El desenfoque de las emociones

El primer plano de Alegría, tristeza, el tercer largometraje como director del bilbaíno Ibon Cormenzana, resulta sumamente esperanzador. En él, el cineasta presenta sin palabras el conflicto base de la película. El encuadre se cierra en torno al rostro de Marcos, el protagonista del film, interpretado por Roberto Álamo. Es un plano fijo, un plano que explora la inexpresividad de su gesto. Ahí, en ese retrato crudo y tan adherido a la piel, está todo lo que Alegría, tristeza quiere contar: la historia de un hombre incapaz de reconocer sus emociones, víctima de un severo trastorno postraumático causado por el fallecimiento de su mujer.

Los problemas de la película empiezan cuando la cámara se aleja del rostro de Álamo. Cuando la cámara carga su peso sobre él —especialmente en el primer tercio del metraje—, la cinta se revela como una interesante disección de un doloroso proceso de incomunicación. Marcos, que ahora vive solo con su hija Lola (interpretada por la pequeña Claudia Placer, a quien ya conocimos en Verónica), engaña a su jefe en el cuerpo de bomberos para regresar al trabajo sin haber recibido el alta. Su vuelta trae consecuencias fatales al ser incapaz de gestionar el intento de suicidio de un joven y, tras una negociación con los padres del mismo, Marcos acepta ingresar en una clínica psiquiátrica para tratar su problemática a cambio de que éstos no lo lleven a juicio. Lo más interesante que propone Ibon Cormenzana está en esos minutos previos al acontecimiento que desencadena la narración posterior; en esos espacios asfixiantes de un hogar en el que una niña crece junto a un padre petrificado. Ese silencio de dolor velado funciona gracias a lo opresivo de esa arquitectura de la casa llena de recuerdos y al fantástico y contenido trabajo de Roberto Álamo.

Sin embargo, en cuanto la narración abandona las cuatro paredes de la vivienda se adentra en unos territorios mucho más estereotípicos, abrazando además métodos algo fraudulentos para hacer avanzar el desarrollo de la historia y la evolución psicológica del protagonista. Los puntos de inflexión narrativos de Alegría, tristeza el hecho de que el jefe de Marcos no confirme el alta médica antes de dejarle regresar al servicio, la revelación del psiquiatra jefe como padre del joven que se suicida y un largo etcétera— funcionan de manera excesivamente premeditada y artificial —por si efectista es una palabra excesivamente dura—, y van de la mano de una construcción pobre y casi robótica de los personajes secundarios.

La película vuelve a triunfar en el flashback en el que se muestra el día de la muerte de la mujer de Marcos al recuperar su tono inicial: lo que importa es, de nuevo, el espacio quebrado entre padre e hija ante la pérdida

El ejemplo más obvio de esto último es Luna, doctora interpretada por Manuela Vellés que trabaja en la clínica en la que Marcos es ingresado. Luna desarrolla rápidamente una fuerte —y nunca justificada por la narrativa del film— empatía con la tragedia del protagonista, y su rol es fundamental a la hora de devolver a Marcos sus emociones. Resulta doloroso comprobar cómo una película que a priori se despliega como una exploración de la incomunicación —y del daño que provoca no saber expresar nuestras emociones a nuestros seres queridos— acaba transformándose en un relato estandarizado con personajes tan monocromos, empleados únicamente como mecanismos narrativos para hacer avanzar la trama central. Más allá de Marcos, en Alegría, tristeza no existe ningún personaje con relieve y conflictos propios, algo que tendría sentido si permaneciese en esa tesitura opresiva de la apertura pero que lo pierde al expandirse, presentando tramas secundarias que producen un ruido innecesario —especialmente sonrojante es el caso del enfermo psiquiátrico interpretado por Andrés Gertrúdix, carente por completo de lugar en el desarrollo de los acontecimientos de la película—.

La torpeza con la que el guión firmado por Ibon Cormenzana y Jordi Vallejo (El pacto) se enfrenta a los giros argumentales se ve compensada, sin embargo, con la elegante introducción del flashback en el que nos muestran el día de la muerte de la mujer de Marcos, interpretada por Maggie Civantos. Ahí, la película vuelve a triunfar al recuperar su tono inicial: lo que importa es, de nuevo, el espacio quebrado entre padre e hija ante la pérdida. El desarrollo de los acontecimientos se enfoca siempre desde el punto de vista del protagonista, así que el espectador consigue agarrarse a la única psicología verdaderamente descrita en el film. Ahí sí hay dolor y angustia, además de una escalofriante retrospectiva a los hechos acontecidos el 11 de marzo de 2004 en la estación de Atocha.

Quizá en ese tránsito entre ser un drama de corte doméstico e íntimo y convertirse en un relato clásico de salvación casi espiritual es donde Alegría, tristeza se pierde un poco a sí misma, sin que todos sus defectos acaben derribando la esencia última de la película, ese viaje hacia dentro en busca de las emociones perdidas. Pero a uno siempre le apena contemplar cómo una propuesta tan curiosa e interesante se puede ver aplastada por una ejecución que baila entre dos aguas, y lo cierto es que ese termina siendo, en buena medida, el caso de esta cinta dirigida por Ibon Cormenzana.

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Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

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