Evaporarse por las rendijas

La primera escena de Jaulas, la ópera prima de Nicolás Pacheco, nos traslada a un lugar arrancado del espacio-tiempo. La caracterización espacial del cineasta sevillano se fundamenta más en una percepción alegórica que geográfica; el pueblo en el que se desarrolla la acción es, sencillamente, el epicentro del mal. Regido con mano de hierro por un tiránico patriarca y sus secuaces, uno de los entretenimientos principales de los hombres que lo habitan es el de reunirse y utilizar a los frágiles para que imiten el sonido de un pájaro, como si de peleas de gallos se tratase. El ambiente es opresivo —esa liturgia macarra y explotadora se lleva a cabo en una pequeña, húmeda y desvencijada habitación— y la metáfora, ya precedida por el propio título del film, queda subrayada: los habitantes de ese lugar imposible están enjaulados.

La estrategia narrativa de Nicolás Pacheco es interesante, pues emplea un mecanismo similar al del realismo mágico latinoamericano: despeja la vista de lo tangible y se encamina a los mundos imaginarios. Allí inserta los conceptos traídos de casa. Allí habla, con naturalidad dislocada, de esa incapacidad que todos tenemos para, en nuestro día a día, romper con las cadenas que nos ponen o que nos colocamos a nosotros mismos. En ese universo irreal, el director halla la justificación y la libertad para hiperbolizar su trazo sin caer en una exageración de la realidad, puesto que la propuesta tonal funciona de forma coherente con esa superposición de elementos que trabajan en la misma dirección.

Así, Pacheco emplea todos los recursos a su alcance para, en los primeros quince minutos, plantear todos los conflictos que conforman el núcleo dramático de Jaulas, coronados por una madre —Concha, interpretada con arrebatada dignidad por Estefanía de los Santos— y una hija —Adela, encarnada por Marta Gavilán— que escapan del yugo patriarcal y de ese lugar que es un pequeñito infierno terrenal. Antes, Adela se enamora por primera vez al conocer a Vasile —Stefan Mihai—, un joven e inocente inmigrante que llega al pueblo para plantar cara como imitador de pájaros a Antoñito —Manuel Cañadas—, hermano de Concha y persona con discapacidad. Al verse superado por Vasile y ante la perspectiva de no servir para nada, Antoñito huye despavorido del pueblo, siendo recogido por Concha y Adela a mitad de camino. Vasile, por su parte, trata de seguirlas y termina perdido, acogido en casa de un hombre que trata de casarlo con su hija.

Así que la estructura narrativa de Jaulas se articula en torno a una constante huida, a un caminar hacia adelante y sin mirar atrás que no siempre es posible, en tanto nuestro pasado se puede haber apoderado de una parte importante de nuestra identidad.

Si habéis sido capaces de reconstruir en vuestras cabezas el puzzle planteado, profundizo un poco más, empleando ahora los recursos cinematográficos de los que Nicolás Pacheco se sirve para explicar ese tránsito. Si las escenas iniciales, ubicadas en ese pueblo aterrador, poseen una estética sucia y desgastada, con una paleta de colores fríos y grisáceos y una textura mucho más definida, ocurre todo lo contrario con el instante en el que Adela y Vasile se encuentran por primera vez: la luz se filtra, los colores se encienden, ese mundo inerte parece cobrar vida y el cineasta sevillano nos entrega en bandeja la clave de su película. Adela y Vasile. Ellos son la clave. El coágulo de futuro luminoso implantado en un presente oscuro, para siempre manchado. Ellos, todavía adolescentes y no atizados mortalmente por esas tinieblas que los rodean, son capaces de rescatar la luz desde el interior del amor. Sin embargo, la batalla para que la luz triunfe exige sacrificios.

Así que la estructura narrativa de Jaulas se articula en torno a una constante huida, a un caminar hacia adelante y sin mirar atrás que no siempre es posible, en tanto nuestro pasado se puede haber apoderado de una parte importante de nuestra identidad. Superado el escollo de la figura paterna, Concha y Adela no alcanzan, sin embargo, la libertad de la que a priori él las alejaba. En ese mundo de fantasía, en ese mundo de delirio arenoso y simetrías de color pastel, ocurre una cosa muy similar a lo que pasa en el nuestro, en este mundo de aquí en el que vivimos: la libertad es una ambición lejana, y los obstáculos para alcanzarla no solo son múltiples, sino que te acorralan.

Jaulas, de Nicolás Pacheco, es un hermoso cuento acerca de cómo el relevo generacional puede limpiar los pecados de aquellos que colocaron los cimientos de la sociedad quebrada en la que vivimos. Filtra la esperanza con romanticismo sureño, corriendo por las calles, escapando de la maldad con el amor inocente guardado bajo el brazo. Y lo hace todo con un despliegue formal siempre apegado a los significados del film, siempre al servicio de ese aire mitológico y, al mismo tiempo, profundamente realista. Porque ahí estaba la magia de Borges, de Cortázar, la pirueta imposible de García Márquez: en hablar de los sueños danzantes del planeta inimaginable y, al mismo tiempo, hacerlo sobre la intimidad que nos proporciona fundamento. Ahí mismo, en ese mismo lugar, habita la magia de Jaulas.

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Adrián Viéitez

Todas las promesas de mi amor se fueron con 'Cría Cuervos'. Ahora bailo y canto 'La Tarara' alrededor de una pira lorquiana. Si preguntáis por ahí os dirán que soy periodista. Si me lo preguntáis a mí, os diré que no sé muy bien quién soy.

Un comentario sobre “Evaporarse por las rendijas

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    el enero 7, 2019 a las 5:55 pm
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    Adrian, mil gracias por tu crítica que leo ahora!! Por lo bien escrita, ordenada clara y generosa, de nuevo, gracias!

    Nicolás Pacheco,

    director de “Jaulas”.

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