El fin de Obaba

Este viernes se estrenó en cines El hijo del acordeonista. Los encargados de sendas representaciones a teatro de la obra homónima —a saber: Fernando Bernués a la dirección y Patxo Tellería al guión— adaptan esta vez la novela de Bernardo Atxaga a la gran pantalla. Aquí podéis ver el tráiler de la obra teatral.

En esencia, esta película narra cómo Joseba Altuna, ante la inminente muerte de su amigo David, con quien compartió su infancia y su época de militancia en ETA, decide ir a visitarle para arreglar las cosas. Comencemos por ese núcleo narrativo. Lo más bonito que tiene esta película es el viaje de Joseba para estar con David antes de que muera. Tiene en común con The Straight Story, de David Lynch, el concepto de una relación irreparable, llena de rencillas, reproches y mentiras, de décadas de distancia. Una amistad que necesita ese perdón catártico antes de que sea demasiado tarde.

En la obra de Lynch se omiten —inteligentemente— los motivos por los cuales el protagonista y su hermano llegaron a alejarse para siempre. Una de las consecuencias de esa decisión de guión es que la historia se vuelve más universal, resulta simple y accesible a nivel emocional: nosotros mismos somos los responsables de nutrir esa estructura narrativa con nuestros recuerdos y sentimientos. El espectador desea que Alvin Straight y su hermano hagan las paces. En el caso de la película que nos ocupa, la trama se dedica principalmente a desarrollar ese pasado. Sabremos qué ocurrió entre David y Joseba. Y la historia de fondo es interesante. Es gris, hay una guerra que nunca termina, rencores que duran generaciones. El problema de esta película no es el fondo, es la forma.

The Straight Story es una road movie. El hijo del acordeonista no, pero tiene ciertos elementos que la aproximan a serlo: a medida que la vida de David avanza, la trama principal cambia de localización y la película profundiza en el personaje. Así pues, cada acto de la película transcurre en un lugar distinto: su juventud en Obaba, el exilio en Frantzia y su retiro en Stoneham, un pueblo de Massachusetts.

Un tema recurrente en la literatura de Bernardo Atxaga —recordemos, el autor de la novela que aquí se adapta— es Obaba. Obaba es un pueblo ficticio, una visión idílica de cómo eran las cosas en un pueblo remoto de Euskadi. Una forma de vida que en esta obra llega a su posible extinción. De forma poética se evoca el bombardeo sobre Gernika por parte del bando golpista como detonante del conflicto latente entre el pueblo vasco y el estado español. La guerra civil termina, pero los bandos permanecen.

Fotograma de ‘El hijo del acordeonista’.

David Imaz deja de ser un niño cuando descubre sus raíces: cuando descubre lo intrincado que es el conflicto del que hasta entonces no era consciente y que ahora va a marcar toda su vida. Esté donde esté, siempre seguirá siendo el hijo del acordeonista y será conocido como tal. Cada una de las tres localizaciones principales de la película se trata de un entorno a priori aislado. El remoto pueblo vasco, el piso franco en Francia, el rancho en Stoneham. Sin embargo, la película desarrolla la idea de que esos lugares apartados del mundo no lo son tanto: el pasado siempre encuentra una grieta por la que volver a colarse.

La interpretación de Miren Arrieta como Teresa es de lo más interesante de la película. Y eso que, junto a Mary Ann y el resto de parejas sentimentales de David Imaz, es un personaje sin excesivo relieve. Simples resortes de la trama que son activados cuando se necesitan —Mary Ann se encarga de leer el libro que ha escrito David, es decir, ejerce la función de narradora y Teresa de… bueno, me cuesta comprender el propósito de sus acciones en ciertos momentos—.

Pese a que el fondo en algunos casos pueda resultar estimulante, la forma no lo es tanto. Los continuos saltos temporales rompen el ritmo de la narración. La película comienza con un plano de drone y, a los dos cortes, aparece otro plano de drone. Alguien debería hacer algo respecto a lo de utilizar planos de drone para empezar películas. Más allá de esos anecdóticos apuntes sobre la dirección, la escritura de su guión también incurre en recursos emocionalmente efectistas: recuerdo algunos diálogos sonrojantes —por ejemplo, no es necesario que el protagonista diga el título de una película en voz alta, pero siempre resulta hilarante—.

En principio es una obra sobre la amistad —teniendo como marco el conflicto vasco—, sobre la incapacidad de dejar atrás el pasado. Antes de nada, aquí quiero recordar Amama y Un otoño sin Berlín, dos óperas primas recientes que trataban también esa imposibilidad de reconciliarse con el pasado. Cada una a su modo, Un otoño sin Berlín de un modo más intimista, sin entrar en política, y Amama teniendo como tema principal un relevo generacional dentro del panorama euskaldun, lograban con un gran acierto transmitir lo que es vivir allí. En Obaba. Los sentimientos encontrados con ese lugar y la nostalgia de Euskalherria. La opresión impresa sobre un mundo que parecía estar bien como estaba, antes de que llegaran los tiempos modernos.

El hijo del acordeonista pasa por encima de todo ello, pero sin llegar a profundizar en nada. Introduce elementos que no vuelven a ser relevantes, desviaciones fallidas de una trama que no llega a pasar de la superficie. Un anticlímax continuo. Te da ganas de haber visto otra película, como The Straight Story.

A modo de curiosidad: en cuanto a términos de tipos de trama en guión, The Straight Story es un buen ejemplo de minitrama y El hijo del acordeonista sería una arquitrama de manual. Si queréis saber más, aquí os dejo un resumen de cómo explicaba Robert McKee los diferentes tipos de trama.

Eloy Gurucharri

Eloy Gurucharri

Tengo un tatuaje de Ingmar Bergman y dos de Los Simpson.

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