Contra la soledad; por Adrián Viéitez

Me he dado cuenta de que acostumbro a emplear diminutivos cuando hablo sobre mí mismo. Me refiero a mi persona como una sombrecilla, un fantasmita, un charquito de agua estancada. Confieso que creo que toda esa parafernalia reduccionista se debe a una percepción solitaria de mis andares, de mis caminos. Soy una persona joven todavía, lo sé, aun con la certeza carnívora de que todo lo que hago se va agotando en cada paso, en cada cruce. He aprendido, en el recorrido de una juventud que camina hacia dentro, que perfilamos nuestras rutas por senderos muy estrechos. Que la caída es a veces inevitable, que no existe salvación posible. Por eso me fascina el cine cada día: porque consigue lo imposible; porque logra salvarme.

Hace ya un tiempo que no soporto verme sustraído de mi rueda rutinaria. Me gustan los miércoles, las primeras horas de la tarde, el trasiego urbano, los coches que se insultan entre sí. Creo que me fascina la vida ordinaria porque no me exige nada: no me obliga al disfraz, no me pide que actúe de forma especial. Tradicionalmente, he caído en episodios taciturnos durante los largos veranos y las vacaciones por países desconocidos. Me puede, me aplasta el agobio de no saber; de estar perdido en lugares que observo con mirada ajena. Allí no hay ningún rincón al que agarrarte, no hay hogar posible. Miento: lo hay. Es el cine. Siempre el cine.

Crecí con una ambición absurda, intuyo que la misma ambición que construimos todos en silencio cuando somos niños, en busca de ese pivote que signifique nuestras existencias, que dé sustancia a nuestro vagar. Mi ambición era la de cruzarme con un gran amor que lograse que no me sintiese solo nunca más. Quería eso —y lo sigo queriendo, conste—: hallar el improbable, el imposible, el inimaginable antídoto contra la soledad. El elemento que extrayese de mi cuerpo la individualidad y la transformase en dualidad simbiótica. El fundirse tierno de las carnes y la muerte en compañía.

He encontrado y he perdido el amor de carne y hueso. Y sigue el cine, tras todas las ventanas, en todas las ciudades, tras todas las ocasiones en las que he roto mi propio corazón en mil pedazos de incomprensión. Sé que, para el cine, yo no soy el único amor posible. No existe, en nuestro vínculo, esa reciprocidad misteriosa que chispea cuando dos personas se enamoran. Lo sé. Pero hay algo en este platonismo imbécil, en esta persecución perpetua que sostengo tras el celuloide que me proporciona motivos, que me regala fuerzas.

La pasada semana fui extraído de mi realidad por cuenta del cine. Me atrevo a decir que esto ha ocurrido de esa manera por primera vez en toda mi vida: antes siempre fue al revés, siempre fue el cine el que pobló de rutina mis contextos áridos y solitarios. Así que me fui a Valladolid para sumergirme en una bonita semana en la SEMINCI. Y ahí estaba el hogar, esa cosa intangible que tan rápido he aprendido a reconocer en el rostro de las enormes pantallas de plata que pronto empiezan a ser recorridas por imágenes. Pasó todo muy rápido y felizmente, y creo que no me sentí solo en ningún momento —pese a estarlo, seamos sinceros, durante la mayor parte de la semana—.

Así que os diré que desconozco el motivo por el que empecé, en algún momento oscuro de mi vida, a obsesionarme por el mundo del cine. Sé, sin embargo, por qué me quedé aquí. Me quedé porque con las películas, o gracias a ellas, me siento un poco menos solo. Tengo menos miedo a la muerte. Menos miedo a no encontrar nunca jamás ese amor que anhelo desde que tengo memoria, ese amor que no puedo evitar sentir siempre que ya se me ha escapado. A mí, que apenas voy a cumplir 24 años. A mí, que planteo mis días como una caótica batalla contra la soledad. A mí, que, gracias al cine, voy ganando.

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Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

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