La costumbre del crítico; por Adrián Viéitez

Me he acostumbrado a escribir críticas. Se me acelera el pulso al escucharme decir esa frase; me horroriza, me espanta. Hace tiempo que temo a la costumbre: a lo largo de los años se ha encargado de asesinar sin piedad algunas de las cosas que más he querido. Llega por la noche, en silencio, para infiltrarse por las grietas de la emoción. La desarma lentamente, como un veneno que, de tan letal que es, se regodea en sus términos de acción. Una mañana te miras al espejo y observas todos tus procesos mecanizados, y te preguntas cómo ha sido posible —o en qué momento ha ocurrido todo eso—; cómo demonios puede ser que aquello que una vez te encendió ahora se haya convertido en un mero acto reflejo. Escribo crítica de cine y noto cómo mi mente se disloca de mis manos: ¿quién es la persona que escribe? ¿De dónde proceden todas esas palabras? ¿Acaso tiene algún sentido lo que estoy haciendo? Me detengo. Leo de nuevo el texto que acabo de inventar y no me veo en él, no sé quién lo ha podido imaginar. Sé que no he sido yo.

Me pasa no sólo al leer mis propias críticas, sino al acercarme a la enorme mayoría de las mismas, publicadas y republicadas a través de las arterias del vasto universo de los medios cinematográficos. Veo las palabras, ahí tendidas, y estoy ligeramente convencido de que la mayor parte de ellas están impresas de forma mecánica. Están vacías. No me dicen nada sobre las películas. He llegado a un punto crítico en mi relación con la crítica cinematográfica: a día de hoy desconozco por completo su utilidad. No sé si puede tenerla, de hecho. Concebida popularmente como una herramienta suscriptora, estoy convencido de que este no es más que un pretexto inane o que, al menos, no tiene relación alguna con el hecho cinematográfico. La crítica está desconectada del cine, me digo. Retumba en las paredes la palabra dicha. Crítica. Cine. Desconexión.

Una pregunta golpea mi mente de forma recurrente: ¿puede el cine, un arte fundamentado en el estudio de la imagen, ser analizado a través de la palabra? ¿Puede el cascabeleo lingüístico comprender, con su bidimensionalidad, la curvatura del mundo audiovisual? Desciendo todavía más en mi consideración y llego a la siguiente conclusión, fundamentada en el ejercicio continuado de la lectura de críticas cinematográficas: ¿empuña realmente el crítico actual —como entidad— a la palabra con ese objetivo? Tengo dudas a la hora de responder la primera pregunta. Con la segunda tengo claro que, si bien afirmar un no henchido de rotundidad quizá sea caer en la generalización burda, la tónica general sí me sirve para responder de forma negativa. Acuso a la culpable de siempre, a la asesina silenciosa que creo que ha sentado al crítico en un sillón privilegiado y acomodaticio: la costumbre.

Ya estoy harto del bombardeo. Quiero ser una mano que acaricia bajo la lluvia

Encuentro libros al respecto: libros que se preguntan qué es la crítica o cómo hacer una buena crítica cinematográfica y pienso si ubicar a la crítica en el centro de la cuestión es el enfoque correcto para todo esto. Por mi mente transita la idea de que quizá lo fundamental aquí no sea definir los estándares de una crítica bien hecha, sino tratar de sumergirse hasta el punto en que la crítica acabe poseyendo entidad propia. En que la lectura de un texto esgrimido con este propósito sirva para expandir el imaginario de una película; quizá para acceder a sus fibras sensibles, para tratar de comprender su esencia. Y entonces la crítica abandonaría por completo sus pretextos actuales —esta película es buena, esta película no lo es, cinco estrellas sobre cinco, análisis de los elementos del lenguaje fílmico, fantásticas-prodigiosas-fascinantes interpretaciones— y se centraría, de una vez por todas, en el cine.

El propósito analítico es loable, pero no puedo evitar percibirlo como un ejercicio de superficie: el crítico recibe un input audiovisual, lo procesa como un ordenador y devuelve un análisis de los riesgos, casi un mapa de territorio. Es un partido de tenis, ¿lo veis? Recibo la película y os la devuelvo masticada, con un bote flojo a media pista para que la rematéis. La película se disuelve en mis palabras envueltas en terrorífica banalidad. Pienso, en medio de toda esa densa y caótica masa reflexiva, en Yasujiro Ozu. Quizá su forma de hacer cine me devuelva alguna clave sobre cómo puede ser acaso posible construir una crítica que no muera de inanición antes de su propia constitución física. Me voy detrás, debajo de la piel de las palabras, y empiezo a pensar en por qué la crítica no debe focalizar sus vanos esfuerzos en argumentar el por qué de su validez racional; en por qué el estudio del lenguaje escrito por parte del crítico deba llevarse a cabo no a través del virtuosismo léxico-gramatical, sino atendiendo al latido. Lo veo a lo lejos, como un objetivo lejano: quiero conseguir que mi crítica comprenda el latido de la película de la que habla. No necesitaré, una vez logrado eso, convencer a nadie de nada más.

En Buenos días, una de las últimas comedias dirigidas por Ozu antes de desaparecer, se lleva a cabo un minucioso estudio subtextual sobre el impacto del lenguaje en las relaciones humanas. Un hombre está enamorado de una joven, pero, al hablar con ella, no logra sustraerse a sí mismo de la banalidad. Sólo es capaz de hablar del tiempo. Ozu resuelve su conflicto en un gesto de fabulosa genialidad. Ambos se encuentran en la estación de tren y él, acercándose a ella, dice: «parece que hoy va a hacer un buen día». La mira y ella le devuelve la mirada, contestándole, con complicidad: «sí, parece que va a hacer un buen día». ¿Qué es hablar de cosas importantes? ¿Acaso, en lo lingüístico, no es más importante lo escondido que lo visible? ¿Acaso no ocurre lo mismo en el cine?

Pienso en cómo conseguiría Ozu no caer jamás en la costumbre, o hacer de ella un mecanismo de perpetuación de lo sublime. No sé si él llegó a enfrentarse a alguna de sus películas de la forma en que yo me he sentido últimamente, al tratar de escribir crítica cinematográfica y toparme con mi propio vacío textual. Si lo hizo, lo cierto es que yo no alcanzo a notarlo. Desconozco si puede ser posible el hecho humano de desacostumbrarse de algo. Empiezo a pensar que lo que quizá sí se pueda hacer sea domar a la costumbre o convertirla en una aliada. Ya estoy harto del bombardeo: quiero ser una mano que acaricia bajo la lluvia.

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Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

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