Gerardo Olivares: “La naturaleza es un entorno en el que mis personajes encuentran refugio”

Rodar, rodar, rodar. En una curva, perder el contacto con los raíles y dejar de hacerlo. Desplomarse sobre el mundo. Parar. Esa es la propuesta base de las películas de Gerardo Olivares, que viven en la permanente confrontación entre los instintos esenciales del ser humano, que lo arrastran a un perpetuo regreso a la naturaleza; y la inercia del mundo moderno, tejida con gesto invisible a nuestro alrededor. De esa manera, su objetivo fílmico fundamental es doble: por un lado, busca redimensionar al ser humano dentro de los espacios naturales, observándolo en interacción igualitaria con ellos; por otro, diseccionar los procesos mediante los cuales la intimidad de las personas logra despegarse de los círculos urbanos. Así, su cámara fluye desde los planos abiertos a los primeros planos de rostros —o elementos de la naturaleza—. Y todo ello lo empaqueta con un tono de película de aventuras, con un aroma de road-movie que, en 4 latas, lo absorbe todo.

“La semilla se quedó plantada en mi mente en el año 1990, cuando atravesé el Sahara con un amigo en un Seat Panda. Acampados en medio del desierto, conocimos a unos franceses que llevaban coches de segunda mano para venderlos en Mali y Níger. Eran los últimos románticos de un movimiento que se puso muy de moda a finales de los 70 y principios de los 80. Lo hacían… porque les gustaba hacerlo. Con el dinero que sacaban, se pagaban el avión de vuelta. Y nada más. Lo importante era el viaje“, explica Gerardo Olivares. En 4 latas, el viaje funciona como espacio de reconocimiento. Sus tres protagonistas son el rudo y solitario Tocho, interpretado por Hovik Keuchkerian; Jean-Pierre, un francés mujeriego y locuaz encarnado por Jean Reno; y Ely —Susana Abaitua—, una joven árida y divertida. Ante la noticia de que Joseba, padre de esta última y antiguo compañero de aventuras de los dos primeros, está en Mali enfermo y cerca de la muerte, los tres deciden homenajear su espíritu e ir en su busca, cruzando el desierto en un 4 latas —asumiendo, así, una serie de riesgos innecesarios, al disponer de la opción de llevar a cabo su viaje en avión—.

En el medio de su trayecto, los tres protagonistas se cruzan en su camino con Mamadou —Juan Dos Santos—, un joven maliense que, tras comprobar con frustración la imposibilidad de cruzar la frontera, regresa a casa con las manos vacías. De esa manera, Gerardo Olivares añade un elemento de discurso social a su tesitura filosófica: “Hay mucha gente africana que trata de marcharse a Europa, y esa es una realidad de la que somos conscientes, en tanto se le proporciona cobertura mediática. Sin embargo, lo que no vemos es el otro lado de todo eso: todos los africanos que, después de estar varios años esperando para cruzar en la valla de Melilla, deciden regresar. Todo el que regresa contra su voluntad se siente un fracasado, según la experiencia que he tenido conociendo a personas que lo hacen. El hecho de enviar a un miembro de la familia a probar suerte a Europa exige un esfuerzo económico y de recursos muy importante de parte del núcleo familiar. Así que volver sin nada que ofrecer pesa mucho”.

Fotograma de ‘4 latas’.

En contacto con esa realidad paralela, los tres viajeros reciben el impacto humano de la historia de Mamadou y prosiguen su viaje. Gerardo Olivares explica así la génesis de ese viaje, que es fundamentalmente un espacio abierto para el diálogo con ellos mismos: “Unamuno dijo que no se viaja para llegar al destino, sino para huir de donde se parte. De alguna manera, estos tres personajes están huyendo de su realidad cotidiana, de sus vidas… No dejan de ser tres fracasados que, a lo largo del viaje, empiezan a ver cómo toda la frustración bloqueada emerge. Ninguno de ellos sabe, en realidad, por qué lo está haciendo. Sin embargo, es un proceso lógico que yo mismo he vivido en numerosas ocasiones: buscas escapar de tu zona de confort para que la vida vuelva a sorprenderte“.

Esa necesidad de romper con las rutinas estancadas se manifiesta también en la transición espacial de los personajes: pasan de habitar ciudades estáticas a moverse por una naturaleza cambiante, en cierto modo misteriosa y viva. “El ser humano viene de la naturaleza. Está en nuestra sangre. La necesitamos: nos da cierto equilibrio, cierta calma. Yo entiendo la naturaleza como un entorno en el que mis personajes encuentran refugio. Además, en cierto modo también te ayuda a relativizar tus problemas, a tomar distancia con el día a día de la ciudad. Al cabo de unos días en África no te cuesta nada empezar a pensar en cómo es posible que, en tu vida diaria, te preocupes por cuestiones tan banales. Por eso, para mí, viajar es algo fundamental, algo que te coloca los pies en la tierra. Te ayuda, de algún modo, a no perder la referencia de lo que te importa.”

Esa era, de hecho, la tesis de 100 días de soledad, la película que Gerardo Olivares dirigió —en aquella ocasión, junto a José Díaz— antes de 4 latas. “Al final, uno sólo echa de menos lo que quiere… cuando no lo tiene. Suena a cliché, pero es así: frecuentemente sólo abres los ojos cuando tomas la decisión de irte, de aislarte, de perderte. En el caso concreto de 100 días de soledad era justamente eso lo que ocurría. Decides aislarte del mundo y, en ese momento, te paras a observar tu vida y te das cuenta de lo que realmente importa”.

Respecto al reto de rodar en el desierto, Gerardo Olivares también relativiza: “El desierto es un entorno en el que me siento a gusto, me siento cómodo allí. Es como rodar en casa —para mí, claro, sí es cierto que hubo gente del equipo para la que fue un gran desafío—. Es verdad que, en ocasiones, las condiciones de rodaje no eran las idóneas. Luchábamos contra tormentas de arena, sequedad, altas temperaturas, viento… No es un rodaje fácil sobre el papel, pero para mí no resultó particularmente complicado. En Entrelobos, rodando en Sierra Morena, que estaba al lado de mi casa, lo pasé mucho peor, por poner un ejemplo”.

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Adrián Viéitez

Todas las promesas de mi amor se fueron con 'Cría Cuervos'. Ahora bailo y canto 'La Tarara' alrededor de una pira lorquiana. Si preguntáis por ahí os dirán que soy periodista. Si me lo preguntáis a mí, os diré que no sé muy bien quién soy.

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