El galope de la vida perdida

Unas manos gastadas, unas manos machacadas por el trabajo. Unos dedos agrietados que se extienden por el grueso pelaje del lomo de un caballo, de un majestuoso corcel alazán. Esa caricia, entablada entre dos seres castigados por una rutina entregada al esfuerzo, dibuja la intimidad sufrida que late en Trote, el primer largometraje de ficción dirigido por el cineasta lucense Xacio Baño (Xove, 1983). Esa caricia, lanzada casi como mecanismo automático de aprecio, es la representación de la afectividad reprimida en la que viven sus personajes, sumidos en una existencia estancada, como de salvajes caballos encerrados en pequeños establos. Como de corceles alazanes cuya mayor conexión con el amor es la caricia automática proporcionada por unas manos arrugadas, encalladas, antiguas. 

Trote empieza a caminar en la quietud del interior del establo. Trote nace de la pérdida. Luis —Diego Anido— regresa a casa tras la muerte de su madre. Allí se reencuentra con su taciturno padre —Celso Bugallo—, un hombre fuertemente ligado a la tierra y al silencio que gestiona la pérdida con cándida contención. También vuelve a ver a su hermana Carme, que pronto se convierte en el epicentro narrativo del film. Ella, interpretada con rabia retenida por María Vázquez, no llegó a abandonar nunca su pueblo. Ante la marcha de su hermano, quien construyó su vida en torno a su propia familia, ella se vio obligada a cuidar de sus padres y trabajar cerca de casa, sosteniendo así un angustioso estado de infelicidad reprimida. Tras la muerte de su madre, los caballos de su interior comienzan a galopar. De repente, esa tímida caricia empieza a evidenciar su insuficiencia. Y el mundo de Carmen, el mundo de Trote, se quiebra por completo.

Xacio Baño narra este conflicto a partir de un marcado elemento identitario: en Trote es fundamental el contexto, esa Galicia rural en la que el trabajo y la familia justificaron siempre —y siguen justificando— las existencias de sus habitantes. Perteneciente a una generación ya no con inquietudes mayores, sino con expectativas más elevadas respecto a su propia vida, Carme no puede evitar verse recorrida por una sensación de desarraigo hacia la rutina en la que lleva décadas sumida. En ese punto de inflexión desde el que parte la narración, el personaje interpretado por María Vázquez se replantea a sí misma dentro de su desconexión. Deja su trabajo y empieza, por primera vez, a plantearse la posibilidad de dejar la casa de sus padres, que poco a poco se ha ido convirtiendo en una cárcel triste y antigua.

 

María Vázquez en ‘Trote’.

El espacio doméstico también es fundamental dentro de la relación entre los cuerpos y los espacios de Trote. En este sentido cabe resaltar la dirección de fotografía de Lucía C. Pan, que viaja desde los planos abiertos hacia los primeros planos de Carme, en cuyo rostro —y espalda— se posa la cámara ofreciendo una opresiva sensación de claustrofobia, de encierro, de soledad. También es clave el trabajo de sonido de Julius Grigelionis, que maneja con cuidado el impacto de los silencios en la creación de esa atmósfera de abandono, de fractura con la vida pasada. Xacio Baño dirige todos estos elementos a la construcción de la compleja arquitectura emocional de su protagonista, siempre colocada en el centro de los planos mientras sus familiares permanecen fuera de plano —muy significativa, en este sentido, resulta una escena en la que Luis aparece sentado sobre un tronco, con el plano cortándolo a la altura del pecho y dejando su rostro fuera del mismo, expresando ese disloque entre la realidad del film y la que él vive, habituado a la vida de la ciudad—.

El arco dramático de Carme funciona en consonancia con el trazado metafórico del film, articulado en torno a la figura del caballo: primero la paz de los establos, después el trote ligero, finalmente el galope desbocado. Sin embargo, esta metáfora no se dispone en tono alegórico, sino apegada a la realidad física de la protagonista: es una construcción literaria que parte siempre de lo táctil, de lo tangible. Esa fisicidad es fundamental para comprender también la estrategia de puesta en escena de Xacio Baño, centrada en explorar los matices de nuestro cuerpo como elementos expresivos de nuestras emociones. Este vínculo entre lo corpóreo y lo íntimo está también cuidadosamente conectado con aquel elemento identitario que previamente comentábamos, con esa Galicia en la que la casa constituía un componente hacia el que sus habitantes sentían un fortísimo apego.

La búsqueda de Trote sigue caminos similares —tanto en la forma como en el contenido— a los de Con el viento, de Meritxell Colell, ambas herederas de ese intimismo observacional de Yasujiro Ozu, las dos ligadas a esa ruptura generacional respecto al vínculo con la familia y el hogar. Sin embargo, a diferencia de la reconciliación con el hogar abandonado propuesta por Colell, Baño propone una tesitura más amarga, más cargada de rabia: Carme estalla ante el estaticismo de su existencia, desvelando así otra lectura de Trote muy vinculada a la ruptura con el sistema patriarcal asentado desde décadas atrás en el rural —y también en el mundo urbano, aunque modos distintos—. Dentro de su contención formal, en el primer largometraje de Xacio Baño hay un latido desbocado, el latido de un caballo deseoso por encontrar vastos campos en los que cabalgar; el latido de una mujer ansiosa por recuperar su vida perdida. El vibrante latido de un cineasta con poderosa, íntima y lírica voz.

Avatar

Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *