Disfrutar de la música

La cámara de Óliver Laxe se pega a las manos de su protagonista, Amador, que escarba en la entrada de lo que parece ser una pequeña fuente de piedra. Retira despacio la tierra acumulada, el musgo; desatasca el rastro de todos los años que ha pasado lejos de su casa. Poco a poco, el sonido del agua que aguarda empieza a aclararse. Amador realiza un último esfuerzo, consciente de encontrarse cerca de su objetivo. Su mano abandona finalmente el agujero, arrastrando consigo todos los obstáculos. El agua mana tranquila y, por un momento, en el ecuador del film, O que arde deja de ser una película sobre los círculos del fuego —de las llamas a la ceniza, y viceversa— para convertirse en un espacio de encuentro calmado. Amador se lava las manos con el agua nueva y su cuerpo se destensa, se libera de una culpa que domina la narración en ambas direcciones; hacia el principio y hacia el final.

Se puede leer el dispositivo narrativo de Laxe de forma circular, utilizando este punto de paz —ubicado, insistimos, en el ecuador de la película— como núcleo. El cineasta trabaja sus estructuras de tal manera que la reconciliación se encuentre en el centro mismo de lo contado y no al final, como si sólo allí, en la mitad del cine, fuese posible dialogar con el pasado y el futuro, desde un presente que apremia.

O que arde arranca lejos de las personas, con un largo y cadencioso travelling que atraviesa un bosque vacío, de un verdor oscuro, misterioso. Laxe filma los árboles como figuras imposibles, grandiosas, cercanas a lo divino. Uno de los aspectos fundamentales para comprender el poder de esta película es su trabajo con el sonido, cuya importancia se revela ya en esa primera escena boscosa. En un principio reina el silencio, acompañado por una suave pero presagiosa música que asciende en segundo plano: el espectador sabe entonces que algo se esconde, que algo está a punto de suceder en esa aparente quietud. El estruendo quiebra la escena con la misma violencia con la que el primer árbol se desploma, igual que una gigante estatua siendo derribada: una enorme podadora atraviesa el bosque tumbando eucaliptos. Laxe cambia la perspectiva y se coloca desde la subjetividad del operario que conduce la podadora. En medio de un enorme bosque de eucaliptos, registra al fondo un árbol distinto, grueso, más pequeño, un roble que invade el campo visual con sonora solemnidad. Así registra el cineasta la primera subdivisión respecto de los ídolos, el primer desafío moral que aterriza en O que arde: ¿debe la acción humana enfrentarse a cada evento empleando los mismos parámetros éticos? ¿Es exigible, por el contrario, una atención concreta a las circunstancias de cada acontecimiento concreto?

Amador Arias y Benedicta Sánchez, los actores no profesionales con los que Óliver Laxe trabaja su cuidadosa aproximación a las bisagras entre la ficción y lo documental

Ese es, en esencia, el tema central de la tercera película de Óliver Laxe, un cineasta capaz de moverse con agilidad entre una estética dominada por los símbolos —tómese esa secuencia inicial como ejemplo— y un humanismo casi documental. Una vez presentado el conflicto ético predominante, el bosque desaparece y la narración se centra ya en la figura de Amador, un hombre silencioso al que se le concede la libertad condicional después de pasar un tiempo encarcelado, considerado el causante de un grave incendio en el rural gallego. Amador, soltero y circundando los 50 años de edad, regresa así a la casa de su madre, una mujer anciana dedicada a la ganadería y la agricultura; al mismo tiempo la representación de una generación obstinada y próxima a la extinción —en el mismo pueblo, otros hombres de la misma edad de Amador reforman una casa para convertirla en una vivienda turística, introduciéndose así la capitalización de los espacios rurales— y una madre incapaz de entablar vías afectivas con su hijo

Podemos afirmar que esta es otra de las virtudes principales del trabajo de Laxe: su capacidad para enhebrar su vocación de cine social con una atención detenida en la escritura de los personajes y sus intimidades. El análisis de las rutinas compartidas entre Amador y su madre desvela lo que ha sido una larga vida de incomunicación, diagnóstico de una flagrante ruptura generacional. Es la forma que tiene Laxe de retratar la dura transición que vive el rural gallego, el giro psicológico que desconecta a la generación de Benedicta, la madre; de la de Amador, el hijo. Cariñosa a su modo, abnegada y silenciosa, Benedicta es incapaz de reconectar con ese hombre que una vez fue su hijo y ahora, años más tarde, encuentra casi un desconocido

La posible reconciliación viene dada por un elemento externo: Elena, una veterinaria que ayuda eventualmente a Benedicta con sus animales y asiste a los habitantes del pueblo, entabla lentamente una relación con Amador, preguntándole y después tomando distancia, queriendo entenderlo sin juzgar el hecho de que se encuentre más o menos dispuesto a hablar. Así, casi como un animal receloso, Amador empieza a acercarse poco a poco a la cámara, a medida que la forma de filmar de Laxe se vuelve más y más mimosa, alejada ya de la frialdad de la primera media hora de metraje. En una escena de belleza realmente conmovedora, ambos se acercan en el coche gracias a Suzanne, de Leonard Cohen. Ante la distancia impuesta por Amador, Elena elige encender la radio y encontrar una vía distinta a través de la música. Él reacciona y ella le pregunta si le gusta lo que escucha. Non entendo o que di, responde Amador, a lo que Elena contesta, en una línea que agrupa numerosas líneas de pensamiento de O que arde

Non fai falta entender a letra para disfrutar da música

La mayor parte de las escenas transcurridas en el interior de un coche a lo largo de la película son filmadas por Laxe a través de un cristal. Sin embargo, en este caso la cámara se cuela en el interior, más cerca de los cuerpos, y es entonces cuando las manos de Amador son capaces, por fin, de desatascar un buen número de cosas de su pasado. El miedo, la incomprensión y la distancia comienzan a desvanecerse. 

A partir de ese momento, Óliver Laxe traza el recorrido inverso, la cámara vuelve a alejarse poco a poco en medio del fuego; la cámara regresa al bosque, la violencia vuelve a apoderarse del relato. Un nuevo incendio asola el pueblo y las miradas se vuelven hacia Amador. 

Sirva este texto como mecanismo retráctil: leo la película hacia adelante hasta su ecuador, después hacia atrás. Óliver Laxe desplaza O que arde, desde la paz de Leonard Cohen, hasta el inicio mismo de este texto. Y termina la película, y pienso que es posible que las cosas no sean sencillas, y que el dolor se filtra a veces con una facilidad injusta; que es complicado desplazar la culpa en un contexto que no deja de castigar. Pero también pienso que las imágenes que más brillan son las de la esperanza, que las manos de Amador liberando el acceso de la fuente son inalienables a nuestra condición de seres humanos, que el parpadeo de una vida mejor es algo que nadie nos puede arrebatar.

Avatar

Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *