De Ana a Lady Ana: un camino de soledad

Las interpretaciones se construyen desde lugares diversos. Cada intérprete afronta el perfilado psicológico y emocional de su personaje desde un lugar particular, empleando las herramientas que mejor se ajustan al propósito que busca alcanzar. La pregunta que se hace Lady Off, segundo largometraje del cineasta irundarra David R. Losada, es la siguiente: ¿cómo podría una mujer construir al personaje de Lady Ana, del Ricardo III de Shakespeare —que viaja del rechazo a la sumisión frente al hombre que asesinó a su padre y su amado—, si el rol de Ricardo estuviese interpretado por su expareja? ¿Podría acaso disociar esta construcción de su propio proceso emocional? ¿Es suficiente, en un caso limítrofe como este, la justificación de la ficción para someterse a una exposición de tamaño calibre?

«Este proyecto surge —explica David R. Losada— de una inquietud: la de imaginar cómo una actriz de método puede trasladarse, desde su propia intimidad, desde esa Lady Ana del comienzo de la escena, tan aguerrida y combativa; a esa otra del final, completamente despojada de su valor, totalmente humillada. Mi atención estaba en el proceso personal de la actriz, no tanto en el hecho de releer o resignificar el texto de Shakespeare desde una perspectiva moderna, dado que la escena está tal y como es. No hemos cambiado nada del texto original». De este modo, el viaje de Lady Off es el viaje de su actriz protagonista, Marta Fuenar, que encarna a un mismo tiempo a la Lady Ana de Shakespeare y a la Ana de David R. Losada.

La película, dibujada en tres espacios temporales picados en montaje—el ensayo del texto en casa con su compañera de piso; el ensayo del texto en el teatro; su representación—, trabaja el corte seco y la acentuación de los contrastes lumínicos y cromáticos. Rodada con recursos muy reducidos —por no decir prácticamente inexistentes—, David R. Losada echa mano de inventiva cinematográfica para oprimir, para proporcionar suciedad y oscuridad a su relato: «A nivel de montaje, la película quiere jugar a ser brusca con el espectador y a forzarlo a saltar de tiempo en tiempo: no tanto por una cuestión estética o de ritmo, que también, sino por explorar permanentemente las diferencias que podemos apreciar en la interpretación de la misma frase por parte de Marta según la situación. Al final, lo que se hace es obligar al espectador a ver la misma escena varias veces: es una escena de diez páginas contada en una hora y pico. Esos matices en la interpretación de Marta no estaban fijados en el guión, sino que fueron surgiendo a medida que íbamos filmando. Fue ella misma la que construyó la duplicidad de su personaje«.

Marta Fuenar en ‘Lady Off’.

El planteamiento del conflicto fundamental de la película —el hecho mencionado de que la protagonista debe compartir escena con su expareja— no se revela hasta pasado cierto tiempo de metraje. «Sabíamos cuál era el riesgo. Lady Off es una película cuyos primeros 20 minutos pueden resultar áridos, en tanto el espectador no acaba de ser partícipe de lo que está ocurriendo. Sin embargo, creo que ese arranque ambivalente es fundamental para introducir con independencia al personaje de Ana: puede hacernos perder a algún espectador por el camino, pero recompensa después a los que se quedan«.

Como sugería previamente, la película se mueve entre tres escenarios muy definidos, diferenciados de manera marcada por la iluminación y los colores. En primer lugar, Ana ensaya el texto con su compañera en un piso prominentemente blanco, luminoso: un espacio seguro. Después, en el ensayo con su expareja y con la presencia de un agresivo director de escena, los colores se oscurecen. El negro absoluto invade la escena en el momento de la representación: ahí ya sólo están Ana y el cuerpo que la incomoda. «En lo formal, si hablamos de movimiento de cámara y ciertas cuestiones de estilo, la película es sucia a nivel general, en esas tres dimensiones. Son, efectivamente, la luz y el color los que abren esos tres grandes frentes: por cuestión de lo que se quiere significar y como elemento práctico de cara al espectador, dado que el montaje picado puede hacer que estemos en el ensayo y nos vayamos a la representación para una única frase para volver inmediatamente. Era importante tener claro en qué lugar estábamos en cada momento sin necesidad de alejar la cámara, de resituar permanentemente».

A Marta Fuenar, su interpretación de Ana le valió el premio a la mejor actriz en el pasado Festival de Cine de Madrid, celebrado en octubre. Ella explica así el proceso de inmersión que le supuso participar en Lady Off: «Para mí fue un regalo absoluto, porque fue un papel que me tuvo buscando todo el tiempo. Yo a Lady Ana ya la había interpretado en teatro, así que ya la tenía reflexionada como personaje, pero en este caso tenía que resituarla: esta era la Lady Ana de Ana, no la de Marta. De este modo, para mí era muy importante entrar primero en el personaje de Ana para, a través de ella, acceder al otro. En una escena, por ejemplo, Ricardo —interpretado por Mateu Bosch— me desabrocha el vestido y me ofrece un cuchillo. Entonces, me abrocho el vestido primero y luego cojo el cuchillo. Al terminar esa escena reflexioné acerca de lo que había hecho: Lady Ana nunca habría abrochado el vestido antes de coger el cuchillo, pero Ana, en sus circunstancias concretas, tenía que hacerlo así. Tenía que protegerse antes. Todo el rodaje ha estado lleno de descubrimientos de ese tipo».

Yeyo Bayeyo en ‘Lady Off’.

David R. Losada apunta que, probablemente, gran parte del mérito del premio conseguido por Marta en Madrid se deba a una escena concreta, una escena que parte por completo el ritmo de la película y en la que se muestra a Ana totalmente sola, en su casa, en un ambiente radicalmente blanco y mirándose al espejo. «En esa escena, directamente paramos la película. No es que cojamos un ritmo distinto, no. La pausamos para que eso suceda. La película, en términos generales, la rodamos en orden cronológico: primero las escenas con la compañera, luego los ensayos, por último la representación. Sin embargo, esa escena fue la primera que rodamos. Necesitaba que Marta estuviese libre de toda influencia, de la contaminación del proceso posterior. Era jodido, porque esa escena sólo funciona si funciona ella. Ahí ensaya el texto intuyendo las partes de diálogo de Ricardo, que sólo están en su cabeza. Es ella consigo misma. Es una escena que rompe y resignifica la película en todos los sentidos».

Antes citaba, por encima, al personaje del director de escena, fundamental en ese segundo eslabón del ensayo en el escenario. Interpretado por Yeyo Bayeyo, este rol también sirve para introducir en la película una reflexión sutil sobre la violencia de género desde el punto de vista psicológico —siempre rozando lo físico—.

Explica David R. Losada: «Me cuesta hablar de la película según qué terminología, dado que nuestra intención tampoco era ni la de elaborar una tesis política ni pontificar sobre un tema tan delicado como este. Sin embargo, es verdad que a lo largo de la película va surgiendo, y en una reunión del equipo teatral se revela de una manera muy evidente. La manera en que el director de escena se dirige a Ana, evidentemente, raya en lo agresivo y lo peyorativo. Esto, en cierta medida, es mérito del propio Yeyo, que decidió construir a su personaje en esa dirección«. Marta añade: «A mí, particularmente, esa agresividad velada me ayudaba mucho a hacer evolucionar a mi personaje hacia la fragilidad requerida, dado que me colocaba de forma constante en una posición de incomodidad».

Todo eso construye, asimismo, este valiente experimento llamado Lady Off, un pensamiento lleno de ideas cinematográficas alrededor de los procesos internos que llevan a una actriz a adentrarse en las peligrosas arenas de un personaje tan delicado como Lady Ana, rabiosamente político si lo leemos desde la tesitura social actual. David R. Losada y Marta Fuenar hacen la apuesta: he aquí su resultado.

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Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

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