La cuna acuática de la creación

El amor no es suficiente.
El amor no basta para salvar a la persona que amas.

Primera parte. Los pretextos.

La cámara de Pedro Almodóvar sale del agua de una piscina vacía. Poco después emerge de entre las aguas calmadas el rostro de Salvador Mallo, que es el rostro de Antonio Banderas. Su mirada está vacía. El arco empieza a dibujarse desde una posición virginal, a través de un bautismo fílmico, el de Dolor y gloria, que camina de manera paralela al renacer de su protagonista.

Salvador Mallo es un cineasta en crisis. Tras una larga y exitosa trayectoria, una serie de problemas físicos y de diatribas emocionales lo colocan en una posición de incapacidad. Es lícito, en este punto, plantearse por primera vez la cuestión del espejo autor-protagonista. Los medios de comunicación elucubran sobre el grado de similitud existente entre el propio Almodóvar y el personaje que ha escrito. No sé si esa información puede llegar a ser relevante en algún caso. Posiblemente no.

La infancia es luminosa en ‘Dolor y gloria’.

Sin artificios de transición, el cineasta manchego dispone rápido su mecanismo narrativo: su película se desplaza a la infancia de Mallo incluso antes de que el espectador pueda comprender la utilidad de este retroceso hacia el origen de los afectos. Si la piscina estaba dominada por una parca edición de sonido y una fotografía granulada y lúgubre, la primera escena infantil se ve atravesada por una luz veraniega. En ella, una serie de mujeres —entre las cuales está Penélope Cruz, que interpreta a la madre del protagonista durante su juventud— lavan sábanas en el río mientras el pequeño corretea entre ellas. Una vez más, el agua: si antes se encontraba en parálisis, encajada entre los azulejos de una piscina, ahora corre libre y entre la naturaleza fluvial. Así, la infancia comienza a intuirse como un territorio aún virgen, oscurecido por primera vez cuando el joven Mallo y sus padres se mudan a un nuevo pueblo en el que la mayor parte de sus habitantes viven en cuevas. El doble registro de este espacio —sirve como refugio, también como prisión provisional— empieza a quebrar la escritura emocional de Salvador Mallo.

Segunda parte. El dolor.

De vuelta al presente, Almodóvar presta especial atención a la descripción de los dolores que aquejan a su personaje central. Con este propósito, introduce una plástica secuencia animada que funciona como una geografía de las dolencias, un esquema ágil que sirve como base a partir de la que construir. Lo que el cineasta busca, de hecho, no es hacer saber al espectador cuáles son los problemas que lastran a Mallo, sino hacerlo partícipe de ellos físicamente. La apuesta por lo sensorial es clave en Dolor y gloria, pues es en ese plano en el que suceden la mayor parte de las cosas. Un ejemplo lúcido de este fenómeno es la escena en que un Mallo preadolescente entra en contacto con lo que Almodóvar ha resuelto nombrar el primer deseo. En el momento en que ese deseo aparece, Salvador sufre un golpe de calor y se desmaya. Y es importante que esa atmósfera estancada, seca y veraniega se adhiera al cuerpo del espectador, cubriendo de sudor la espalda de César Vicente, el hombre deseado. Las luces anaranjadas, la suavidad con la que la cámara se mece y la escasa distancia entre cámaras y cuerpos distancian estos fragmentos de la película de aquellos que transcurren en un presente frío, tan inerte como la mirada de Salvador Mallo emergiendo del agua de la piscina.

Así como la percepción de ese deseo es clave para comprender del devenir argumental del film, que lo utiliza siempre como lugar alrededor del que pivota el desconcierto de su protagonista; resulta igualmente importante el traslado de esa fragilidad del Salvador Mallo actual. Así, cada movimiento de Antonio Banderas se esgrime para convencer al espectador de que está ante un hombre maltrecho que, pese a todo, cree fundamental sostener cierta elegancia en sus movimientos. Esta contradicción resume con presteza la situación actual de Mallo. No encuentra las vías respiratorias para librarse del yugo de sus incapacidades físicas; sabe, sin embargo, que debe hacerlo.

Tercera parte. El amor no es suficiente.

Salvador Mallo está solo. Probablemente esa sea, más allá de sus dolencias físicas, la principal cuestión que se interpone entre él y la salud creativa. Tras una juventud artística en la que se erigió como agitador social, la llegada de la madurez provoca que entre en contacto con una soledad de la que, en realidad, nunca ha llegado a disociarse. Este es el principal motivo que Almodóvar esgrime para justificar sus flashbacks, dispuestos con gesto impresionista con la voluntad de repasar las imágenes del pasado de Mallo en busca de un instante de complicidad, de un segundo minúsculo de belleza que otorgue sentido a su existencia.

La cámara de Almodóvar se aproxima a Banderas y Sbaraglia, blindando su intimidad.

Así, Dolor y gloria conforma una narrativa con apariencia de álbum de fotografías en movimiento que atraviesan su infancia, su adolescencia y los últimos meses de vida de su madre, quizá aquellos que sacudieron finalmente su crisis hasta depositarlo en su estado actual. Ese pasado, en algunas ocasiones, no se expresa manifiestamente, sino que es devuelto a un presente que ahora recoge su herencia. Es el caso de los personajes encarnados por Asier Exteandia y Leonardo Sbaraglia, dos hombres pertenecientes al pasado de Mallo —uno en la calidad de actor, otro de amante— que se reencuentran con él a través de dos elementos preexistentes. Su reencuentro con Alberto Crespo —Exteandia— se produce merced a una reposición que la Filmoteca lleva a cabo de la última película que ambos rodaron juntos, 30 años atrás. Por su parte, Marcelo —Sbaraglia— vuelve a su vida por azar, tras encontrarse con un espectáculo teatral en el que Crespo representa un texto de Mallo que describe su relación pasada.

El influjo del pasado es permanente en la narrativa de Dolor y gloria, tanto de manera explícita como incrustada en el presente. Y la reflexión que Mallo rescata de todo este repaso de eventos perdidos en las líneas del tiempo resulta tan bella como dolorosa. ¿Si amamos a las personas que nos rodean, cómo es posible que terminemos perdiéndolas? ¿Si amamos nuestro trabajo, cómo puede la vida guiarnos por territorios en los que ni siquiera éste resulte ya satisfactorio? Salvador Mallo escribe las palabras, Alberto Crespo las recita ante las lágrimas de Marcelo: «El amor no es suficiente. El amor no basta para salvar a la persona que amas«.

Cuarta parte. La gloria.

Las últimas décadas de Pedro Almodóvar han estado tiznadas por un melodramatismo manifiesto, por un apego íntimo hacia la tragedia. Cintas como Hable con ella, Todo sobre mi madre, Los abrazos rotos o Julieta jugaban sus narrativas a la carta de colocar a sus personajes en una situación abismal que nunca llegaban realmente a abandonar. En este sentido, se puede sentenciar que el trabajo reciente del cineasta manchego tenía la constante aspiración de acceder a la verdad a partir de los circuitos del dolor. Abocando a sus personajes a la perdición, Almodóvar justificaba un posicionamiento radical en lo que se refiere a la emoción, propulsado por una plasticidad formal que hacía a sus imágenes vibrar de intensidad. En Dolor y gloria, el conflicto del personaje central está mucho más apagado. De hecho, los eventos aparentemente dramáticos suceden en su día a día sin apenas impacto —el consumo de drogas, la sospecha de un cáncer de garganta—. Una vez más, el rostro inerte de Antonio Banderas emergiendo entre las aguas.

En su última película, Almodóvar plantea el renacer de su protagonista a partir de un mecanismo mucho menos dramatizado: la memoria. La gloria aquí está en los recuerdos. Dentro de ese álbum de fotografías mencionado, Salvador Mallo accede a los instantes de belleza que conformaron, en última instancia, su personalidad emocional. Es a través de ellos —no de la droga, no del desamor, no de la enfermedad— como el arte regresa a su vida, con gesto azaroso e inesperado, después de que Alberto Crespo encontrase el texto sobre su relación con Marcelo en su ordenador y se decidiese a llevarlo al teatro. Almodóvar reivindica aquí la función del arte como liberador de espacios públicos de discusión, y despeja la cuestión de si la escritura podría ser una suerte de ejercicio catártico individual. La catarsis llega a Mallo no por la escritura de ese texto, sino por la recuperación del pasado que acarrea su representación en escena, después de que Marcelo asista y se decida a reencontrarse con él décadas después.

Pensemos un poco sobre las imágenes como conformadoras de nuestra memoria, como torrentes de agua capaces de lavar las ideas estancadas, pausadas por la incapacidad física de avanzar. Es aquí donde, en opinión de este periodista, reside la carne de Dolor y gloria. No sé si la película habla sobre la vida de Pedro Almodóvar. Lo que sí sé es que habla del cine como mística, como ejercicio de captura del instante inasible. Como forma de retener el primer deseo, de preservar el amor. Del cine como salvación ante el olvido; el cine como gloria eterna.

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Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

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