El corto sobre Berlín: ‘Suc de síndria’ (II)

La libertad posee espacios distintos para cada cual. Es una cuestión de suerte, de azarosa coincidencia. Es una cuestión de privilegios y de herencia. Es, tristemente, una cuestión de género, de clase, de raza, de corte ideológico. La de la libertad —o su ausencia— es una cuestión vertebral, que atraviesa los pechos con gesto transparente pero inevitable. Y de libertad es de lo que quiere hablar Irene Moray en Suc de síndria, un cortometraje que practica la tesis fundamental del término, sin concesiones: quiere Irene Moray ser libre; quiere conocer el origen de ese rayo que atraviesa, que condiciona, que divide. Y limpiar las cosas de su rastro. Restaurar el equilibrio. Para eso sirve también el cine: para idear un espacio que burbujee en perpetuo ánimo festivo y estival. Un espacio verdaderamente libre.

Así que Suc de síndria —que es, tras Bad Lesbian, el segundo cortometraje de esta joven realizadora catalana (Barcelona, 1992)— se articula en torno a la siguiente premisa: en pleno verano y dislocados de la realidad en un paisaje virgen y solitario, dos jóvenes se descubren a sí mismos. Ella —interpretada por Elena Martín—, batalla con la opresión de sus espacios de libertad sufrida en el pasado. Bloqueado su acceso al orgasmo durante las prácticas sexuales con su pareja —interpretada por Max Grosse—, reconstruye su dibujo afectivo en torno a la ternura. La pareja que nos presenta Irene Moray es relativamente convencional en lo social —se trata de una pareja cisgénero y heterosexual—, pero rupturista en las formas: entre ellos se sostiene un sólido canal de comunicación y empatía. Ella quería eso, quería que el tránsito entre ambos fuese limpio. Y así poder acceder a la dicha libertad.

«Un amigo me comentaba que me he pasado por el forro una de las reglas fundamentales del cine, que es que los personajes no pueden estar permanentemente diciendo lo que sienten. En mi corto siempre lo hacen, pero… es que esa es mi manera de relacionarme con mi entorno, así comprendo yo las relaciones humanas. Creo que lo importante es eso, más allá de que uno pueda cometer errores o no: la base está en generar un espacio de diálogo, una atmósfera de empatía. Si eso permanece intacto, lo más probable es que la relación sea saludable y funcione».

Fotograma de ‘Suc de síndria’.

Irene Moray busca, en Suc de síndria, limpiar por completo de cinismo su relato. Trata de atravesarlo con un relámpago de inocencia. Una vez más: de libertad. «Era importante para mí hablar del amor, del respeto, de la compasión. Necesitaba mostrar que una persona que ha sufrido una experiencia traumática también tiene vida, y puede, pese a todo, seguir riendo y llorando como cualquier otra. Quería mostrar una relación saludable, tierna, de personajes que se tratan bien los unos a los otros». Y esa compasión, ese ejercicio de empatía, está relatado desde una inevitable perspectiva de género: el personaje masculino de Suc de síndria comprende que su cuerpo debe plegarse, liberar privilegios. Esperar. Comprender.

La construcción del perfil masculino por parte de Irene Moray, sin embargo, no ejerce la crítica: la da por sentada y asumida; construye una masculinidad ya limpia —o en su último proceso de limpieza—. «Es cierto que mucha gente esperaba, con ciertos prejuicios, que yo iba a cargar contra eso. Sin embargo, creo que dejo la masculinidad en un sitio normal. Pero, evidentemente, yo creo que la gente que ya está oprimida de base por la sociedad —en este caso, las mujeres— ya se plantea las cosas un poco más. Desde el privilegio es más difícil hacerlo. Por eso me interesaba crear a un personaje masculino que sí se lo plantea todo, que comprende que seguramente él también tenga esas inseguridades, pero que, para generar una situación de equilibrio, primero tiene que atender las de ella. No comprendo que el feminismo pueda contemplarse como un ataque a la masculinidad, todo lo contrario: es una liberación para todos. Simplemente es sanar».

Para generar ese espacio ideal de libertad comulgada, Irene Moray apuesta por una viva y naturalista paleta cromática, además de por un empleo del cuerpo desnudo como elemento expresivo. «Me parecía muy importante tratar el cuerpo del mismo modo que al paisaje, que a una flor. Buscaba retroceder hacia la naturalidad del cuerpo, de la sexualidad, del erotismo que puede desprenderse de la propia comida o la naturaleza. De ese modo, el personaje femenino podía comenzar a comprender que el placer es una cosa esencialmente natural. Lo principal en Suc de síndria son los cuerpos de los dos protagonistas, y de ahí también la decisión de rodar en 4:3: de esa manera, se centra la atención en ellos y se cierra la panorámica espacial».

El sexo es la vía simbólica que elige Irene Moray para expresar esa liberación absoluta. «Quería aportar mucha luz a esto, por eso las escenas sexuales están rodadas con luz natural de frente: ¡El sol, claro que sí! El orgasmo es algo simbólico de esa consecución de la libertad, pero he elegido esta herida como podía haber seleccionado cualquier otra. Creo que, en último término, todo se puede llegar a sanar a través de la empatía. No digo borrar, claro, pero sí creo que es posible volver a vivir… a disfrutar de la vida. De estar tranquilos los unos con los otros, como en Suc de síndriadisfrutando del verano, las vacaciones, de respirar… lo mejor de vivir, vamos«.

La cuestión: Suc de síndria no sólo ha estado presente en la sección oficial de cortometrajes de la Berlinale, sino que, además, ha sido premiada con un nombramiento para los próximos Premios del Cine Europeo. Para Irene Moray, que se marchó a Berlín con apenas 20 años, abandonando sus estudios en persecución del objetivo que ahora empieza a alcanzar, todo esto supone el cierre del primero de sus círculos. «Con Suc de síndria se cierran etapas muy bonitas. Aquí, en Berlín, rodé mi primer corto. También conocí aquí a Elena —Martín—, haciendo fotos para Júlia Ist. No había mejor sitio para estrenar el segundo. Sé que, por ejemplo, Cannes puede tener más repercusión. Pero, para mí… Berlín es especial. Yo quería estar aquí. Y aquí estoy«.

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Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

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