Elogio de los mundos infantiles

Hay un fenómeno asociativo en el ámbito cinematográfico que cada vez resulta más inevitable, producido entre lo publicitario y lo artístico. El pensamiento tras una película responde, cada vez más, a ambas preguntas de forma conjunta. En el mainstream, en el espectro cinéfilo en que las cintas se reparten en el entorno de las grandes productoras y distribuidoras, el hecho de ser conscientes del público al que se dirige una película —antes incluso de que ésta se lleve a cabo— es casi igual de importante que su cometido creativo. En ese sentido, se intuye que en el proceso de levantamiento de La gran aventura de los Lunnis y el libro mágico, en TVE supieron desde la mera concepción del proyecto que aquella no iba a ser una película que pellizcase lo más mínimo a un público adulto. Las cartas, pues, estaban sobre la mesa: había que jugárselo todo al público infantil.

Partiendo de este eje axiomático, el cineasta argentino Juan Pablo Buscarini —a los mandos de la película— comprende la estética de la serie original de TVE y la revisa con un empaquetado de corte más formalista de lo que se podría haber esperado. Si bien el libreto de La gran aventura de los Lunnis no se permite ningún escarceo por lugares que escapen a la tesitura aguardada, en la dirección sí se aprecia una clara voluntad por hacer de este proyecto algo más que un ejercicio de reciclaje nostálgico: la cámara de Buscarini no funciona de manera automática, sino que comprende los diferentes puntos de partida de sus personajes, se esfuerza en presentarlos a través de diferentes recursos expresivos —del plano general que dibuja sus entornos al elegante movimiento de cámara en la coreografía que introduce a su villano— y cuida el encuadre, la composición y la narrativa visual de la cinta, proporcionándole una innegable coherencia estilística.

La propuesta argumental de La gran aventura de los Lunnis parte de una máxima conceptual: la importancia que la literatura debe tener en la formación intelectual de los más pequeños.

Es sorprendente, pues, que lo más estimulante para el adulto que acude a visionar La gran aventura de los Lunnisbien interpelado por el mecanismo nostálgico de su infancia recientemente perdida; bien inducido a la experiencia a través de sus hijos— proceda del ámbito formal. El diseño de producción de la película está ejecutado con oficio, marcando perfectamente, aunque sin alardes que compliquen la comprensión narrativa de su desarrollo, el perfil dramático de cada acto de la misma: de la frialdad cromática de las oficinas del villano se transita al mundo solitario y apagado de una niña obsesionada con los libros e incomprendida por sus compañeros de colegio. Finalmente, el espectáculo colorista del mundo de la literatura acaba por adueñarse del tono general de la película.

La propuesta argumental de La gran aventura de los Lunnis, ideada por Gorka Magallón y Daniel García Rodríguez —acompañados tras el libreto por Álvaro Ron—, parte de una máxima conceptual: la importancia que la literatura debe tener en la formación intelectual de los más pequeños. Reducido al tono que propone la película, podríamos hablar de la intención de fascinar a los niños con las infinitas e imaginativas posibilidades que brindan los libros. Lejos de trascender esa idea base, lo que hace el guión de La gran aventura de los Lunnis es desarrollar una festiva sucesión de motivos por los que los libros proponen algo imposible de encontrar en la realidad. Desde la percusión referencial, sustentada por la aparición de personajes clásicos de la literatura infantil como Alicia, Phileas Fogg o el Mago Merlín, Magallón y García Rodríguez despliegan una paleta de colores que busca, de algún modo, epatar al público más joven —que es, con obvia lógica, el que asistirá a las salas a consumir esta película—.

En busca de despertar esa simpatía, todos los elementos técnicos y formales de la película se disponen de tal manera que resulten asequibles, pero también puedan ser percibidos como mágicos o suficientemente imaginativos. Tanto la lúdica música de Vanessa Garde como la limpia y colorista fotografía de Rodrigo Pulpeiro están puestas al servicio del niño, del disfrute sin búsqueda de subtextos que compliquen la premisa de la película. No hay en La gran aventura de los Lunnis rastro alguno de cinismo, de autocompasión o deshonestidad: lo que nos encontramos es, al contrario, un ligerísimo canto de pulcra limpieza. En ese sentido, podríamos pensar que el tono de esta película resulta en cierto modo anacrónico, despojado de las intenciones dramáticas que el cine de animación de los grandes estudios propone. Aquí no hay contenido, sino que toda la tesis reside en el continente. Disfruta de la compañía fantástica de los Lunnis y disfruta de los libros. Y ya está.

Adrián Viéitez

Todas las promesas de mi amor se fueron con 'Cría Cuervos'. Ahora bailo y canto 'La Tarara' alrededor de una pira lorquiana. Si preguntáis por ahí os dirán que soy periodista. Si me lo preguntáis a mí, os diré que no sé muy bien quién soy.

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