La comedia reaccionaria

A la sazón del debate encendido a lo largo de los últimos años en torno a los límites del humor, repleto de balazos a la superficie y trazos vagos que no sólo no resuelven sino que colaboran al estado global de confusión, el poeta Rodrigo García Marina aportó algo de luz en un texto, publicado en Poscultura, al que tituló La metaofensa o por qué nos meamos de risa. En él, tomando como referencia el caso de Róber Bodegas y la ofensa humorística hacia el colectivo gitano, García Marina apunta, lúcido: «El humor, por supuesto, no tiene límites pero sí alguna que otra limitación ¡pues no va a resolverlo todo! Éstas son las mismas que las del don, es decir, las interpone el propio humorista; si necesita del beneplácito o si no. Un humor, en última instancia, cobarde. Pues un humor radical sería el que asumiese el riesgo de no ser entendido«. Limitarse a sí mismo permanentemente: eso es lo que hace el diseño humorístico de Perdiendo el este.

Hay, en el texto mencionado, un elemento de tesis que nos ayuda a comprender con claridad por qué esta película no sólo resulta inane, sino que se revuelve con violencia contra sus propios pretextos. «Un humor radical sería el que asumiese el riesgo de no ser entendido», señala García Marina. Ese riesgo, desde luego, está muy lejos de ser asumido por parte de los guionistas de Perdiendo el este. No podrían hacerlo. Me explico: hablamos de una película producida por una televisión privada —Atresmedia— y diseñada como un artefacto publicitario. A lo largo del visionado, uno va dibujando en su imaginación la persona ficticia a la que los responsables de esta película buscan dirigirse. Digo ficticia, claro, porque esa persona no existe. Es un prototipo. Y es ahí, en ese terreno de seguridad que Perdiendo el este se facilita a sí misma, donde la cinta se vuelve realmente peligrosa.

Aquí todo funciona como un espejo. Como ya ocurría en la igualmente estereotípica y vacua Perdiendo el norte, el equipo de guionistas de esta suerte de secuela percute las teclas que —consideran— enraizarán su trabajo a la visión del público imaginado. De esa manera, al dirigirse a un público diseñado a través de estrategias de márketing, sus propios personajes, estrategias discursivas y gags se contagian de ese espíritu imbuido de clichés, lugares comunes y banalidades. Algo realmente peligroso si lo que se pretende es hacer comedia en torno a distancias por razón racial, de género o incluso sexual —¿por qué parece que el elemento de la sexualidad, en las comedias de motivo industrial, se perfila siempre de manera impresionista, como si todavía se sostuviese entre las manos como una bomba filamentosa, como un artefacto tabú?—. Porque estas reivindicaciones sociales, ante las cuales la sociedad comienza a sensibilizarse, lo admiten todo excepto el lugar común. El lugar común es lo opuesto a su naturaleza. Es lo opuesto a la empatía respecto a ellas. Es lo que las deslegitimiza.

Todo ese ardid beligerante no se alza en favor de la comedia, sino en su contra: con él se justifica su explotación por parte de los poderes fácticos; los poderes que, en última instancia, resultan ser aquellos que coartan la libertad de expresión del humorista.

De esa manera, cuando un personaje chino —que, como todos los demás personajes chinos de la película y el hombre turco que encarna Younes Bachir, está interpretado subrayando de manera permanente los ofensivos gestos lingüísticos con los que desde España se caricaturiza a las personas de estas nacionalidades— dice al protagonista: «¡A los chinos les gusta que respetes sus tradiciones!», y él contesta: «¡Pero si voy vestido de rojo! ¡E incluso llevo dos dragones estampados!», no puedes evitar pensar en que todo ese aparente dispositivo cómico tendría sentido si estuviese articulado desde la consciencia de la ofensa. Sin embargo, en Perdiendo el este nada se dispone desde ese lugar. Siempre se habla desde la supuesta ignorancia. Desde una ignorancia fingida que se aleja enormemente de la inocencia, del pretendido blanqueamiento discursivo que la película trata de implantarse a sí misma como loca. Y uno no puede evitar imaginarse lo que estará pasando por las cabezas de esos actores que, salvo giro mayúsculo de los acontecimientos, serán plenamente conscientes de lo retrógrado del discurso que están articulando. Del peligro que acarrea.

Cuando el humor se plantea como pantalla de riesgo para la explotación comercial, deja inmediatamente de ser humor. Quizá por eso el tan comentado spot de Campofrío en defensa de la comedia reventase en sus propios términos al simplificar ciertas luchas sociales en torno a un discurso plagado de privilegios que, por si no fuese poco todo lo demás, se esgrimía en favor del rédito comercial de una conocida marca de embutidos. Sea Campofrío o sea Atresmedia, queda claro que la defensa —exenta de argumentos— del humor como territorio inconsciente y desapegado del progreso de pensamiento está inevitablemente ligada a la capitalización de sus contenidos. Al final, todo ese ardid beligerante no se alza en favor de la comedia, sino en su contra: con él se justifica su explotación por parte de los poderes fácticos; los poderes que, en última instancia, resultan ser aquellos que coartan la libertad de expresión del humorista.

Comento todo esto a raíz de Perdiendo el este no porque sea —para nuestro infortunio— la única película actual construida desde este lugar de inconsciencia, sino porque la reapertura de este debate y la debida señalización de aquellos artefactos que lo apedrean exige un justo compromiso. Y también porque, si nos ajustamos al análisis del hecho cinematográfico, la película de Paco Caballero no genera espacio de diálogo alguno. Ataviada con una puesta en escena del todo ilógica —no hay expresividad ni en los movimientos de cámara, ni en la distancia entre foco y cuerpos, ni en la selección cromática, ni en la iluminación, ni en nada en absoluto: las imágenes no cuentan nada— y escrita con una vagancia y vulgaridad alarmantes, Perdiendo el este sitúa su compromiso estético al mismo nivel que su compromiso ético: bajo tierra.

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Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

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