El pasado de las cosas puras

En política hay un cristal que limpia los rostros. Ocurre como con el cine: el espectador solo llega a saber aquellas cosas que al director le interesa que se sepan. De ese mismo modo, la dialéctica política se construye estableciendo una lámina de distorsión, una cortina invisible que define dos realidades bien diferenciadas. A un lado, en secreto, vive la persona que se dedica a la política. Al otro, en público, vive el político que, nos cuentan, podría llegar incluso a ser una persona. En Animales sin collar, Jota Linares (Cádiz, 1982) nos presenta una realidad curiosa por improbable: Abel (Daniel Grao), un joven de orígenes pobres y pasado oscuro, ha sufrido un severo proceso de reconversión tras la trágica muerte de su hermano y, seis años después, se lanza a una carrera política en la que busca esgrimir la pureza como su principal adalid. Abel quiere romper el cristal.

Linares se encarga, a través de su puesta en escena, de levantar dos Andalucías bien contrastadas, que funcionan como retratos de las dos partes de la vida del ahora prometedor líder político. Por un lado, dibuja con luminosidad un presente esperanzador, poblado de sábanas blancas, camisas de lino y aspecto voluntariamente aseado. Abel es introducido en Animales sin collar con apariencia de yerno perfecto y hombre de férrea moralidad. Sin embargo, de forma paralela, Jota Linares describe también otra Andalucía rugosa, sucia, casi demacrada: la Andalucía del pasado, transitada por Víctor (Ignacio Mateos), un antiguo amigo de Abel caído en desgracia y abocado a cuidar de su madre enferma en insalubres condiciones.

Así que uno piensa, a priori, que esas dos realidades no podrían tener ninguna conexión posible. De hecho, el ahora candidato a la presidencia de la Junta de Andalucía muestra un desprecio absoluto hacia ese pasado —durante los dos primeros actos del film, de hecho, se dedica a pasar un fin de semana con un amigo fotógrafo que, por así decirlo, se encarga de reconstruir su identidad, como si las fotografías certificasen la existencia de su yo presente—. Pero lo cierto es que sí existe un puente entre ambas, y es que Jota Linares busca con insistencia dejar claro que el pasado es una cosa imborrable, que hay huellas impermeables a cualquier marea. Ese puente tiene, de hecho, nombre propio: se trata de Nora —apabullante Natalia de Molina—, una mujer que alterna ambas realidades. Es, por un lado, la perfecta esposa del perfecto político. Por otro, mantiene su vínculo con Víctor a través de un secreto que podría derribar la incólume pureza de su marido.

Animales sin collar funciona como curioso reverso de El reino en un mes intenso para el cine político español

Ese es precisamente el juego que propone el cineasta gaditano en su debut —quien pronto estrenará su segundo film, ¿A quién te llevarías a una isla desierta?, en ese caso a través de Netflix—: el cristal del que hablábamos al principio sí existe en Animales sin collar, pero la cuestión fundamental reside en que Abel no es consciente de que se ubica en el lado incorrecto del mismo. Es Nora, su mujer, quien elige, cual cineasta, qué realidad mostrarle a él y también a todos sus posibles votantes. Ese poder velado, sin embargo, recorre al personaje de Natalia de Molina, convirtiéndola, de forma paulatina pero constante, en una mujer consumida por la culpa que encuentra en Virginia (Natalia Mateo), una antigua amistad también resurgida del pasado, el conducto definitivo hacia la expiación, en un momento crucial que ya no admite especulaciones.

El propósito fundamental de Animales sin collar es el de plasmar, además, cómo las identidades de muchas mujeres se ven frustradas y anegadas ante la necesidad de cubrir y defender las de sus respectivas parejas y maridos. El proceso de expiación de Nora es también un viaje de reencuentro consigo misma, con un pasado que vivió estancado en su interior a lo largo de seis años y ahora brota irrefrenablemente, como ocurre con una puerta de madera que sostiene una inundación: primero absorbe el agua, luego se dilata, más tarde se astilla y, finalmente, acaba quebrándose para dejar que el torrente acuático prosiga su camino inescrutable.

El debut de Jota Linares es, ante todo, ambicioso en su búsqueda conceptual, en la definición de los vínculos entre pasado y presente, así como en la persistente exploración que las personas tienen de redimirse ante sus equivocaciones, ahora que el perdón parece una cosa terrible y lejana. Posee, además, esa textura irrespirable y arenosa que La Canica Films ya fabricó con éxito en Tarde para la ira, y funciona como curioso reverso de El reino en un mes intenso para el cine político español. Si Sorogoyen hablaba de una clase carcomida por la codicia y la mentira; a Linares le interesa imaginarse qué pasaría si tuviésemos dirigentes verdaderamente honestos. O si eso es acaso posible.

Avatar

Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

Un comentario sobre “El pasado de las cosas puras

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *