En busca de la cabeza perdida de Goya

El misterio de las cosas salta a la vista de los niños. Cuando creces, su sombra empieza a apagarse progresivamente, alejándose cada vez más en un horizonte distante. Así que uno guarda en su interior aquellas pasiones infantiles como pequeños tesoros, como memorias sensoriales a las que abandonarse para recuperar la libertad de la niñez. Samuel Alarcón, antes de ser cineasta, fue niño. Y fue entonces cuando se enteró de que la cabeza de Goya había sido robada de su sepulcro. Paseaba con su padre por el cementerio de Chartreuse, en Burdeos, donde yacen los restos del ilustre pintor español. Se pararon delante de la tumba y su padre se lo contó: allí estaban, efectivamente, los huesos de Francisco de Goya. Todos menos los de su cráneo, cuyo paradero era un auténtico misterio. Y aquel misterio, que anidó en la mente del Samuel Alarcón niño, ha florecido ahora. El resultado: Oscuro y lucientes.

«Estaba en busca de un nuevo proyecto y, de repente, recordé aquella historia. Empecé a leer, y a leer más, y cuando me di cuenta estaba obsesionado». Oscuro y lucientes no fue un documental de sencilla realización, ya que el material audiovisual disponible de la época de Goya era, lógicamente, inexistente. «Es cierto que sí contamos con documentación fotográfica y que nos apoyamos en ella, pero realmente nos hemos servido, para la columna vertebral de la película, de los lugares en los que sucedió la historia real». Así, Samuel Alarcón rueda a medio camino entre Madrid y Burdeos, estableciendo una curiosa reflexión audiovisual sobre el paso del tiempo. «La vida es así, la vida no para. A veces nos creemos que las grandes historias son capaces de paralizar el tiempo, pero el ejercicio que nosotros queríamos llevar a cabo era el opuesto: mostrar que los transeúntes, hoy, transitan estos lugares como si todo aquello que sucedió nunca hubiese ocurrido». Como si el presente en perpetua renovación se encargase, a su paso, de aplastar la memoria del pasado.

Así, Oscuro y lucientes cuenta la historia de los últimos años de vida de Goya y la búsqueda de su cabeza robada empleando una técnica documental en constante choque: su voz en off captura el misterio mientras la imagen —excepto en los tramos en los que hace uso de las fotografías disponibles de los eventos relatados— se encarga de exhibir un discurrir rutinario, el de la reformulación de lugares míticos como simples y ordinarios puntos de paso. «Quisimos ser muy estrictos con el asunto de las localizaciones, para que el espectador ubicase con exactitud los lugares en los que transcurre el relato. Con la película ya terminada, por ejemplo, tuvimos que regresar para volver a filmar en la iglesia de Burdeos en la que fue enterrado Goya».

Más allá de esa paradoja temporal y ya adentrándonos en la composición narrativa de la historia, Alarcón dispone un formato próximo al thriller, al cine de detectives. El documentalista se erige como investigador y hace partícipe al espectador de su proceso, generando una espiral de tensión en torno al paradero del cráneo desaparecido. «Toda la película transcurre en la búsqueda de algo desconocido, de algo que no tenemos. En ese sentido, es una técnica narrativa propia al mcguffin de Hitchcock, una excusa para hablar de otras cosas. El género documental es muy libre, es un espacio en el que, con imágenes y sonido en tu mano, puedes hacer prácticamente cualquier cosa. Yo lo que quería era eso, teñirlo de género, crear una especie de puzzle, una especie de Cluedo».

Para ello fue fundamental todo el trabajo de documentación en el que se sumergió Samuel Alarcón, en esa espiral de lectura obsesiva de la que hablaba al comienzo. «Me interesó mucho empezar a reconstruir supuestos, conjeturas que se han hecho sobre el posible paradero del cráneo. Fueron tres años de documentación, empezando desde fuera y trazando círculos hacia el núcleo del asunto. Para que te hagas una idea: dediqué un año exclusivamente a investigar acerca de las pinturas negras de Goya. Lo disfrutaba mucho, así que lo hice prácticamente solo. Soy así de egoísta, no me gusta compartir la diversión con nadie«. Su aproximación, sin embargo, siempre tendió más a lo iconográfico que a lo estilístico: «Para ser un experto en Goya tienes que estar muy familiarizado con su técnica. Yo lo que he hecho ha sido aproximarme más a sus intenciones, tratar de profundizar en su alma».

Con una historia entre manos tan susceptible de ser convertida en material de ficción, Samuel Alarcón defiende a ultranza su decisión de llevarla al terreno de lo documental, terreno en el que se mueve con mayor comodidad. «La libertad está en el documental. Yo quería dar importancia a los espacios, y la ficción está muy sujeta a la dramaturgia interpretativa de los actores, siento que eso la limita. Creo, en general, que el lenguaje clásico y la dramaturgia limitan al cine, y en ese sentido el documental permite escaparse, fijar la atención más en los espacios que en los cuerpos, pese a que los cuerpos siempre vayan a ser los protagonistas del relato cinematográfico». En Oscuro y lucientes, las figuras humanas transitan un espacio intacto entre dos tiempos: volátiles, mortales, las personas mueren. Incluso Goya. Son los lugares en los que vivieron los que siguen su camino.

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Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

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