene su elemento creativo en función de ese ansia insaciable, de la posibilidad remota de que la cámara, en un momento de descarnada fragilidad, capte lo invisible. La emoción, la emoción…

“El cine hace posible que las cosas duren más. No me refiero a detener el tiempo, pero sí a enfocar las emociones más de lo que lo hacemos de manera ordinaria. Por eso quería, y era importante, desnudar a la película de acción dramática. Así me acercaría un poco más a poder tocar las emociones. Quizá la película surge de una emoción antes que de una idea… del malestar que siento al pensar que yo no puedo corresponder el amor de mis padres. Necesitaba desnudar toda la historia para no tapar eso. En el momento en que la hija se marcha existe una escisión, y nosotros nos quedamos dentro de la casa, a solas con la madre. Desde ese vacío es desde donde yo me propuse indagar en ese abismo existente entre ambas“.

Finalmente ocurre lo grandioso: en esa cápsula gastada, en ese cuarto carcomido por la ausencia y el paso del tiempo, se despierta algo que no podemos explicar. Tendríamos que inventar un lenguaje como el cine; tendríamos que tener la mirada de Celia Rico. Por ahora, las palabras no me sirven de mucho cuando quiero hablar del Viaje al cuarto de una madre. Esa es una noticia extraordinaria.

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Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

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