Cine de calidad contra la condescendencia

Carmen y Lola se observan por primera vez a través de las telas del mercadillo. Estrella y Leonor hablan a través de sus miradas, hablan sobre el acordeón que ya nadie toca, hablan sobre la pérdida por primera vez. Nina fija la vista en Ana, que sale del portal, despistada. Y Ana se da cuenta de que está ahí. Las mujeres se miran, hablando bajito, porque los gritos están en otras habitaciones. Y todas esas miradas son vidas que comienzan a brotar en libertad. Son vías secundarias, escondidas, pero cuidadosamente esculpidas. Son las películas de Arantxa Echevarría, Celia Rico y Andrea Jaurrieta. Y de muchas otras cineastas más.

Los nombres empiezan a agolparse en la memoria reciente, la memoria que acumula recuerdos de jóvenes directoras que han empezado a surgir con feroces rugidos a lo largo de los últimos años. Es larga la lista: Carla Simón, Nely Reguera, Elena Martín, Elena Trapé, Mar Coll, Paula Ortiz, Marta Díaz de Lope Díaz, Meritxell Colell, Leticia Dolera, Ana Asensio, Anxos Fazáns, Carmen Blanco y un largo etcétera. Pero es mucho más bonito lo que se esconde detrás de esos nombres, de esa lista de identidades: cine que expande, cine que busca, cine que inventa. Cine que no se rinde. Que exclama que las personas que están detrás de las cámaras son mujeres, sí, pero que eso no debería ser ninguna noticia. Que lo que importa es que su trabajo es de calidad.

Porque si las tres cineastas que protagonizan este texto coinciden en algo es la certeza de que la sombra de la condescendencia sigue pegada a sus espaldas. “Yo hice una película pequeña porque nadie me quiso producir una película de gitanas enamoradas“, dice Arantxa Echevarría. “Parece que hay ciertas modas que se aprovechan de tu trabajo para colocarte ahí“, apunta Celia Rico. “Ahora mismo nos reservan una parcelita pequeña, como diciendo: míralas, qué monas” sentencia Andrea Jaurrieta. Es cierto que la lista de nombres sigue haciéndose grande, pero el salto todavía está empezando a gestarse. Profundizando un poco en este fenómeno, no hay que ser muy ágil para percatarse de que hay ciertas líneas comunes que no se terminan de quebrar. Y mientras no lo hagan será imposible que exista una paridad de géneros fáctica en el mundo cinematográfico.

¿Dónde está el dinero?

En 2015, el ICAA modificó su sistema de ayudas especificando puntos concretos para la creación de cineastas mujeres y las óperas primas. Este giro, procedente de las instituciones, puede ser uno de los motivos de que tantas directoras hayan podido sacar adelante sus películas en los últimos años. Arantxa Echevarría, a sus 50 años, es una de ellas. “Ha sido un proceso muy largo, verdaderamente arduo. Llevo en esto desde los 18, es decir, más de treinta años. He hecho de todo, desde meritoria a auxiliar de cámara y ayudante de producción”. Su extenso camino rompe frentes aquí, en 2018, con el estreno de Carmen y Lola. Arantxa fue, el pasado mes de mayo, la primera cineasta española de la historia en ser nominada para la Quincena de los Realizadores de Cannes.

Ella afirma que, para sacar adelante Carmen y Lola, sí fue fundamental el cambio de dirección en las ayudas del ICAA. “Es cierto que estamos aprovechándonos de ciertas leyes modificadas del Ministerio de Cultura, pero es que si hago una película en cuatro o cinco años lo lógico es que pueda pagar mi piso durante ese tiempo. A veces pienso que las mujeres hemos tenido tanto tiempo tantas historias que contar que no nos importa ni dejar de comer con tal de sacarlas a la luz”. Pese a que esas ayudas han sido clave para que su película se rodase y se llegase a estrenar, es perfectamente consciente de que la dimensión que ha podido darle no es la que le habría gustado. “Me gustaría desmentir que las mujeres estamos haciendo películas pequeñas, pero lo cierto es que estamos haciendo lo que nos están dejando hacer. Dame cuatro millones de euros y te hago un blockbuster tremendo. Pero los productores vienen a nosotras con ese aire de: te produzco una película pero con unos presupuestos en los que la pérdida puede ser relativa. El día que hagan esa apuesta gorda. Ese día habrá paridad”.

Fotograma de ‘Ana de día’, de Andrea Jaurrieta.

El caso de Celia Rico con Viaje al cuarto de una madre ha sido similar. Ella está de acuerdo en que estas ayudas en las puntuaciones son “una forma de proteger a las mujeres”, pero no olvida nunca el matiz: “Lo más raro de todo esto es tener que salir a decir que nos tienen que apoyar. De alguna manera, esto lo que demuestra es que no ha aparecido, de repente, un talento femenino en los últimos años. Es que antes nadie apostaba por nosotras. Y se está empezando a hacer porque también empieza a haber más mujeres en las productoras y las distribuidoras, más mujeres decidiendo cuál es el cine que se hace y el cine que se estrena. Y eso provoca que la mirada sobre las películas deje de ser monocroma en cuanto a género”.

En el lado opuesto de las cosas está Andrea Jaurrieta, que no tuvo tanta suerte con las ayudas de cara a liberar a Ana de día, el proyecto en el que lleva inmersa los últimos diez años. “El problema de las ayudas del ICAA es que funcionan como una trampa: cuentan con dos fases económicas primero y, si no las pasas, no puedes llegar a la fase creativa en la que valoran tu proyecto por lo que es. Yo nunca llegué a esa tercera fase, porque para eso tienes que tener detrás a una productora fuerte que te apoye, o a una televisión que se meta en tu proyecto, o incluso a una distribuidora grande que lo avale. Todas esas cosas dan puntos que yo no tuve”. Así que la alternativa es batirse con lo que uno tenga, conformarse con lo pequeño. “Las óperas primas y el cine de autor están sufriendo mucho con esto, salvo que tengas la suerte de que una productora que apueste por este tipo de películas, como puede ser Apache, apoye tu proyecto. Si no, estás jodido. Te queda hacerlo tu mismo a lo McGyver, con dos pipas y un chicle. Te compensa dedicarte a la frutería“.

El cine se estrella con el márketing

Bajo la decisión del ICAA de fomentar el cine dirigido por mujeres se esconde una realidad social que comienza a subyacer en todos los ámbitos: el feminismo ha comenzado a asentarse en el discurso oficial y, como siempre ocurre con los mecanismos automáticos de un sistema que todo lo mercantiliza, rápidamente se ha trasladado a lo económico. Esto preocupa a las cineastas, que temen ser utilizadas como meros productos de márketing destinados a lavar la imagen de las instituciones, lejos de ser consideradas exclusivamente por aquello que ellas desean que se valore: la calidad del trabajo que producen.

Fotograma de ‘Viaje al cuarto de una madre’, de Celia Rico.

Arantxa Echevarría lo percibe en el hecho de que, si bien es cierto que en el ámbito de la dirección están apareciendo cada vez más nombres que aumentan el grosor de la lista, muchos otros puestos continúan teniendo un ratio de trabajadoras ínfimo. “Carmen y Lola fue una película netamente femenina. El 75% del equipo eran mujeres, y no solo en maquillaje o peluquería, sino en funciones en las que no suelen estar. Porque, si te fijas, en España solo el 2% de las películas tienen, por poner un ejemplo, directoras de fotografía. Y ya no hablemos de las bandas sonoras”.

Para Celia Rico, lo más preocupante de que este fenómeno se esté alzando como una proclama está en la estandarización del proceso: “Es verdad que se nos intenta dar visibilidad, pero se nos visibiliza siempre desde el estereotipo. Entre nosotras, las cineastas, existe una evidente alegría, un estado de celebración ante la aparición de películas nuevas, pero también percibes una incomodidad que siempre está. Estamos incómodas ante la idea de que se nos pueda utilizar como a una moda. Porque está muy bien que hablemos de este tema, ¡claro que hay que hablarlo y es importante!, pero, cuando se presenta el fenómeno de la aparición de las directoras, se nos hacen preguntas que nunca se le harían a un hombre. Y sientes que se están aprovechando un poco de tu trabajo para colocarte ahí, como una herramienta. Estaría bien que este proceso no terminase con la aparición de una serie de cineastas; la transformación real estará en darles solidez en sus carreras, en que crezcan como lo hacen los directores masculinos”.

El cine de mujeres

“Cuando las mujeres empezaron a escribir, sólo les dejaban hacerlo si lo que escribían eran cuentos para niños o historias románticas para mujeres. Ahora está sucediendo algo muy parecido pero con nosotras, las directoras de cine. Se nos trata siempre desde esa perspectiva, desde ese pedestal. Se nos habla siempre con condescendencia, se nos dice: ah, mira, qué bien está, tienes mirada, pero siempre como si eso fuese algo sorprendente, haciéndote sentir pequeña. Yo digo: dame dinero y te hago El reino. Yo quiero hacer películas grandes, que la gente venga a ver mi película y no piense en si soy director o directora. Quiero que llegue ese momento”. Las palabras son de Andrea Jaurrieta, que cree rotundamente necesario que “sigan apareciendo mujeres que cuenten historias, y que se las valore por su forma de hacer cine y nada más“.

Fotograma de ‘Carmen y Lola’, de Arantxa Echevarría.

Lo mismo piensa Arantxa Echevarría, quien cree que si Carmen y Lola hubiese sido dirigida por un hombre habría sido algo muy similar a La vida de Adele. “Creo que esa película representa exactamente la visión masculina de la feminidad. En ella hay un voyeurismo alrededor del sexo que se regodea en sí mismo. Es una película sobre un primer amor y en ella hay como 25 minutos de relaciones sexuales, cuando yo pienso que el primer amor siempre es torpe, iniciático. En él, la parte física siempre se queda un poco más atrás que la emocional. El primer polvo de Carmen y Lola, que no se ve en la película, seguro que fue caótico, y no un poema visual“.

Que la mayor parte de las películas de todas estas directoras sean óperas primas y cuenten con pequeñísimos presupuestos ha provocado que otro estigma caiga sobre ellas, de nuevo desde el discurso mediático. Lo dice mejor Celia Rico que yo: “Parece que solo haya un tipo de proyecto que dirijamos las mujeres. Parece que solo hacemos cine intimista porque se han asociado al mismo fenómeno una serie de películas que comparten unas características comunes. Así que se nos ha otorgado, de alguna manera, el patrimonio de lo íntimo, cuando lo cierto es que hay muchos hombres haciendo películas de autor de corte intimista también”. Y así, piedrecita a piedrecita, se va generando una molestia que invade y que no deja respirar con libertad a todo este cine que, efectivamente, está dirigido por cineastas mujeres. Pero también da la casualidad de que es un cine de enorme calidad.

Así que, navegando un poquito hacia los lugares en los que la verdad imposible opera y anida, descubrimos la cosa más sorprendente de todas: las mujeres que hacen cine tienen exactamente el mismo propósito que los hombres que hacen cine. Quieren trabajar con libertad y contar las historias que tienen derecho a contar, además de, claro está, poder subsistir en el proceso. Y llamadlas visionarias: lo que más ansían es que se las valore por su trabajo, que es muy bueno, y no por una cuestión de género. Porque ahí es donde late el verdadero sexismo. En la incapacidad para abstraerse de él.

Ilustración de Paula Viéitez.

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Adrián Viéitez

Todas las promesas de mi amor se fueron con 'Cría Cuervos'. Ahora bailo y canto 'La Tarara' alrededor de una pira lorquiana. Si preguntáis por ahí os dirán que soy periodista. Si me lo preguntáis a mí, os diré que no sé muy bien quién soy.

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