Festival Márgenes (I): un escáner al cine español

Un escáner es una cosa íntima, anatómica. Ante él, uno no se limita a la cordial exhibición de las pieles, sino también de la carne oculta, de los nervios donde nacen y se apagan nuestros deseos; uno se deja escanear para descubrir qué luces y que oscuridades esconde su cuerpo. Se podría decir que un escáner tiene mucho que ver con la lucha perpetua que entablamos contra el miedo. Si el cine español tiene cada vez menos —menos miedo, claro—, es gracias a acontecimientos como el Festival Márgenes, que despliegan los escáneres y lo recorren todo, y destapan las vergüenzas, y consiguen que el cine baile y grite e incluso se masturbe desaforadamente, con una expresión de congoja enclaustrada que cada vez se escapa más de su rostro.

Entrar en la sección Escáner de la presente edición —la octava, para ser concretísimos— de Márgenes es sumergirse en una polifonía abrupta, en un abismo expresionista en el que las pinceladas son breves, sí, pero exigen atención. Así, las nueve piezas audiovisuales que componen este catálogo viajan desde las suaves hebras visuales de Meritxell Colell y Xacio Baño, que cosen sus relatos con la delicadeza desvaída de un artesano japonés; hasta la batalla a pie de montaje de Alberto Gracia y el epítome de la excavación propuesto por Jorge Suárez-Quiñones Rivas. Todo junto, mezclado y capitulado con pulso verbenero por Lois Patiño, ofrece al espectador un recorrido sensorial apasionante. Dicho esto, ahondemos.

Empezar una fiesta de la mano de Con el viento, de Meritxell Colell, es algo muy parecido a comenzar un banquete por el postre. Mi mente es acunada con suavidad por esa danza que es una bocanada de vida, por esas imágenes del mundo limpio, del mundo del pasado. La cineasta barcelonesa busca en lo táctil, en la expresión del tiempo y la distancia a través de las manos de una persona, de los rostros rotos y asaltados por la pérdida. Ese mundo dislocado, ese mundo que se muere y al mismo tiempo renace de nuevo; esas actrices que se escapan de lo fingido para trabajar directamente en contacto consigo mismas: todo en Con el viento se balancea como en una canción misteriosa, una música de silencios y susurros que es escurre por las rendijas.

Fotograma de ‘Con el viento’.

La calma siempre dura poco. Todavía caminantes de ese sueño plácido, aterrizamos en La estrella errante abriéndole la puerta de los infiernos a Alberto Gracia, a quien podríamos describir como un creador radical y todavía nos quedaríamos con una ligera sensación de ingenuidad y patetismo impregnada en los labios. De los rincones virginales de nuestro despoblado mundo infantil que transitamos en Con el vientoLa estrella errante nos lanza con premeditado salvajismo, a través de la hipnótica figura de Rober Perdut —antiguo líder de Los Fiambres a la fractura de tiempo entre un pasado que es pura calle y un presente adormecido, castigado por el imperativo social de los productos masticados. Gracia carga con violencia contra la estética plástica de las redes, la televisión y el mundo pop de la música y los videojuegos, y expresa —a través de un montaje eléctrico y desconcertante— esa sensación de inexistencia, de dependencia morbosa hacia lo material. Hay algo que, pese a todo, conecta a La estrella errante con Con el viento: el dibujo de las cenizas, de los restos. De la generación de personas que se han quedado descolgadas del avance de los tiempos, ya sea hacia la ciudad o hacia lo virtual.

Al otro lado, en la cresta de las olas inertes, vive Gimcheoul, la culminación experimental del escáner, la triple voltereta mortal de Jorge Suárez-Quiñones Rivas en busca de ese desapego mortecino que acecha a la generación millennial. Hay algo inquietante, fascinante y profundamente estimulante en este cineasta, un joven y valiente creador que ya ha demostrado el dominio de una vasta amplitud de registros a lo largo de su corta pero prolífica carrera. Es muy posible que Gimcheoul trascienda, como artefacto ficcionado, mucho más allá de los propios estándares cinematográficos, sumergido conscientemente en ambiciosos terrenos ensayísticos, filosóficos y arquitectónicos. El dominio espacio-temporal de Jorge Suárez-Quiñones Rivas es un puro alarde de virtuosismo, de ruptura con los discursos de continuidad, de superación de cualquier cosa que se aproxime a una narrativa clásica. Sin miedo a recrearse en sí misma —explícitamente masturbatoria—, Gimcheoul es hecho cinematográfico y al mismo tiempo camina por las sombras, por lo no visto, lo no escuchado, por esa inquietud de no saber nunca muy bien quién es uno mismo. Quizá seamos Gimcheoul. El foco del artista parece claro: no importa mucho quienes seamos. Importa que somos. Y bastante es.

Fotograma de ‘La estrella errante’.

No os voy a mentir: La estrella errante Gimcheoul son dos viajes verdaderamente fascinantes por el lado oscuro de nuestra identidad, pero también extenuantes. El otro día hablaba con Diego Rodríguez, director de Márgenes, sobre la cuestión del trabajo de la mirada de un espectador desde que es un niño, y ahora pienso en si una educación audiovisual menos adherida a lo normativo me habría proporcionado no ya la capacidad analítica para enfrentarme a obras de tamaña envergadura, sino a la habilidad de disfrutarlas en plenitud. Márgenes, en cualquier caso, sabe jugar con sus ritmos internos y abre su siguiente jornada de escáner con tres cortometrajes que funcionan como paulatina subida, como adiestramiento mental.

El primero, La casa de Julio Iglesias, es una socarronísima propuesta que juega con nuestra percepción de los espacios. Bajo ella subyace una línea de conciencia sociopolítica, aunque siempre sostenida por la feroz conciencia estética de toda propuesta admitida dentro del catálogo de este festival. No hay imágenes rodadas en este corto dirigido con inteligencia por Natalia Marín; hay un meticuloso y geométrico trabajo de gestión textual y de los espacios, hay una propuesta dual entre la superficial real y la superficie imaginada. En esta línea burlona vive también Los que desean, de Elena López Riera, aunque desviada ligeramente hacia una visión romántica de la realidad. Cuenta con hilarante concisión el desarrollo de una competición de pichones pintados de colores en la que el ganador es aquel capaz de volar más tiempo con una hembra seducida. ¿En qué momento empezamos a creer que el éxito está en la seducción, y no en los afectos que solo el tiempo nos permite elucubrar? Supongo que nosotros no somos pichones de colores. Supongo que ellos son Los que desean. El tiempo es también el protagonista de Zimsko Sunce, de Pilar Palomero, que se aproxima, por su duración —38 minutos— al mediometraje. En el rural bosnio, la cineasta retrata a una anciana pareja que convive en ese compañerismo añejo; el provocado por una relación dilatada en el tiempo, de respeto y compasión. Un tiempo que a ellos —y así se rompen los vientos— se les empieza a agotar.

Fotograma de ‘Trote’, de Xacio Baño.

Zimsko Sunce tiene mucho de esa poética cotidiana con ramalazos de Yasujiro Ozu que también anida en el corazón de Con el viento. Y esta vez, Márgenes sí le ofrece continuidad. Llega Xacio Baño, al Trote. Igual que la de Colell, la aparición de Xacio Baño es otra auténtica revelación en cuanto a la destreza ofrecida en la puesta en escena. Este cineasta gallego construye el conflicto a través de lo físico, también de los espacios domésticos. Trazado el simbolismo equino, la rabia contenida se despliega en esta película que comienza siendo un cabalgar apacible, después se alza al Trote y se resuelve con la violencia de las cosas que tienen que estallar. Consecuencias de la incomunicación que hemos heredado. Hablaremos mucho más sobre Trote y, sobre todo, de Xacio Baño. Estamos muy seguros.

Hablábamos antes del equilibrio entre conciencia política y conciencia estética que subyacía en La casa de Julio Iglesias; pues bien, Cantares de una revolución, de Ramón Lluís Bande, es la conjunción definitiva de ese nexo abierto. El rigor documental conduce la narrativa de esta película que recupera y pone nombres propios a la revolución asturiana de 1934, un ejercicio de resistencia que hoy late en la desmemoria. Para expresar todo eso, Bande dispone de abundantes recursos formales: desde el empleo de un contraste lumínico reducido, que produce la sensación de estar enfrentándote constantemente a un mundo cubierto por la niebla —la misma que apaga los recuerdos—; hasta el trabajo de simetrías y figuras geométricas en la composición de sus planos, que operan en el mismo sentido que un espejo entre dos tiempos. Ocurrió entonces, sí. Si hoy lo olvidamos, puede volver a ocurrir. Será, de hecho, como si no hubiese ocurrido nunca antes.

Y desde ahí al cielo, o a algún bareto perdido a cantar junto a Novedades Carminha, protagonistas de O espírito de Pucho Boedo, el documental de Lois Patiño que cierra este exhaustivo escaneo por los Márgenes. Patiño se sostiene en la contemplación de su trabajo previo, pero introduce aquí un lenguaje mucho más dinámico, festivo, un clarividente retrato no tanto del espíritu de Boedo, sino del grupo que ahora lo versiona. Hay una intimidad muy hermosa en la forma de trabajar del cineasta vigués en este documental concreto, un cariño de emotividad familiar. Es como si, tras todo este tránsito por los lugares más recónditos de nuestra frágil identidad, en el Festival Márgenes hubiesen decidido que teníamos que acabar el recorrido volviendo a casa. Siendo un poquito felices, ahora que vivimos tiempos de infelicidad. Tenemos al cine, ¿qué más podríamos pedir?

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Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

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