Icíar Bollaín: “En la infancia está la semilla de todo lo que luego somos”

La carrera de Icíar Bollaín ha sido la de una bailarina en libertad. En su proceso fluctuante desde un lado al otro de la cámara, la cineasta madrileña ha caminado siempre en la selección de sus propios pasos. De ese modo dirigió Te doy mis ojos en 2003 —mucho tiempo antes de la incursión en el discurso oficial del movimiento feminista—, un escalofriante retrato de la violencia de género en el ámbito doméstico. Cuando la línea político-social se introdujo con fuerza en el panorama cinematográfico español, ella continuó con su danza y viajó a Bolivia y Nepal para rodar También la lluvia Katmandú, un espejo en el cielo, dos películas en las que dio continuidad a su exploración intimista de la realidad de aquellas personas obligadas a existir subyugadas a un orden social que las oprime. Tras volver a casa y lanzar ese grito localista que fue El olivo, ahora Icíar Bollaín vuelve a cruzar el Atlántico. En esta ocasión, su destino es Cuba. La bailarina libre habla ahora de danza. Es el turno de Yuli.

“Es verdad. A priori, una persona que se acerque a esta película puede preguntarse qué tiene que ver un bailarín negro conmigo“. Yuli narra la historia —desde su infancia hasta la actualidad— del bailarín cubano Carlos Acosta, un ídolo de masas en su país y durante años miembro del Royal Ballet londinense. “Lo que pasa es que yo creo que esta película habla de muchas otras cosas: de las relaciones paternofiliales, de tu vínculo con tu país; también del sacrificio que conlleva el mero hecho de tener talento. En Yuli también está presente una celebración del arte con la que me identifico por completo. No me he sentido ajena en ningún momento”. Esta proximidad entre Icíar Bollaín y la tesitura afrontada en su película, pese a ubicarse esta en un continente distinto al suyo, tiene mucho que ver con su propia forma de afrontar el cine como una cuestión de profundo calado humanista: “Creo que Yuli habla sobre cosas que nos afectan a todos. Es verdad que ha emocionado mucho al público cubano y español, pero nos pasó lo mismo, por poner un ejemplo, en Hamburgo. Uno de sus elementos narrativos principales, como es la infancia, está presente en todos nosotros. En la infancia está la semilla de todo lo que luego somos“.

Trabajar con Carlos Acosta ha sido genial, aunque en un primer momento sí lo vi como una posible complicación, dado que esta es una película sobre su vida y era posible que quisiese intervenir de algún modo. No fue así.


En este sentido, ha sido fundamental la construcción del personaje del padre de Carlos Acosta, interpretado por el coreógrafo cubano Santiago Alfonso. “Es posible que, en la realidad, su padre fuese todavía algo más duro de lo que se muestra en Yuli. Sin embargo, es una persona que desde el principio me resultó fascinante: un hombre cubano negro, de esa edad y en esa época, lo último que habría querido es que su hijo se dedicase al ballet. Lo habitual es que hubiese pertenecido a ese grupo de personas que lo llamaban homosexual por dedicarse al baile. Sin embargo, no fue así: tuvo, por una parte, la intuición de que el ballet iba a dar a su hijo la disciplina que lo sacaría del mundo de la calle; por otro la sensibilidad para entender que, a través de la danza, su hijo podía llegar muy lejos. Era un hombre muy especial, que posiblemente vivió a través de Carlos lo que él no pudo vivir, esa sensibilidad que nunca pudo canalizar“. 

En el otro lado de ese espejo paterfilial se encuentra, cómo no, Carlos Acosta. El bailarín que quería ser futbolista, como Pelé. Para encarnarlo, dada la fractura temporal de Yuli, Icíar Bollaín ha tenido que echar mano de cuatro actores distintos, entre los que se encuentra el propio Carlos, quien se interpreta a sí mismo en el tiempo presente. “Paul —Laverty, su marido y guionista— estaba viendo a Carlos con su compañía en La Habana y me dijo que aquello era un tesoro, que teníamos que meterlo como fuese en la película. Él estaba buscando algo que rompiese un poco la estructura típica del biopic, porque temíamos que quedase plano, y ese fue el punto de entrada. Trabajar con Carlos Acosta ha sido genial, aunque en un primer momento sí lo vi como una posible complicación, dado que esta es una película sobre su vida y era posible que quisiese intervenir de algún modo. No fue así. Vino a mí y me dijo: mi trabajo es bailar, el tuyo hacer películas. No te voy a decir como tienes que hacer las cosas. Se puso en nuestras manos y no exigió nada. Tuvo confianza total en nosotros”.

Entrevista con Icíar Bollaín, directora de 'Yuli'.
Fotograma de ‘Yuli’.

La inclusión del Carlos actual provocó que el guión se quebrase en esas dos líneas temporales mencionadas. En el presente, la historia pasada se narra a través de la danza, un elemento fundamental dentro de Yuli ya no sólo en el aspecto argumental, sino también en la forma. “Desde que Paul escribió el guión y María Rovira se dispuso a montar las coreografías, tuvimos clara una cosa: el baile tenía que expresar cosas, tenía que contar y no podía ser una abstracción de la narrativa paralela. Sabíamos que el espectador iba a ir a ver una película de ficción y no era honesto ofrecerle un espectáculo más próximo a la danza contemporánea. Poco a poco fuimos buscando ese equilibrio, testando hasta qué punto el espectador se sostiene en el hilo narrativo mientras el baile le continúa aportando información, ya sea emotiva o argumental”.

De cualquier manera, esta hibridación estilística y el empleo de recursos próximos al documental —como la presencia del propio protagonista de la historia en el cuerpo actoral— convierten a Yuli en una película que se desvía de una narrativa ordinaria, convirtiéndose posiblemente en la cinta más arriesgada desde el punto de vista estructural de toda la carrera de Icíar Bollaín. “El espectador, actualmente, es mucho más consciente de que no todo tiene por qué pertenecer a una única categoría en el mundo del cine. Las cosas no son sólo una cosa. Es verdad que esto se ha hecho siempre, pero tradicionalmente esta experimentación narrativa existía más en el circuito de los festivales, del cine de autor. Ahora, gracias en buena medida a series de televisión como Narcos —que mezcla imágenes de archivo con una reconstrucción dramatúrgica—, este tipo de experimentos se están colando también en el territorio mainstream. Creo que el espectador ya no se asusta por eso, y ahora quizá sean las productoras o distribuidoras las que temen más asumir el riesgo. Nosotros teníamos a cuatro Carlos en la película y, después de las imágenes de archivo del propio Carlos Acosta bailando en el Royal Ballet con Tamara Rojo, aparece Keivin Martínez —el actor que lo interpreta en su juventud— celebrándolo. No estábamos seguros de si funcionaría, pero lo hizo. Es cuestión de introducir al espectador en tu código y, a partir de ahí, ser coherentes con él“.

Detrás de cada película hay 50-60 personas llevando a cabo un oficio artesanal. Es imposible que los directores hagan solos una película: el cine está hecho de trabajadores de pico y pala

A la hora de rodar las escenas de danza, y con la finalidad de maximizar su expresividad física, Icíar Bollaín trabajó con el director de fotografía de Yuli, Álex Catalán, en el juego de luces como principal elemento escénico. “Había que encontrar un punto muy determinado entre el cine —que implica cercanía— y la danza —que exige alejarse para poder apreciar el movimiento—. Trabajando con Álex encontramos ese equilibrio haciendo que la cámara se desplace por el escenario, que baile al mismo tiempo que la danza es ejecutada por los bailarines. También buscamos expresar todas esas cosas tan físicas del baile que no se pueden apreciar en un teatro: el sudor, la flexión de las articulaciones, el roce de los cuerpos, la sensación de fuerza con la que pisan el suelo… queríamos que el espectador pudiese sentir todo eso, vinculándolo así a un lenguaje muy cinematográfico, pero al mismo tiempo proporcionar la distancia suficiente para poder ver el dibujo completo del movimiento del cuerpo“.

Hablando sobre todo este proceso creativo, nombres como los de Álex Catalán, Paul Laverty, María Rovira, Alberto Iglesias —compositor de la banda sonora original— o Eva Valiño —nominada a los Goya por su trabajo de sonido— aparecen de forma recurrente. Icíar Bollaín subraya lo fundamental que resulta el trabajo en equipo en un oficio como el cinematográfico, a menudo contemplado desde la distancia como obra de los directores o los actores. “El cine es un oficio, aunque no se vea como tal. Detrás de cada película hay 50-60 personas llevando a cabo un oficio artesanal. Es imposible que los directores hagan solos una película: el cine está hecho de trabajadores de pico y pala. Yo no siento que mi trabajo sea dar órdenes, sino aunar los aportes creativos de muchas personas en una dirección común. Yo digo por dónde vamos, pero vamos todos“.

Icíar Bollaín baila libre, como Carlos Acosta en Yuli, expandiéndose en cada película, en cada paso, amparada por todo ese equipo que inventa nuevos vientos. De Nepal a Bolivia pasando por Cuba, quizá en una furgoneta camino a Alemania o en una opresiva Toledo; no importa el lugar, sino el cine. Importan las personas. Importa la danza.

Adrián Viéitez

Todas las promesas de mi amor se fueron con 'Cría Cuervos'. Ahora bailo y canto 'La Tarara' alrededor de una pira lorquiana. Si preguntáis por ahí os dirán que soy periodista. Si me lo preguntáis a mí, os diré que no sé muy bien quién soy.

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