La perpetua fábula de la inocencia

El arte es, en esencia, dos cosas: intención y ejecución. Es curioso cómo la maestría de la segunda es capaz de paliar los defectos de la primera. Una obra de arte ejecutada con cuidado es siempre estimable, pues en el propio acto de su concepción existe un elemento artesano imposible de ignorar. Me aventuro a afirmar que han existido obras de alto calibre con un reducidísimo espectro de intenciones: puede incluso que podamos encontrar alguna otra que no las tenga en absoluto. Si la situación se da al revés, la cosa cambia. Una idea buena pobremente ejecutada automáticamente se desmerece a sí misma, como diciéndose, igual que los amantes antes de una separación, aquello de cómo hemos podido dejar que un amor tan bonito se acabase así. Veo Miau, de Ignacio Estaregui, y pienso en esos amantes.

Decía José Luis Gil en el preestreno de la película que, la primera vez que la vio, se emocionó porque notaba que tras ella había una manufactura especialmente cariñosa. Especialmente tierna. Quizá demasiado, diría yo. Porque está claro que Miau es consciente de sus objetivos: busca generar empatía en un espectador de edad avanzada, también despertar ternura por reconocimiento de los entornos afectivos en el resto de los asistentes a su proyección. Para ello, Estaregui opta por una puesta en escena que resulta ser de lo más eficaz: con una reluciente textura digital y una vivísima paleta cromáticaMiau se convierte rápido en un artefacto narrativo mucho más interesado en exprimir su idea central que en articularse con coherencia.

Esa idea central es sencilla: la película habla de cómo, incluso en edades de jubilación, el ser humano puede encontrar el relieve de vivir en la aventura, en el despegue de las paredes habituales, en la ruptura con los miedos y rutinas. Así, el protagonista del film, un Telmo interpretado por el propio José Luis Gil, se embarca en una serie de propósitos después de reencontrarse, de forma inesperada, con dos viejos amigos de juventud: Monreal (Manuel Manquiña) y Eladia (Luisa Gavasa). El guion, adaptación al cine del libro Hilo musical para una piscifactoría, de Juan Luis Saldaña, está interesado en su funcionamiento por acumulación: Estaregui propone y no resuelve, pero parece comprender que esa sensación de bruta inocencia, de antigua camaradería, puede bloquear la propia incoherencia interna de un despliegue argumental en el que las múltiples peripecias propuestas acaban mezclándose entre sí de forma algo violenta.

Miau busca de imprimir un escolar lirismo a una historia que se siente mucho más cómoda cuando se aproxima al gag y confía en el carisma de su cuarteto interpretativo

También en el preestreno de la película, el productor zaragozano Jaime García Machín invitaba al público a enfrentarse a Miau en modo ternura, y uno adquirió rápido la sensación de partirse por la mitad, pues, si el arte es intención y ejecución, yo —y toda la humanidad, intuyo— resulto ser una curiosa mezcla de raciocinio y emoción. Así que me obligué a mí mismo a liberarme lo máximo posible de la primera en busca de potenciar el segundo receptor de estímulos. Imagino que, para mí, esa resulta ser la única forma de activar el modo ternura de forma preconcebida, sin que una obra de arte, por su propio peso, consiga despertarlo en mi interior.

Estoy convencido de que Miau es una película entrañable, limpia y correctamente ejecutada en lo formal, y aún así vive en mí la sensación de enfrentarme a un producto que, antes de nada, quiere convencerme con todas las armas a su disposición de su poder emotivo. Así, la cinta recurre de forma constante a una voz en off grave y solemne, que colabora con su palpitante intención de imprimir un escolar lirismo a una historia que, por sus propias características internas, se siente mucho más cómoda cuando se aproxima al gag y confía en el carisma de su cuarteto interpretativo —completado nada menos que por Álvaro de Luna—.

Así que uno abandona el visionado de Miau con la sensación de haber asistido a un ejercicio cinematográfico que trata de explicarte, con didactismo y un constante juego entre el humor y la sencilla emotividad, que la vida no es más que una cosa que merece ser exprimida con vehemencia. Su dramatismo final está tan estratégicamente ubicado que redondea la esfera: hay mucho de buena publicidad en Miau, quizá no tanto de buen cine. Pero una vez más, regresamos al principio: intención y ejecución. Cabe plantearse si el objetivo de Ignacio Erastegui no sería otro que el de crear aquello que venimos de describir. En ese caso, el trabajo está hecho.

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Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

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