El amor bajo las máscaras

Algo que me ocurre con frecuencia cuando escribo sobre cine es que, al terminar la pieza en cuestión, noto una extraña palpitación que me indica que mi texto está medido, calculado. Que se adhiere en exceso a unas pautas preconcebidas, a un mundo previo que mi formación académica ha diseñado para mí. Y, si os digo la verdad, esa es una sensación que me transmite una enorme frustración. Porque, ¿cómo voy a huir de las cosas que me definen? ¿Cómo voy a pinchar huesos desconocidos, si no sé nada sobre sus contornos, si su existencia es una bruma indistinguible? Es más: esta percepción no la tengo únicamente respecto a las cosas que yo mismo escribo, sino que es también habitual que me ocurra lo mismo con la mayor parte de las películas que veo. Pero I Hate New York no es una de ellas.

Ese es el principal motivo por el que este insólito documental, dirigido y orquestado por la mente del cineasta Gustavo Sánchez, resulta tan espectacularmente revelador. Y es también la razón principal por la que intentaré que este humilde artículo, que intenta desatascarse de los recuadros de la crítica convencional, esté lo más cerca posible de conseguirlo. Para ello, desenfoco mi mirada del mismo modo en que lo hace la propia película, y me acerco a I Hate New York sin la vocación analítica con la que acostumbro a enfrentarme a un artefacto cinematográfico. ¡Y podría darle ese enfoque, ojo! Porque el documental de Gustavo Sánchez es un hermoso despliegue de dominio del lenguaje audiovisual: rodada con una vieja cámara de vídeo, adapta su textura al relato, estableciendo así un coherente nexo entre forma y contenido. Su narrativa dista de ser lineal, sino que se distribuye en forma de un puzzle que el espectador contempla primero atónito; después extasiado por la belleza de la imagen devuelta.

Pero volvamos a la desnudez analítica. Y hagámoslo precisamente a partir de ese último elemento. A través de la belleza. Porque I Hate New York es precisamente lo contrario a lo que anuncia su título: no hay en ella espacio para el odio, sino una sutil capa de subversión que lo es sencillamente por la construcción de su propia identidad. El documental de Gustavo Sánchez resulta controvertido únicamente por lo inusual de sus protagonistas —a saber: Amanda Lepore, Sophia Lamar, Chloe Dzubilo y T de Long, cuatro personajes clave de la contracultura nocturna neoyorquina—. Sin embargo, su tesis final se aproxima a las cuestiones más elementales de nuestra existencia: la libertad, los afectos. El amor.

¡Imagínense! ¡Poder salvarse de la muerte durante un ratito! ¡Ser incluso felices! Estar profundísimamente enamorados y que nos dé igual que Nueva York nos odie

El cineasta, sin embargo, revierte las puertas de acceso a dichas cuestiones. A él no le interesan las entradas convencionales, recubiertas siempre de esas capas plásticas que pretenden simular honestidad. Gustavo Sánchez busca la verdad por las puertas traseras, por los escondrijos ocultos de la condición humana, a través de cuatro personas transexuales que, pese a haber modificado su aspecto físico, mantienen intacta la pureza de su percepción de la realidad. Así que uno está en el cine, absorto y encandilado por el carisma de las protagonistas de I Hate New York cuando, de repente, su mirada sigue los mismos caminos que el propio documental: se da la vuelta, se dirige hacia uno mismo y toca teclas desconocidas.

Yo, personalmente, no tengo mucha idea sobre cuál es el camino para alcanzar la carne del amor limpio, exento de todos esos condicionantes sociales que nos llenan de miedo, que nos aterran. He visto a veces al amor, o eso creo, y en todas esas ocasiones he contemplado, impotente, cómo se estrellaba contra una serie de obstáculos incontrolables, todos ellos parte de un constructo invisible, de las cosas que somos sin querer serlo, de las mismas cosas que provocan que, cuando termino de escribir un texto sobre cine —o sobre cualquier otra cosa, a decir verdad— sienta que no soy completamente libre. Y es que, en realidad, ya no creo que pueda serlo nunca más en mi vida. Pero admiro profundamente a aquellas personas que, igual que las cuatro que retrata I Hate New York, sí que consiguen acercarse a esa cosa lejana.

El documental de Gustavo Sánchez tiene mucho de subversión, eso es indiscutible. Es un artefacto expansivo: su mirada es ajena a la nuestra, se acerca a rincones de la realidad que nos resultan irreconocibles. Y eso, queridos, es una auténtica maravilla. Pero lo que es I Hate New York, sobre todas las cosas, es una invitación a sentir sin complejos, a no dejarse atar por ese millón de cuerdas que nos sostienen a salvo, escondiditos en las esquinas de nuestras habitaciones y alejados de la luz del sol. A compartir esa cosa inimaginable de la que disponemos que es el amor. ¡Imagínense! ¡Poder salvarse de la muerte durante un ratito! ¡Ser incluso felices! Estar profundísimamente enamorados y que nos dé igual que Nueva York nos odie. Que el mundo de alrededor, que solo sabe hacer eso, nos escupa. Que las burbujas nos protejan.

Avatar

Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *