El creador tras las esculturas

El arte, el arte grande, es una cosa lejana. Un rumor que danza en vientos distantes. Es un parpadeo que desciende de las cumbres, un rayito limpio de esperanza. El arte, el arte grande, es un pequeño cuento mitológico que se permite la licencia de abrazar su aspecto terrenal, de entregarse a los que admiramos, devotos, su broncínea llegada. Anida en ese resplandor la capacidad para elevarnos, para desplazarnos de los charcos de angustia; también para cegarnos, imbuidos por los misteriosos poderes de la belleza. Desde el cielo, relampagueante, con el porte de un cisne impecable: así se alza ante nosotros Quién te cantará, la tercera película de Carlos Vermut.

Es curioso el volantazo cinematográfico del director, del autor, del artista madrileño. Diamond Flash Magical Girl irrumpieron en su momento como lo que son; se abrieron paso como violentas riadas de sangre, en el perpetuo propósito de Vermut de escarbar en las vísceras del dolor como principal motor de acción de la humanidad. Sus sufridos personajes, marginales por su desdicha, se revolvían como armas de repetición disparando en múltiples direcciones. Esa voluntad de hacer progresar su relato impulsándose en las heridas de los individuos sigue presente en Quién te cantará. La sutil diferencia, aunque fundamental, es que aquí ya no resulta ser el principal mecanismo narrativo. La nueva cinta de Carlos Vermut es un elemento expansivo, un fascinante juego de espejos que se despliega con rabia, sí; pero también con calibrada y escultórica exactitud.

Se ha leído en los medios que Quién te cantará es una heredera de Persona, de Ingmar Bergman. Es evidente que ambas comparten un componente genético: esa exploración delirante sobre la identidad del individuo que late bajo la piel, alrededor de la construcción de nuestros rasgos, del diseño de nuestras ambiciones y nuestros miedos. Sin embargo, ni la estética ni la poética de Vermut se desempeñan en el mismo plano que las del cineasta sueco, mucho más interesado en entablar un diálogo filosófico con lo audiovisual, en reducir la expresividad verbal para abandonarse a su lirismo formal. El director madrileño racionaliza mucho más el diseño de su tablero. Después, con las piezas minuciosamente colocadas, se desata la ambición alegórica de Quién te cantará.

Al comienzo del film, Lila Cassen (Najwa Nimri) es devuelta por el mar, sumergida en un permanente estado amnésico que hace que se olvide de su propia identidad. Otrora una multitudinaria artista y cantante —Vermut utiliza las propias canciones de su actriz, Najwa Nimri, para poblar su imaginario musical—, Lila suma diez años sin subirse a un escenario ni producir nuevo material. No lo hace desde que, una década atrás, falleció su madre. Ante la perspectiva de que su margen económico empiece a resultar insuficiente para sostener su estilo de vida, su mánager —Blanca, interpretada por Carme Elías— decide programar su regreso. La cosa se tuerce, claro, cuando Lila Cassen se olvida de quién es. Así que Blanca echa mano de un recurso inesperado —y una idea cinematográficamente fascinante—: decide que alguien debe enseñar a Lila cómo volver a ser Lila.

Así nace el primer desdoblamiento narrativo, el primer quiebro retórico del film: ¿Cómo podría alguien saber quién soy yo mejor que yo mismo? Uno piensa en Be Right Back, aquel episodio de Black Mirror en el que la identidad de una persona era reconstruida, tras su muerte, por una empresa a través de sus redes sociales. A Carlos Vermut le interesa indagar en esta construcción exógena de la identidad a través de un elemento más íntimo y de índole menos social: la proyección mitológica del artista. La concepción del creador como una figura ancestral; una escultura inconcebible. Así aparece el que, lentamente, se desvelará como el personaje central del film.

El propio espectador se convierte en juez desubicado: empieza a no saber quién es Lila Cassen. A no saber si es Najwa Nimri o Eva Llorach. A no saber si es la artista o la imitadora, o qué es el arte y qué la imitación. A no saber.

Violeta (diría interpretada por Eva Llorach, pero resultaría más conveniente hablar en otros términos más físicos: encarnadaconstruidavivida por Eva Llorach) aparece por primera vez en Quién te cantará sobre un escenario, con una peluca, imitando a Lila Cassen. Después, Vermut abre las cortinas y descubre a una mujer a la deriva —aquí sí entronca de lleno con su filmografía previa—, desposeída de una vida pasada con la que únicamente mantiene, a duras penas, un lazo a través de su solitaria e impulsiva hija Marta (Natalia de Molina). El juego de espejos es ya evidente en el caso de Violeta. Desapegada por completo de los afectos familiares —cuestión que convierte a Marta en una joven invadida por las carencias afectivas—, transmuta en una mujer libre cuando deja de ser ella, cuando empieza a ser Lila Cassen. Así que, para Violeta, recibir la oferta de Blanca para devolver su identidad a su única y admiradísima referente no es sino una oportunidad para volver a la vida.

Los símbolos que ayudan a construir la alegoría del film son introducidos por Vermut con una curiosa mezcla entre brusquedad y suma elegancia: la pantalla de una tablet que se bloquea y funciona como un espejo, la colocación de un rostro sobre otro mediante la selección del ángulo preciso, la selección de Rota como lugar en el que transcurre la historia —¡Rota! ¿No es polisémicamente maravilloso?—; todos esos gestos subrayan, integrados con solvencia en la narración, la intención del director de sumir al espectador en un estado de confusión alucinatoria. A medida que avanza el metraje de Quién te cantará, uno comienza a introducirse bajo la piel de Lila. El propio espectador se convierte en juez desubicado: empieza a no saber quién es Lila Cassen. A no saber si es Najwa Nimri o Eva Llorach. A no saber si es la artista o la imitadora, o qué es el arte y qué la imitación. A no saber.

Ahí yace, bajo unas cuantas capas reflectoras, la verdadera carne de la película. Vermut levanta con sigilo una reflexión sobre la figura del artista como una construcción artificiosa, publicitaria. Piensa en aquello de ¿qué me haría falta a mí, un creador, para trascender y conmocionar al público?. Quizá, en un amago sutil, debiese decolorarme —nótese el aclarado de color: de Violeta a Lila—. Quizá construir un castillo ficticio con los hermosos ladrillos que sé que todos admirarán. Porque yo, tal y como me veo en el espejo, sin pelucas, sin maquillaje, difícilmente podré llegar nunca a convertime en un objeto de culto.

Creo que por eso Carlos Vermut es, como creador, una especie de hada imaginaria. Él ha conseguido lo imposible, lo que logran los artistas más grandes —en esto sí entra en contacto con Ingmar Bergman—: generar culto pese a dejar claro que, tras esculturas como Quién te cantará, la figura que se alza es la suya. En días de espejismos artísticos, aquí transparentan los cristales.

Adrián Viéitez

Todas las promesas de mi amor se fueron con 'Cría Cuervos'. Ahora bailo y canto 'La Tarara' alrededor de una pira lorquiana. Si preguntáis por ahí os dirán que soy periodista. Si me lo preguntáis a mí, os diré que no sé muy bien quién soy.

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