Festival Márgenes (II): buscadores oficiales del cine español

Hay algo en el oficialismo que suele jugar a favor del viento: las cosas amparadas por lo canónico son siempre las que corren menos riesgos de inadaptación, las que se adscriben con más sencillez a la norma. En los festivales de cine pasa algo parecido —aunque, a veces, esa norma sea la excelencia—, pero si algo sabemos sobre Márgenes es que no es un festival normal. Así, su sección oficial se despliega como un ejercicio de profunda excavación, como el trazado de un túnel abierto con esmero, como aquel que Andy Dufresne perforaba en Cadena perpetua todas las noches, únicamente equipado con un pequeño martillo de gemas y un póster de Rita Hayworth que lo cubriese durante el día. “Qué atrevido es este Andy”, comentarían sus compañeros de celda. Detrás del atrevimiento, todo un túnel hacia la libertad. Eso ocurre en el Festival Márgenes.

Algo sucede con esta sección oficial que me impide enfrentarme a ella en el orden habitual —siempre dispuesto por las organizaciones, dejándome a mí esa perezosa libertad para escribir sobre las películas mientras ellas aparecen ante mis ojos—: en Márgenes, la cronología la inventa uno mismo. Y es que todas esas películas aparecen como un mosaico fascinante en su página web, expectantes ante la llegada de un click enamorado, totalmente entregadas a la decisión del espectador. Así que escribiré sobre las cintas españolas de la sección oficial de este escurridizo festival siguiendo el orden que mi caótica voluntad estableció para su visionado. No podría hacerlo de otro modo: el discurso ya está construido en mi cabeza de esa manera. ¿Qué habría pasado si hubiese visto estas mismas películas —por primera vez— en un orden distinto? Posiblemente habrían dialogado entre ellas de diferente manera; es incluso probable que mi íntima experiencia junto a ellas fuese algo inopinadamente lejano a lo que ahora es. Pero así las cosas, determinismos de nuestra lineal existencia.

Fotograma de ‘Casa de nadie’, de Ingrid Guardiola.

Yo abrí fuego con Casa de nadie, de Ingrid Guardiola. No me preguntéis por qué, ya que carezco de motivos. Estas cosas funcionan en direcciones ancestrales, y yo me acerqué a este documental casi como un zombie que se aproxima a su siguiente presa; por intuición, por hambre, por naturaleza. Es verdad que su título me resultó evocador, bello, triste; sin embargo, debo afirmar que me ocurrió lo mismo con la mayoría de las películas seleccionadas. Lo que me encontré se pareció bastante a mi percepción alejada: Guardiola ha construido un relato suave e impresionista que, a través de dos espacios distintos —un despoblado y envejecido pueblo leonés y una residencia para personas de la tercera edad barcelonesa— habla sobre el olvido y la relación entre lo arquitectónico y nuestra memoria. Hay una belleza rota en esta pieza breve, de suma dulzura y, al mismo tiempo, invadida por la amargura.

Seguí, quizá por los mismos motivos por los que elegí Casa de nadie para el comienzo, a través de los fotogramas de La felicidad de los perros, de David Hernández. Aquí inserto una anécdota personal de lo que me ha sucedido con esta edición de Márgenes: me he encontrado con un volumen mayúsculo de cine gallego. Qué digo de cine gallego: de grandísimo cine hecho en Galicia y por personas nacidas allí, igual que yo. Eso me ha conmovido hasta la escápula, Márgenes, a mí que vivo en un ejercicio de perpetua nostalgia hacia las tierras marinas de mi hogar. Prosigo con mi relato fílmico a través de una de estas películas de las que hablo. La felicidad de los perros es, posiblemente, la única propuesta española claramente vinculada al cine de ficción de toda la sección oficial. Es el relato de una huida, de un hombre que, al estilo del Wakefield de Nathaniel Hawthorne, se escapa de su vida ante la desesperación y la angustia. En ese ejercicio de escapismo, el protagonista del film de David Hernández entra en una espiral de espacio-tiempo en la que se reencuentra con su pasado y con muchas de sus vidas posibles en la lejanía. La niebla de una vida que se disipa, el titubeo de un mar que crepita: todo eso anida en el corazón de La felicidad de los perros.

Fotograma de ‘Young & Beautiful’, de Marina Lameiro.

Después llegó la que —sí, lo reconozco sin pudor— ha sido para mí una de las mayores conmociones de todo el Festival Márgenes: Nosotros y la música, de Carlos Rivero. Una película muda y en blanco y negro en la que Carlos recorre su relación con la otra protagonista del film, Lydia Quintanilla, a través de una constante búsqueda. Los dos personajes de Nosotros y la música se alejan, poquito a poco, del centro de sus vidas; los dos juntos, buscando lo imposible como lo hace cualquier pareja que no halla acomodo en sus rutinas, cualquier pareja que ansía lo más grande, lo desconocido. En cierto momento del film, —con una música ligera endulzando el ambiente y una ardilla en pantalla— unas letras sobreimpresas te quiebran en pedazos, te dejan helado, te aplastan: “Esta es una de las últimas cosas que hicimos juntos. Filmar una ardilla”. Qué sutil, qué elegante, qué dolorosísima forma de romperte el corazón. Qué película tan abrasadoramente hermosa.

Con el estómago saliéndome por la boca, me acerqué a Las ciudades imposibles, de Chus Domínguez. En cierto modo, agradecí el giro tonal: este documental regresa a los espacios, ya protagonistas en Casa de nadie. Domínguez lleva a cabo un ejercicio de contraste. Utiliza, por un lado, unas fotografías tomadas por Bonifacio Hernández Gil a finales de los años 40, que proyectaban la artificial idea de ciudad que el gobierno español pensaba implantar en ciertas localidades de su Sáhara colonizado. Por otro, rueda un travelling a lo largo de estas ciudades en el presente, mientras una voz en off lee una serie de documentos y misivas escritas por algunos de los cargos de aquel gobierno, empezando por el mismísimo Franco. Es el seco retrato de un mundo en ruinas.

Fotograma de ‘Os fillos da vide’, de Ana Domínguez.

Avanzo, con paso titubeante pero unidireccional, y me veo envuelto en esa piedra preciosa que es Young & Beautiful, de Marina Lameiro. Este documental, único premiado —se ha llevado el Premio Exhibición NUMAX— de todos los candidatos españoles de esta sección oficial, recoge la esencia generacional de aquellos jóvenes que ahora se acercan, lentamente, a la mediana edad, y que ven cómo sus expectativas se estrellan contra su frágil realidad. Lameiro lleva a cabo este trayecto de la mano de algunos de sus amigos más próximos, y esa intimidad que sólo puede entregarte el tiempo se ve reflejada en la transparencia con la que rueda, con la que exhibe la verdadera identidad de estas personas heridas que, pese a todo, avanzanYoung & Beautiful, que toma su título de la canción homónima de Lana del Rey —uno de los himnos para esa generación que se siente dislocada de la realidad social—, se despliega como un policromático retrato que busca desestigmatizar las personalidades socialmente concebidas como más excéntricas. Su proximidad, su cercanía y su honestidad trabajan con tal ansia que, al final, un hilo de sincero amor acaba abrazándote, como un bailarín imposible. Qué jóvenes. Qué bellos.

Vuelvo a Galicia y me cruzo, por el camino, con Os fillos da vide, de Ana Domínguez. Sospecho a la cineasta la han acechado con frecuencia sensaciones similares a las que me invaden a mí, que hace tiempo que me trasladé a los centros y me dejé olvidada mi casa en algún lugar lejano. Esta película es, de hecho, una mirada romántica a ese lugar incólume, intocable, al corazón de esa Galicia virginal en la que los abuelos siguen pisando las uvas, siempre haciendo vino, siempre bailando despacio los unos muy cerca de los otros. Con un naturalismo y un verdor apasionados, Ana Domínguez retrata ese mundo con pausa lírica, casi como recitando un poema antiguo, un poema que remite a nuestra íntima desnudez gallega.

Fotograma de ‘Ainhoa, yo no soy esa’, de Carolina Astudillo.

Emocionalmente aplastado, termino mi viaje de la mano de Ainhoa, yo no soy esa. Creo que lo que ha hecho Carolina Astudillo —rescatar la vida de Ainhoa Mata Juanicotena, una joven ya fallecida que vivió siendo filmada, a través de la lectura de sus diarios, los cuales exhiben una identidad completamente distante de todo aquello que sus personas cercanas conocieron— es lo suficientemente poderoso, bello y ensordecedor para que, si tenéis la oportunidad de acercaros a esta pieza audiovisual, no la dejéis pasar. Yo no sé ya en qué lugares late mi corazón, ni quién soy algunos días de la semana. No sé bien si la lavadora debería ir en programa diario o programa rápido, ni si los mares y los desiertos son la misma cosa o pueden acaso volatilizarse y desaparecer. Y está bien no saber. Los que nos dicen lo contrario nos hunden todos los días. Astudillo mezcla los diarios y vídeos de Ainhoa con otros diarios de otras mujeres que decidieron terminar con su vida: Sylvia Plath, Anne Sexton o Alejandra Pizarnik. Y con ese gesto, con esa maniobra literaria tan sutil, aparca ligerísimamente el fiel homenaje a la biografía de su protagonista —que no por ello pierde su enorme vigencia— y nos habla de algo que también es nuestro: el miedo a no ser lo que esperábamos. El miedo a no ser. El miedo.

Cuando hago estos recorridos por las películas de un festival me siento casi como un traidor: con tanto de lo que hablar sobre cada una de ellas, tantas cosas que pensar, tanto que imaginar… Es posible que, para satisfacer esta hambre tan valiosa —que, de algún modo, es todo lo que tengo—, tuviese que escribir largos ensayos sobre cada una de ellas, y aún así sentiría cierto aroma a falsedad, cierta impostura. Hay un amaneramiento imposible de eludir en la información cinematográfica, y es que por mucho que sangres en cada línea, por mucho que trates de capturar la esencia de esa lejana imagen en movimiento, lo que estás haciendo sigue sin ser cine. Esa distancia es insalvable. Porque el cine está en otras partes. El cine está, por ejemplo, en el Festival Márgenes.

Para leer más sobre Márgenes:

Adrián Viéitez

Todas las promesas de mi amor se fueron con 'Cría Cuervos'. Ahora bailo y canto 'La Tarara' alrededor de una pira lorquiana. Si preguntáis por ahí os dirán que soy periodista. Si me lo preguntáis a mí, os diré que no sé muy bien quién soy.

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