Dos niños entre los árboles

Isra deja pequeñas marcas con un cuchillo en el árbol para conocer el ritmo al que está creciendo. En algún momento, en el espacio entre dos líneas, su padre muere. Es asesinado y él lo presencia, con el horror de un niño al que se le arrebata la infancia, al que se le arranca un pedazo de vida. Sin embargo, y pese a la muerte, Isra sigue regresando al árbol, sigue dejando las marcas. Conoce el amor, lo pierde; construye sus sueños y observa cómo se desmoronan. Es la vida la que fluye, en parte, a través de los cauces que no miran atrás, que no se detienen para contemplar aquello que dejan en el pasado. Es una vida sostenida Entre dos aguas. Por la rendija minúscula que abre el tiempo entre esos dos mundos —el que sigue y el que muere— se ha colado Isaki Lacuesta. El resultado es una obra mayúscula, un fresco naturalista sobre las heridas; un corazón esculpido con sangre que no deja de latir.

Somos algunos los que nunca hemos cesado, como un ejército de amor por el cine, en nuestra búsqueda de la belleza y la verdad a través de la imagen en movimiento. Yo, que vivo en este lado de las cosas, intento hacerlo lo mejor que puedo como espectador, aunque sobre todo como persona profundamente enamorada. Ocurre con todos los amores algo similar: a menudo se diluyen, se pierden con ligereza en el espacio en una rutina que no favorece su solidificación. Sin embargo, como en un chispazo que rebusca en el milagro que aún ocurre en algún rincón de tu interior, ese amor se despierta y arde, como rociado con millones de litros de gasolina. Ese amor, ese sentimiento limpio, cuidado, ardiente; esa pasión por el cine es la que consigue despertar Entre dos aguas, el último milagro de Lacuesta.

Me gustaría profundizar en este último término que he empleado, el de milagro, y es que soy el primero al que le chirrían los raíles cuando lee —con mayor frecuencia de la que considero apropiada— cómo su significado se difumina al colocarse sin el contexto debido. Con Entre dos aguas, sin embargo, la justificación sale de mí de la mano del propio término. Esta película es milagrosa porque obra con sencillez el nacimiento de algo que el espectador rápido conoce como íntimo, como suyo; lo hace, además, sin forzarlo. Isaki Lacuesta encuentra un equilibrio suave entre la observación distendida y la poética milimétrica: todo en Entre dos aguas está ejercido con el mimo de un arqueólogo que limpia la arena para despejar las reliquias encontradas. Y el resultado es algo tan puro, tan libre, tan rebosante de vida, que se despierta en la pantalla —en los rostros de Isra y Cheíto, que viven anclados en un instante entre dos tiempos— una comunión indescriptible entre el mundo cinematográfico y el mundo real.

Entre dos aguas es, en efecto, una película prudente, y eso no evita que termine siendo, al mismo tiempo, un trabajo desbordante de pasión, de amor, de ternura

Este es un ejemplo de que la gramática del cine es un elemento que el propio ejercicio comercial del mismo ha terminado asignándole al hecho cinematográfico; no es, en caso alguno, una regla de obligado cumplimiento. Isaki Lacuesta no tiene ningún interés en atenerse a reglas concretas de puesta en escena; no busca generar en el espectador de forma artificial ninguna emoción. Sus recursos audiovisuales —que son muchos y plenos, dado su extraordinario vigor como cineasta— están todos puestos al servicio de la emoción que se desprende de la propia historia que cuenta. Y esa historia remite a algo muy sencillo: la lucha de dos niños que ya no son niños por atender a los sueños que, cuando todavía lo eran, se colocaron como metas. Eso, a todos aquellos que vemos a la infancia alejarse con ese paso tan lento y tan unidireccional, nos rompe un poquito el corazón.

El trabajo de Lacuesta con Israel Gómez Romero y ‘Cheíto’ Gómez Romero es, insisto, pura arqueología del cine. La cámara se sostiene encima de ellos, aunque con la distancia prudente para no intensificar de manera indebida la expresividad emocional de las situaciones que van viviendo a lo largo del metrajeEntre dos aguas es, en efecto, una película prudente, y eso no evita que termine siendo, al mismo tiempo, un trabajo desbordante de pasión, de amor, de ternura. Por ahí es quizá por donde se filtra el vínculo que el cineasta busca establecer entre su díptico —a saber, el que la presente película establece con La leyenda del tiempo (2006)— y la sensibilidad del mundo flamenco. No es casualidad que Lacuesta se haya ido a rodar a San Fernando, ni que haya seleccionado a Israel y Cheíto para contarnos esta historia; a esos dos niños que son una herencia del universo dolorido de Camarón de la Isla, que son casi un acorde resquebrajado de Paco de Lucía. ¿Cómo describir con palabras la esencia de ese mundo? No me atrevo, queridos. Escuchad Entre dos aguas; ved Entre dos aguas. Eso os hará entender lo que quiero decir mejor que cualquier cosa que pueda deciros.

Salgo conmovido de esta película y lo hago, además, exhausto. Al mismo tiempo, siento que todo lo que me han contado está relatado con humildad, sin artificios; a todas las emociones que se agolpan se une, inevitablemente, la del inmenso agradecimiento. Este cine sangrante exige una admiración hacia el que lo emite que debe ser tan honesta como su propio trabajo, exige un respeto prudente, una admiración que maneje siempre las distancias adecuadas. Aún así, hoy, en el cálido abrazo con mi infancia como niño que corría entre los árboles, como niño que dibujaba rayas en la pared para ver cuánto había crecido, como queriendo registrar o sostener el paso del tiempo, me rindo y digo que no puedo evitarlo: doy las gracias de forma sincera a Isaki Lacuesta. Doy las gracias por Entre dos aguas; después guardo silencio, ajustándome el abrigo para que ese calor se quede a salvo en mi pecho. Creo que el cine podría salvarme la vida.

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Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

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