Del flequillo de un niño a un restaurante en la playa; por Miguel Ángel Villena

—Señora, ¿cómo quiere que le corte el pelo al niño?

—Pues al estilo de Pablito Calvo.

La pregunta la plantea un peluquero. La respuesta la ofrece la abuela del chaval. El escenario: una peluquería con olor a espuma de afeitar y colonias baratas, asientos de cuero reclinables y un cartel de azulejo en la puerta que reza: se corta el pelo a navaja. El barrio: el centro histórico de Valencia, a la sombra del Miguelete. La época: aquellos años sesenta cuando España empezó a dejar de pasar hambre y algunos turistas pioneros compraban abanicos, bolsos o petacas adornados con motivos flamencos o taurinos.

Pero se preguntarán muchos de los lectores que tiene esto que ver con Pablito Calvo y, sobre todo, quién fue. Pues bien: mi relación con el cine español, o mis primeros recuerdos de ella, comienzan con él. Pablo Calvo Hidalgo (Madrid, 1948-Alicante, 2000) fue el niño-actor, seleccionado entre cientos de aspirantes —en aquellos años también había concursos al estilo de OT, aunque más humildes, claro—, para interpretar al protagonista de Marcelino, pan y vino, una película rodada por Ladislao Vajda en 1954 y que hizo llorar a media España con aquella historia del pequeño huérfano. Tanta tendencia marcó aquel filme, tal éxito popular cosechó, que su influencia alcanzó al peinado de los niños con un flequillo cortado en una línea rigurosamente recta. Los álbumes de fotos de las primeras comuniones de los años cincuenta y sesenta están repletas de chavales con aquel look inconfundible de Pablito Calvo.

De todos modos, mi contacto con el cine español y sus niños prodigios —después llegaron Marisol, Joselito, Rocío Dúrcal…— no se limitaba a las visitas a la peluquería de Manolo, cuando mi madre y mi abuela ya habían observado que llevaba el pelo demasiado largo o, todavía más grave, que se había descompuesto el famoso flequillo. En el día a día, mi acercamiento a las películas españolas resultaba mucho más sencillo. Digamos que era casi inevitable. Me explicaré: mi padre era un apasionado de la gran pantalla, como tantas y tantas personas crecidas en la posguerra, y recordaba una y otra vez a mi madre dónde y cuándo habían visto tal filme de Fernando Fernán Gómez, de Aurora Bautista o de Carmen Sevilla.

Fotograma de ‘Marcelino, pan y vino’, de Ladislao Vajda.

La escena era muy graciosa: “Ché, ¿no te acuerdas? La vimos en el Coliseum en vísperas de unas Navidades”. Mi madre solía asentir, bien porque le fallaba la memoria o bien por no discutir. A pesar de todo, mi madre, más aficionada al teatro que al cine, solía dejarse aconsejar por mi padre en cuestión de películas. Ahora bien, mi proximidad al cine iba mucho más allá del ámbito familiar. En la planta baja del edificio donde vivíamos se encontraba el Price, una sala de reestreno con sesión continua y pases ininterrumpidos desde las cuatro de la tarde hasta la madrugada. Un auténtico festín cinematográfico, vaya. En una palabra, podría decirse que yo estaba condenado a ser un entusiasta aficionado al cine. De hecho, desde los años ochenta me he dedicado al periodismo cultural durante largas temporadas. Lo cierto es que me siento un privilegiado por haber convertido una pasión en una profesión y me alegro de que esa cinefilia de la infancia me sirviera, años después, para cubrir festivales, congresos o rodajes. Todo ello sin olvidar que aproveché aquella memoria cinematográfica para escribir una biografía de Ana Belén publicada en 2002 y reeditada en 2016.

He comenzado estos recuerdos por la huella que me dejaron en la cabeza, por dentro en las ideas y por fuera en el flequillo, aquellos niños prodigio convertidos, muchos de ellos y con el paso del tiempo, en juguetes rotos. Puede decirse, sin ninguna duda, que aquel cine de folclóricas, militares, curas y episodios de grandeza, aquellas producciones de cartón-piedra —en sentido literal y figurado— me ayudaron, poco a poco, fotograma a fotograma, a comprender la España en la que nací y me formé. Por citar al maestro Manuel Vázquez Montalbán: el cine se convirtió, entre otras aficiones, en la memoria sentimental de varias generaciones que tuvimos que soportar la dictadura. Después del cine patriótico-religioso llegaron el landismo y el vecino del quinto; Tony Leblanc, Conchita Velasco y sus chicas de la Cruz Roja; las infumables y casposas comedias de los Ozores; Paco Martínez Soria y su elogio del analfabetismo y una multitud de películas destinadas a distraer o, más bien, anestesiar a un público que empezaba a descubrir a través de la pantalla que en otros países se vivía mejor y además con libertad. Entretanto, las tres geniales B del cine español —Bardem, Berlanga y Buñuel— intentaban sortear la censura mientras filmaban y firmaban obras maestras como Muerte de un ciclista, El verdugo o Viridiana y obtenían premios y reconocimientos en los festivales más prestigiosos.

Para aquellos aficionados que desprecian cuanto ignoran, como dejó escrito Antonio Machado, la calidad y el nivel del cine español se corresponden con una potencia media europea

Más tarde y mientras el país despertaba a la democracia, entre el miedo y la audacia surgieron la magnífica filmografía entre líneas de Carlos Saura; la joya de El espíritu de la colmena, de Víctor Erice; o el cine de la tercera vía de los Antonio Drove, Roberto Bodegas o José Luis Dibildos. De forma casi obligada las pantallas se transformaban en espejos de doble vía donde, entre comedia y drama, los espectadores participaban de los inmensos cambios de este país en los setenta y los ochenta. Cuando hoy visionamos Asignatura pendiente o Españolas en París, por nombrar dos títulos muy simbólicos, los mayores recordamos cómo éramos y en qué sociedad vivíamos mientras los jóvenes descubren en imágenes el país de sus padres o abuelos. Pero el cine español no ha sido solamente un espejo, sino también un motor, un acicate de nuevas modas, de apertura al exterior, de influencias de todo tipo. Desde una variedad inmensa de géneros y de miradas irrumpieron con la democracia cineastas como Pilar Miró, Pedro Almódovar, Fernando Trueba, Iciar Bollaín, Bigas Luna, Alejandro Aménabar y un larguísimo etcétera mientras debutaban intérpretes —Antonio Banderas, Penélope Cruz, Javier Bardem, Paz Vega…— que llegaron a Hollywood, algo que parecía una quimera en aquellos años.

Para aquellos aficionados que desprecian cuanto ignoran, como dejó escrito Antonio Machado, la calidad y el nivel del cine español se corresponden con una potencia media europea. Ni más ni menos. Buena prueba de ello supone la vara de medir de la mirada del otro, del ajeno, del extranjero. Así las cosas conviene recordar la infinidad de premios y galardones que ha recogido el cine español durante décadas en los festivales de Cannes, Berlín o Venecia sin olvidar, por supuesto, que cuatro directores —José Luis Garci, Fernando Trueba, Pedro Almodóvar y Alejandro Amenábar— y dos actores —Javier Bardem y Penélope Cruz— cuentan con una estatuilla de los Oscar, amén de técnicos como Néstor Almendros y otros.

Otoño de 2018. Salimos entusiasmados de la sala donde han proyectado El reino, la película de Rodrigo Sorogoyen que narra con lucidez, valentía y brillantez los años de corrupción que han devastado este país. En el arranque del filme, mientras la cámara persigue a Antonio De la Torre a través de un restaurante de lujo en una playa mediterránea, pienso en todo lo que me ha descubierto el cine español; el buen cine español, por supuesto. Cine malo se produce en todo el mundo, faltaría más. Comenzando por Hollywood. Así pues, aquel niño al que le cortaban el flequillo a lo Pablito Calvo recuerda, al abandonar la sala de El reino, cuántas ideas, emociones, reflexiones, alegrías, tristezas y sabiduría le ha transmitido el cine español. Aquel niño espera que el cine español siga formando parte de su dieta intelectual y sentimental. Que así sea.

Miguel Ángel Villena

Miguel Ángel Villena

Periodista de cultura e internacional. Historiador. Autor de biografías (Ana Belén, Victoria Kent y Manuel Azaña). Colaborador de eldiario.es.

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