Isaki Lacuesta: “Me interesa el cine que es como un cuento infantil, como una nube que puede transformarse en cualquier otra cosa”

El cine es humildad, decía Yasujiro Ozu. La humildad de no querer adherir al lenguaje cinematográfico elementos que lo desfiguren, que lo arrastren con violencia a territorios en los que se desvirtúe su naturaleza. La humildad de, en cierto modo, comprender que dentro del diálogo entre el espacio y el tiempo que propone el audiovisual ya se encuentran todas las herramientas disponibles para construir una película. Desafortunadamente, hoy —y también en la época de Ozu, cuidado— existe mucho cine alejado del cine, avasallado por las invasivas percepciones del espacio cinematográfico como un lugar en el que liberar lenguajes pictóricos, literarios e incluso publicitarios. Afortunadamente, también existen cineastas como Isaki Lacuesta.

Entre dos aguas es la liberación mansa de un caudal poético ya aplacado con ternura en La leyenda del tiempo, aquel cuento de niños rotos por la muerte de su padre, de niños sin futuro pero esperanzados. Doce años después, Isaki se reencuentra con el discurrir espiritual de aquellos chicos, hoy ya hombres. “Nuestra relación con Isra y con Cheíto se ha sostenido a lo largo del tiempo. De vez en cuando, solía reaparecer el tema de cuándo íbamos a hacer, por fin, otra película juntos. Era una fantasía que teníamos desde el principio. Entonces, Cheíto regresó de una misión y lo vimos claro. Introdujimos la ficción del regreso de simultáneo de Isra desde la cárcel y eso nos permitió jugar con esa doble vuelta a casa de ambos personajes”.

Así germinó Entre dos aguas, que funciona tanto de la mano de La leyenda del tiempo como liberada de ella. “Al comienzo, pensaba que no utilizaría tantas imágenes de archivo como las que finalmente aparecen en la película. A medida que avanzábamos con el proceso de escritura me fui dando cuenta: la empatía del espectador sería mucho menor al no poder contrastar las imágenes del presente con, por ejemplo, la sonrisa inocente de Isra saliendo de detrás de la montaña de sal“. Esa independencia confiere a Entre dos aguas una unidad estilística que casi absorbe a su predecesora y la integra en un artefacto audiovisual único. “En algunos pases en el extranjero, espectadores que no habían visto La leyenda del tiempo nos felicitaban por el casting. Nos decían que los niños eran clavados a los protagonistas”. Y es que esas imágenes de archivo no están empleadas con la intención de establecer una doble línea temporal, sino que caminan con una evidente intención poética: “Queríamos eso, que apareciesen como una memoria, como un sentimiento que recorre al Isra presente“.

Israel Gómez Romero y Francisco José Gómez Romero ‘Cheíto’.

Esa idea del pasado que vuelve, del pasado que nunca se despega del recuerdo, es una de las columnas vertebrales de Entre dos aguas. En una escena de la película, el Isra adulto se esconde detrás de una cortina. El viento mueve la tela y, de detrás de ella, surge el Isra niño. “Al montar las imágenes lo ves todo mucho más claro. Lo que hacía Isra allí, en aquel balcón, era esperar a su padre, su padre que ya nunca llegaría. Esa herida está muy presente en ambos personajes, ninguno de los dos consigue cerrarla. Ambos manejan esa situación de formas muy diferentes y, sin embargo, comparten vías de expresión como lo es el tatuaje, que funciona muy bien como símbolo de algo que está inscrito en tu identidad para siempre”. Y es que ese punto de ruptura, esa herida profunda y sangrante que recorría con dolor La leyenda del tiempo, continúa vigente en esta segunda entrega. “La muerte de su padre fue un evento demasiado doloroso. Fue una de esas cosas que te suceden y lo condicionan todo: tu manera de socializar, de relacionarte con los demás, de buscar un trabajo…

En la búsqueda de esa emoción que nace en las profundidades de Isra y Cheíto, Isaki Lacuesta trabaja en constante equilibrio entre lo real y lo ficticio. “Tratamos que haya momentos en los que actúen más a partir de experiencias suyas y otros en los que sean capaces de imaginar qué pasaría si se diese el caso, como sucede con Isra cuando su mujer lo expulsa de su casa. Eso es algo que nunca le ha ocurrido, pero él actuó poniéndose en el lugar en el que se quedaría si sucediese. Cuando trabajas con actores con mayor experiencia profesional es cierto que cada uno tiene su técnica y su estilo, pero al final todos acaban recurriendo a su memoria sentimental. El momento en que Cheíto se quiebra y empieza a llorar, por ejemplo, está construido a partir de una emoción real que él sentía en ese preciso instante“.

Akira Kurosawa, en mi opinión, es el cineasta con una mayor variedad de registros de la historia. Podía ser tan sutil como Dreyer y tan bestia como Peckinpah

Sin embargo, ante la tendencia periodística a referirse a su estilo entre la ficción y el documental como algo novedoso, Lacuesta sale al paso negando que lo que él está haciendo sea nuevo. “Ahora lo único que pasa es que hay una mayor cantidad de personas que trabajan así, pero no es nada revolucionario. Los Lumière, si te fijas, estaban currando igual, pactando las escenas, utilizando en muchos casos cosas reales para construir ficciones. Por no hablar de la forma de rodar de Agnès Varda”. Sin embargo, sí reconoce que, en Entre dos aguas, se entrega a un estilo “más naturalista y transparente” de lo que podía ser, por ejemplo, la otra película con la que se alzó como ganador de la Concha de Oro en San Sebastián, Los pasos dobles.

“Una de las cosas más divertidas de Los pasos dobles fue planteárnosla como aquello que decía Merce Cunningham de que la danza es pasar de una posición a otra. Nosotros queríamos eso: movernos con libertad, saltar, en una escena, del documental al wéstern sin complejos. Lo que teníamos allí era una pura vocación de contar cuentos, y mi compañera Isa Campo me lo decía: no es tan frecuente ver tantas películas como Los pasos dobles. Yo pienso que la forma de conseguir que sí las haya es empezar —o volver— a entender el cine como un cuento infantil, como una nube que puede transformarse en cualquier otra cosa. Aquella era la vocación que tenía Los pasos dobles. No buscábamos la empatía, así que pudimos jugar más. En Entre dos aguas, sin embargo, sí que necesitábamos eso, ese contacto con el espectador. Queríamos que no se notase que habíamos trabajado tanto, que la cámara, de algún modo, desapareciese”.

Isra, Isaki Lacuesta y Cheíto.

Así, la técnica documental está muy integrada en los movimientos de cámara y las decisiones de puesta en escena, siempre sin perder la deriva poética que comparten La leyenda del tiempo Entre dos aguas. “Intentamos que sea una cámara que no parezca que esté anticipando los acontecimientos, sino que los suceda. Es una cámara ubicua: elige un punto de vista y desde ahí sigue el desarrollo de la historia. No hay plano y contraplano”. En esa búsqueda hacia lo documental, Isaki Lacuesta quería alejarse lo máximo posible del registro realista tradicional. “En las películas realistas del Hollywood clásico o, por ejemplo, las de Pasolini, la realidad nos parece muy construida. Sí creo que uno de los registros realistas que ahora más empleamos pasa por la imitación del lenguaje documental“.

En este sentido, Isaki Lacuesta se remite al trabajo del cineasta japonés Shohei Imamura. “Todo esto que se dice que es tan nuevo, Imamura lo trabajo muchísimo. Él hacía películas documentales que acababan siendo puramente pop“. Aprovecha, tirando del hilo, para alabar la historia de la cinematografía japonesa —esta misma semana inauguró, en el Pompidou de París, una retrospectiva conjunta junto a una de las mayores exponentes niponas de la actualidad, Naomi Kawasi—: “El cine japonés es inmensamente rico. Akira Kurosawa, en mi opinión, es el cineasta con una mayor variedad de registros de la historia. Podía ser tan sutil como Dreyer y tan bestia como Peckinpah. Podía hacerlo todo y todo lo hacía bien. De la generación actual, me quedo con Hirokazu Koreeda”.

Para el trayecto de Entre dos aguas, sin embargo, quiere romper con la cortina típica del cine de autor. “La sensación en las proyecciones iniciales está siendo muy buena. En otras películas, como pudo ser el caso de Los pasos dobles Murieron por encima de sus posibilidades, las reacciones estaban siempre muy enfrentadas. Aquí hay un consenso mucho mayor. A mí sí me interesa lo de que las películas ocurran en espacios no muy claros, creo que está bien enfrentarlas a públicos muy distintos. Al final, el cine experimental hecho para un público de cine experimental acaba siendo tan estéril como el cine mainstream hecho para el público mainstream“. Entre dos aguas invadirá mañana la cartelera española, el público dirá el resto. Isaki Lacuesta, en cualquier caso, confía en la posibilidad del cine de dejar siempre un poso. “Está claro que el espectador rechazará cosas de la película. Sin embargo, también estoy seguro de que se llevará otras consigo”. Y entre esas dos aguas nadaremos.

Adrián Viéitez

Todas las promesas de mi amor se fueron con 'Cría Cuervos'. Ahora bailo y canto 'La Tarara' alrededor de una pira lorquiana. Si preguntáis por ahí os dirán que soy periodista. Si me lo preguntáis a mí, os diré que no sé muy bien quién soy.

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