Humanizar a los artistas lejanos

El misticismo siempre llega de la mano de los artistas de los que no sabemos nada. Una vez lejanos en el tiempo; una vez aquello que crearon trasciende a su época, recibimos un legado casi divinizado. Uno lee la Comedia y difícilmente piensa en Dante como un hombre que se cepillaba los dientes por la mañana. Resulta extraño contemplar un Rembrandt e imaginarse al pintor holandés desayunando. Es muy complicado pensar en Enrique Granados y no dejarse invadir por su música de fantasía, su herencia liviana del impresionismo y el romanticismo que impregna el aire de colores imposibles. Porque el arte es así: universal, hermoso, invasivo. Y pocas personas se detienen a pensar en que, tras una obra casi divina, siempre se esconde un artista humano. Una de ellas es Arantxa Aguirre.

Porque El amor y la muerte. Historia de Enrique Granados es una celebración de la espléndida música del compositor e intérprete ilerdense, uno de los más relevantes e influyentes de la historia de la música clásica española; pero sobre todo es una mirada íntima a la vida y esencia de ese autor, de ese inmenso creador que, antes de todo lo demás, fue también un hombre. Arantxa Aguirre, nacida en Madrid casi medio siglo después de que Granados falleciese ahogado en el Canal de la Mancha en su regreso desde Nueva York, lleva ya más de una década trabajando en busca de humanizar los géneros artísticos que todavía sentimos más lejanos: la danza, el teatro, la pintura, la música clásica. Su éxito más reciente y reconocido es Dancing Beethoven, documental que se introduce en la piel de los músicos y bailarines de ballet que, coreografiados por Maurice Béjart, interpretan la mítica novena sinfonía del maestro de Bonn.

Lo cierto es que nos vino muy bien llegar tarde. Ha merecido la pena por un motivo muy sencillo: con motivo del centenario se publicaron muchas cosas, incluida la correspondencia que hemos utilizado para vertebrar la narrativa.

Y es que el empleo de intérpretes es, desde la perspectiva de esta cineasta madrileña, fundamental para aproximar estos elementos al público actual. «Ellos son los que mantienen vivo a Granados. Los que hacen versiones, los que lo renuevan, los que lo adaptan. Todos esos intérpretes son auténticos tesoros escondidos de nuestro país, y me produce un placer inmenso poder acercarlos a la gente a través del cine, ponerlos en valor». Así que esa es una herramienta fundamental a la hora de que Arantxa Aguirre articule su narración, cuyo objetivo no es otro que el que da título a esta pieza: humanizar a un artista lejano. Esculpir en carne y hueso a Enrique Granados.

Para ello, es importante retroceder al momento en el que brotó en ella la idea de filmar El amor y la muerte. «Se acercaba el centenario de su muerte, y la pianista Rosa Torres-Pardo estaba preparándose para interpretar sus Goyescas. Ella fue quien me lo sugirió entonces, y en cuanto me asomé a su época, al escenario en el que se desarrolló su carrera y a su propia figura, salí fascinada. Me lancé de cabeza». Sin embargo, como es frecuente que ocurra en los proyectos llevados a cabo por empeño, el plazo de salida se retrasó. Así que el documental no llegó para el centenario, que tuvo lugar en 2016. Y eso remodeló por completo su contenido. «Lo cierto es que nos vino muy bien llegar tarde. Ha merecido la pena por un motivo muy sencillo: con motivo del centenario se publicaron muchas cosas, incluida la correspondencia que hemos utilizado para vertebrar la narrativa. Además, su biógrafo Walter Clark acudió a Barcelona con motivo de la celebración y fue una oportunidad única para acercarme a él y entrevistarlo».

Ilustración de Ana Juan que aparece en ‘El amor y la muerte. Historia de Enrique Granados’.

De esa manera, El amor y la muerte renació por completo. La posesión de las cartas de Enrique Granados proporcionó a Arantxa Aguirre la zancada definitiva para zambullirse de lleno en la humanidad de un personaje de orden casi mitológico en el imaginario popular. En ellas vivía un hombre temeroso, con un miedo irreparable al mar en el que acabaría falleciendo. «Granados era de familia de militares y sus hermanos nacieron en Cuba. En realidad, él atravesó el Atlántico por primera vez en el vientre de su madre, para nacer posteriormente en Lleida. Así que el mar es un elemento fundamental para comprender su psicología, su humanidad. Allí empezó su vida y allí la terminó, y siempre estuvo acompañado por ese misterioso pánico. En las cartas se lee: él ya intuía que aquel viaje a Nueva York iba a resultar fatídico».

El miedo al océano, el temor a no poder mantener a su familia, la esperanza por seguir siempre creando, el amor natural por la música. Todos esos elementos son empleados con sutil intimismo en El amor y la muerte en busca de esa generación de un espacio en el que el artista y el espectador puedan conocerse un poco más. «Es algo básico en el arte, algo que sabían ya los griegos al escribir sus obras de teatro. Esa humanización cumple la función catártica de una creación; por eso era fundamental encontrar elementos con los que cualquier espectador pudiera sentirse identificado y observar al personaje desde ese punto de vista. No queríamos alejarlo, hablando de algo lejano con lo que fuese imposible empatizar, sino traerlo a la emoción humana. Porque esta no es una película de fantasía, sino una película sobre una persona. Un ser humano que tuvo su propia trayectoria y sus propios combates».

En Granados me llega la inocencia de un artista capaz de encontrar melodías con una facilidad abrumadora, me cautiva de muchas maneras. Es elegante, es fresco y tiene una hipersensibilidad conmovedora.

A la hora de contar todo eso, Arantxa Aguirre tuvo que emplear la imaginación para encontrar el elemento visual que acompañase a la música. «Sabía de antemano que la parte auditiva del documental iba a ser muy potente, así que tenía que compensar esa fuerza con un apartado visual que la acompañase«. Y ahí entró su experiencia en el tratamiento de otros géneros artísticos, de la mano de José Luis López Linares, con quien codirige la productora Lopez-LI Films, y que en El amor y la muerte lleva los mandos de la dirección de fotografía. El relato se ve, pues, invadido por la pintura, por la danza, por disciplinas que le aportan una expresividad plástica de enorme fuerza cinematográfica. «Me he servido de cuadros de pintores de la época de Granados, modificándolos de forma muy sutil para ofrecer un elemento de movimiento al encuadre —porque el cine siempre es movimiento—; también de las maravillosas ilustraciones de Ana Juan y, por supuesto, del trabajo de todos los intérpretes que intervienen en el documental».

Es siempre a través de estos intérpretes —ya sean pianistas, cantantes o bailarines— como la música de Enrique Granados se moldea. Y el mundo se ve invadido entonces por su belleza, el motivo último por el que nos entregamos al arte, el motivo último por el que Arantxa Aguirre ha dirigido El amor y la muerte. «En Granados me llega la inocencia de un artista capaz de encontrar melodías con una facilidad abrumadora, me cautiva de muchas maneras. Es elegante, es fresco y tiene una hipersensibilidad conmovedora. Además es un autor muy romántico, y su propia personalidad está inscrita en su música. Su música habla mucho de él». Así, lo místico sirve a lo terrenal. La música distante habla de lo humano. Y a Enrique Granados, gracias a El amor y la muerte, lo tenemos un poquito más cerca.

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Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

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