El corto sobre Berlín: ‘Leyenda dorada’ (I)

Hay un universo que late de manera extraña. Flota por las cabezas de Ion de Sosa y Chema García Ibarra, que comprenden el cine como la proyección posible de esa realidad distorsionada que imaginan. ¡Qué no puede contener la imagen representada! La *película*, como artefacto grotesco —el jovencito Frankenstein trabajando a horas intempestivas en su laboratorio revestido de gotelé—, se levanta entonces como una visión monstruosa, como la danza irreal de algo que, de no existir la posibilidad cinematográfica, nunca atravesaría el umbral de lo puramente imaginado. Afortunadamente, el cine sí existe. Ion de Sosa y Chema García Ibarra lo celebran: se ríen, se ponen serios. Su último ardid místico, Leyenda dorada, se ha deslizado hasta el escaparate de la Berlinale, que siempre ha amado el ingenio de estos dos creadores distorsionados —querría acuñar este calificativo para referirme a ellos—: ambos repiten, de hecho, en la parrilla de este festival, uno de los más relevantes de la escena mundial. Antes lo habían hecho por separado; ahora llegan de la mano.

¿Qué es, pues, Leyenda dorada? Ante todo, un proceso de reciclaje mestizo. Antes de imaginar siquiera el cortometraje, Ion y Chema estaban embarcados en un proyecto de largo llamado Mamántula —suena tan fabuloso que todavía no me he recuperado de que ambos afirmasen que la cosa terminó sin fructificar demasiado—. Ante el fracaso aparente de dicha embarcación, Chema tuvo la idea de repescar una de las ideas que atravesaban la película para la realización de un corto. Ese fue el germen de Leyenda dorada, aunque Chema matiza: «No es que extrajésemos necesariamente una idea… más bien nos quedamos con una narración, con una atmósfera concreta«. ¿Qué atmósfera, pues? Bien: «Teníamos la intención de colocar una especie de presencia de lo mágico en mitad de la normalidad: rodamos en 16 mm porque es un formato muy fiel a la luz natural, y nosotros queríamos esa apariencia natural. Queríamos capturar esa luz del verano, esa pureza en el reflejo del agua…», lírico y enamorado Chema García Ibarra.

Así pues, Leyenda dorada está rodado en 16 mm, lo que le proporciona esa apariencia de cuento setentero prolongado hasta la actualidad; ese disfraz de momento inmortal. Lo cuenta Ion de Sosa mejor que yo: «La cuestión en este sentido es que el formato fílmico envejece mejor que el cine digital. En lo digital tenemos la sensación de que todo se mueve un poco en relación a las modas; ya sea porque las tendencias fotográficas —en cuanto al uso del color, de la iluminación…— giran en un sentido determinado, ya sea porque empieza a llevarse un tipo concreto de look visual…. Nosotros queríamos un acabado por el que pasasen menos los años, y de paso generar un envoltorio que colaborase en la creación de ese tono de fábula que queremos imprimir a Leyenda dorada«. He ahí la esencia de la película: una visión fabulista y retrospectiva —o no necesariamente— de la España cotidiana, de los rituales costumbristas inevitablemente tiznados de misticismo que, de alguna manera, constituyen la esencia sociocultural de este nuestro vetusto país.

La voluntad esencial de Leyenda dorada es la de emplazar lo extraordinario en el centro exacto de un retrato netamente costumbrista.

Y si el qué es interesante, no veáis el cómo. Herederos ambos de una óptica inevitablemente bañada por la comicidad —intelectual, absurda y underground—, De Sosa y García Ibarra construyen en Leyenda dorada un artefacto ubicado en una grieta entre géneros. Cuenta el segundo —siguiendo el orden en que acabo de nombrarlos, no es que uno sea el primero y el otro el segundo, entiéndase—: «Todo eso es un poco marca de la casa. Esos contrastes me resultan siempre muy excitantes, y creo que son una manera de crear una especie de género propio, de género entre géneros». Añade Ion de Sosa: «En el cortometraje salen incluso primas mías«. [Es posible que esto último no lo dijese exactamente en este punto de la entrevista, pero me parecía interesante colocarlo aquí, primero porque sí, segundo porque me ayuda a explicar aquello de la comicidad intelectual, absurda y underground, que de lo contrario quedaba un tanto paleto y gratuito].

La cuestión, regresando un poco a la tesis de la pieza y a aquella atmósfera extraída de Mamántula que comentaba Chema García Ibarra, es que la voluntad esencial de Leyenda dorada es la de emplazar lo extraordinario en el centro exacto de un retrato netamente costumbrista. Esa asociación la trazan a partir de lo religioso, asumiendo que el cortometraje está, de algún modo, narrado desde el punto de vista observador de la Virgen de la Consolación del Castillo, que todo lo contempla. El nexo entre religión y fantasía —el elefante en la habitación, queridos— queda, pues, establecido. Dice Chema: «Nos interesa mucho que se asocie lo religioso, lo mágico y lo fantástico. De alguna manera, nos interesaba generar una suerte de espacio en el que no exista la muerte, un lugar salvaguardado del paso del tiempo». Una España inmortal. [risas enlatadas]

Pero no todo es gravedad religiosa disfrazada de comedia ni comedia disfrazada de gravedad religiosa: en Leyenda dorada hay también espacio para lo plástico, para el puro y determinado deleite en torno a la belleza de lo natural. Asegura Chema García Ibarra que él, a diferencia de Ion de Sosa, es absolutamente racional —Ion aseguraba previamente sí sentirse atraído por el misticismo de rituales tan extravagantes como el tarot, precisamente por su desaforada extravagancia—, pero que, sin embargo, sí gusta de descansar sobre «la belleza plástica de los ritos, sobre la atmósfera del silencio». Así que, en cierta medida, Leyenda dorada no deja de ser también una pura «celebración de la belleza y del verano, del comer sin camiseta«. De esa manera, el rodaje se planeó en cierta medida como tal. Dice Ion, retomando un poco el tema de sus primas apareciendo en la película —quizá fuese aquí cuando lo dijo—: «La gente decía que estar en el rodaje fue más o menos como irse de vacaciones. Es cierto que hubo una planificación previa muy exhaustiva pero, una vez allí, también nos dejamos llevar un poco».

Así, cuando se ponga el sol —en la vida y en la Leyenda dorada—, ambos tendrán la ligera certeza de haberlo disfrutado adecuadamente. Ahora menean su película por Berlín, donde, en febrero, hace algo más de frío que en Extremadura en verano. Quizá su película caliente un poco la situación.

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Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

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