La historia escondida tras la historia

Unas estatuas sin rostro, en lo alto de una colina. Esculpidas en piedra, inmóviles, unas figuras de contorno humano contemplan la caída del sol. Las ilumina una luz amortajada, un crepúsculo sostenido en el tiempo. La cámara se aproxima a su superficie y se detiene en las perforaciones de bala que las recorren. Dichas esculturas funcionan como engranaje narrativo y símbolo de identidad del documental El silencio de otros, de Almudena Carracedo y Robert Bahar —directores de Made in L.A.—. Y hay algo en ellas de soberbia resistencia. Heridas, atravesadas, continúan erguidas sobre el perfil del cielo, aun pese a tener el rostro vacío y la expresión encogida por el miedo.

Alrededor de las estatuas, El silencio de otros acerca al espectador a la intimidad de una serie de personas que tienen algo en común: todas ellas son víctimas del franquismo. Jóvenes torturados por las fuerzas policiales en los últimos años de la dictadura, mujeres a las que robaron a sus hijos recién nacidos, hijos e hijas que todavía desconocen el paradero de los huesos de sus padres fusilados. Con María, una de estas últimas, arranca el documental. Despacio, con el peso de nueve décadas sobre sus espaldas, camina apoyada en su bastón por el perfil de una carretera. Se aproxima a una cuneta, se sienta. Carracedo y Bahar prestan especial atención a lo desencajado de su mirada, a esa tristeza integrada en la percepción del mundo de una persona que porta consigo toda una vida de desconocimiento. De no saber. De haber sido obligada a olvidar.

Ese es el corazón de la tesis de El silencio de otros, una película que funciona como una paradoja en sí misma: tiene su objetivo perfectamente claro y apunta a él desde el primer momento; sin embargo, lo que su objetivo busca es precisamente lo contrario a la concreción. Es abrir, airear, pensar. Y es que afrontar un proyecto sobre la memoria histórica del franquismo puede parecer, a priori, acometer un asunto de carácter fundamentalmente político; acostumbrados como estamos a que este tipo de cuestiones se sean siempre tratadas desde esa única perspectiva. Pero a Almudena Carracedo y Robert Bahar no les interesa en absoluto el aspecto teórico-político de la memoria histórica. A ellos les interesan las víctimas. Les interesan las personas.

Está claro que El silencio de otros es un documental político —por su naturaleza, sencillamente—, pero lo que destaca sobre todo en él es su viva bondad, su contagiosa y limpísima humanidad

Así que, como decíamos, el documental se mete rápidamente bajo la piel de esos individuos que soportan que se externalice día tras día una pelea que ellos llevan a cabo en la sombra; que se burocratice su dolor. Y el retrato parte de lo rutinario, de la inmersión rotunda en el día a día de estas personas, que viven indisociablemente vinculados a las heridas de su pasado. La técnica documental de Carracedo y Bahar encuentra el camino pavimentado hacia el éxito en esa búsqueda de lo real, en esa deconstrucción de las capas que recubren el constructo social en el que estamos incrustados. El silencio de otros busca el corazón de las personas que transitan su narración, pero lo busca limpio, sin aditivos. Y de ese modo acaba accediendo también al alma del que observa, desde fuera. Porque esa es una fórmula inagotable: ante la visión del dolor sincero, nuestra condición última de humanos hace que la empatía mane con fuerza. Y a nosotros también nos duele.

Así que la lucidez discursiva del documental —siempre reflexivo y nunca adscrito a la doctrina, pensando desde lo humano y llevando las cosas a un punto en el que su didactismo resulta enriquecedor y no invasivo— se ve complementada por un despliegue audiovisual sólido, capaz de conjugar la limpieza y luminosidad de la lucha externa, de la pelea de las víctimas por obtener justicia, con la silenciosa y solitaria intimidad de los personajes en su mundo privado y el azulado lirismo de esas escenas protagonizadas por las estatuas, que sirven como vía respiratoria para el film y también como perfilado metafórico y poético de su línea argumental. Está claro que El silencio de otros es un documental político —por su naturaleza, sencillamente—, pero lo que destaca sobre todo en él es su viva bondad, su contagiosa y limpísima humanidad. Es la sencilla historia de algunas personas buenas que sólo quieren recuperar su pasado.

Esa resituación de un debate tan manido, esa recolocación de las prioridades, es algo que debemos agradecer con calidez a Almudena Carracedo y Robert Bahar, dos documentalistas aguerridos que han dedicado nada menos que 8 años a este proyecto colmado de cariño. En el trayecto, algunos de los protagonistas —María, entre ellos— han fallecido sin haber visto cumplidas sus plegarias. Otros, sin embargo, empiezan a conseguirlo. Y a nosotros, como espectadores —¡como ciudadanos!—, la historia se nos abre un poquito más. El sol que rodea a las estatuas perforadas se frena en seco en su caída y arranca un ligero ascenso. Y un poquito de luz empieza a filtrarse por los ventanales.

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Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

2 comentarios sobre “La historia escondida tras la historia

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    el abril 4, 2019 a las 10:18 pm
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    ¿Pueden decir donde están esas esculturas y quien las hizo?

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      el abril 8, 2019 a las 6:33 pm
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      ¡Claro, Andrea!

      Las esculturas están en el conocido como ‘El mirador de la memoria’, en la localidad de El Torno (Cáceres), en el Valle del Jerte. Son obra del escultor Francisco Cedenilla, y se inauguraron en el año 2009.

      ¡Un abrazo y gracias por leernos!

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