Gustavo Sánchez: «Dejarse llevar es un lujo que no todo el mundo se puede permitir»

Las vidas modernas tienen unos conductos muy sólidos. Caminan por ellos con presteza, intentando escurrirse con la mayor velocidad posible, tratando de llegar rápido a la desembocadura. Encerraditos todos en los tubos de plástico, nos cuesta imaginarnos que existan personas que nazcan fuera de ellos o que, en medio del trayecto, decidan quebrar sus paredes y salirse de sus cauces. Observamos a esos individuos desde la comodidad de nuestro transcurrir y encontramos en ellos cierta excentricidad divertida, aunque quizá viva en ellos alguna certeza más sobre lo insustancial de nuestros días. Escurrir la vida con libertad no es, en realidad, ninguna excentricidad. Más bien lo sería lo contrario. Si no me creéis, esperad a mañana: llega I Hate New York, de Gustavo Sánchez. Un alarido de reivindicación de los lados invisibles de nuestra realidad.

El documental —lo llamo así por esa vieja manía de etiquetar los artefactos audiovisuales, pese a que emplea con soltura ¡y libertad! los elementos de la narrativa de ficción— centra su mirada en cuatro personajes del underground neoyorquino. Pero, ¿cómo llega Gustavo Sánchez, un antiguo locutor de Úbeda, a sumergirse en estos mares? La respuesta es inequívoca: por una sencilla cuestión de inconformismo. «Con 24 o 25 años llegué a Barcelona. Quería seguir haciendo entrevistas, conociendo realidades distintas. Pero me ocurría una cosa: mi entorno más próximo no me resultaba lo suficientemente estimulante». Así que se embarcó hacia Nueva York. Hizo un primer viaje en el que vivió una experiencia de carácter casi trascendental. Esa experiencia, sumada al visionado de Tarnation, de Jonathan Caouette; y Short Bus, de John Cameron Mitchell, le hicieron convencerse de que allí estaba la historia que quería contar. Así que regresó.

Cuando prejuzgas, lo haces porque tienes una visión maniquea de la realidad. Yo quería crear, en I Hate New York, un discurso complejo que ofreciese una visión lo más poliédrica posible de la realidad

Las personas que Gustavo Sánchez quería retratar contaban, todas ellas, con varios rasgos en común: «Todas ellas dan rienda suelta a sus sentimientos y aman de formas no convencionales. Practican el poliamor. Transgreden«. Tras una exhaustiva búsqueda, en la que el cineasta llegó a hablar con más de 60 personas diferentes, finalmente se quedó con cuatro personajes: Amanda Lepore, Chloe Dzubilo, Sophia Lamar y T De Long. «Después de 4 o 5 años, llegado el momento de transcribir todas las entrevistas, sus cuatro historias sobresalieron sobre las demás. Elegí cuatro personas diferentes, aunque con puntos en común. Todas ellas eran iconos, aunque cada una en su ámbito: Amanda y Sophia, por ejemplo, estaban más vinculadas al mundo de la noche. Chloe y Tara venían de la música underground. Lo que las unía es que todas compartían la idea de romper con los estereotipos y los prejuicios. Cuando prejuzgas, lo haces porque tienes una visión maniquea de la realidad. Yo quería crear, en I Hate New York, un discurso complejo que ofreciese una visión lo más poliédrica posible de la realidad».

Así, la película presenta, por un lado, a dos símbolos de la noche neoyorquina como Amanda Lepore y Sophia Lamar. «Ellas forman parte de un eslabón generacional perdido de personas que llegaron a la ciudad a finales de los 80 y principios de los 90. Formaron parte de The Club Kids, un grupo de jóvenes que llevaban una vida muy hedonista y eran profundamente icónicos durante aquellos años. Con el tiempo, se han convertido en personajes perfectamente reconocibles de la vida nocturna de Nueva York. Yo las defino como currantes: cada noche están en un club diferente, y han sostenido esa situación durante varias décadas, sabiendo adaptarse a todas las tendencias». Entre ambas, sin embargo, también median diferencias: «Sophia, para mí, representa esa visión de las cosas que nadie se atreve a decir. Hay toda una filosofía tras su forma de ver las cosas, y yo siempre he querido que lo que aparece en el documental no fuesen reflexiones frívolas, que todo diese pie a pensar un poco más allá. Ella, por su background —una cubana transexual que naufragó en la patera con la que emigraba de su país y fue rescatada y llevada a la costa de Key West— y el tipo de vida que ha llevado desde su llegada a Nueva York, ha terminado por conformarse una personalidad insólita. Siempre ha sido, además, una persona muy cultivada. Las horas que pasé con ella fueron muy enriquecedoras».

Amanda Lepore y Sophia Lamar.

Por otra parte, se dibujan las trayectorias de Chloe y Tara, que reflejan con nitidez el objetivo de I Hate New York: partir de la apariencia excéntrica para llegar a un fondo que universaliza el relato, un retrato tierno y carnal de las pasiones y las soledades de esas estrellas del underground neoyorquino. «A Tara la conocí en Barcelona, en un show que montó en la sala La Paloma, poniéndola patas arriba. Nos hicimos amigos y, ya en Nueva York, fue ella quien me habló de Chloe Dzubilo». Así, Gustavo Sánchez descubrió a todo un icono de la música neoyorquina. «Creo que es el primer documental que explica la historia de Chloe, y es que es curioso: ni yo mismo imaginaba todo lo que había detrás de ella cuando la conocí. La fui descubriendo a medida que transcribía las entrevistas e iba hablando con personas de su entorno».

Con todos esos ingredientes, Sánchez crea un producto cinematográfico que, según sus propias palabras, «destaca principalmente porque no es eso, no es un producto«. «Nunca le he pedido apoyo económico a ninguna entidad privada ni pública. Lo he hecho todo de manera muy libre, sin esperar nunca llegar a hacer un documental. No me lo he tomado como un trabajo, aunque sí lo he asumido de manera muy profesional, he procurado ser muy riguroso. Para mí, lo que ellas cuentan resulta tan sagrado que no podía traicionarlas. Así que no podía esperar toda la repercusión que está teniendo; estar en Málaga, Valladolid, el New Fest de Nueva York, el Latin Beat de Tokyo… ¡y el estreno en cines de toda España! Me parece un milagro, sinceramente«.

¡Quería que el espectador rompiese con los prejuicios! Porque el documental funciona como debería funcionar la vida: empieza en un lugar y termina en otro totalmente inesperado. Fluye con libertad. Es un homenaje a eso, a dejarse llevar, a no programarnos constantemente.

La salida a la luz de I Hate New York vino dada, además de por el trabajo de Gustavo Sánchez, por la implicación de toda la gente que se fue sumando al proyecto después. El trabajo de montaje, después de todo el material recolectado, fue ingente. «Ha sido un trabajo muy duro, pero muy emocionante. Como construir un muro con miles y miles de ladrillos. Vas probando, colocándolos, y al final tienes que deshacer el puzzle muchas veces hasta que, llegado a un punto, das con las piezas adecuadas y se empiezan a montar solas». En todo ese proceso, Sánchez contó con la colaboración cercana de Gerard López Oriach, su montador a lo largo de los últimos años. En la etapa final, se sumó Jaume Martí, quien ayudó a «cerrar la historia con la precisión buscada». «Queríamos contar la historia de una manera que hiciese justicia a la realidad, de una forma orgánica. Que el espectador fuese sorprendiéndose al descubrir las historias del mismo modo en que yo mismo lo hice». En «la odisea que es el cierre de una película», I Hate New York contó con la mano experta de los hermanos Bayona y Sandra Hermida —productora de las películas de J.A. Bayona—.

Al final, para Gustavo Sánchez, el resultado no es más que «un reflejo de la propia vida«. «Quería crear cápsulas temporales de imagen y sonido que, de alguna manera, pudiesen trasladar al espectador las cosas extraordinarias que yo mismo he vivido». Y así, con esas cápsulas inmortales, quebrar las paredes de los conductos que nos constriñen. «¡Quería que el espectador rompiese con los prejuicios! Porque el documental funciona como debería funcionar la vida: empieza en un lugar y termina en otro totalmente inesperado. Fluye con libertad. Es un homenaje a eso, a dejarse llevar, a no programarnos constantemente. Eso hoy en día es un lujo. No todo el mundo se lo puede permitir». La pregunta fundamental quizá reside precisamente ahí: ¿quién construye los muros de nuestros días? ¿Está en nuestra mano derribarlos? Quizá un día, si dejamos de correr, podamos mirar alrededor. Y ser libres. Y vivir.

Avatar

Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *