La sonrisa orquestada

Los datos de taquilla son una certeza inapelable. El cine de superhéroes es una bala que todo lo perfora, un artefacto indomable que se expande cada vez más. España no es una excepción en este sentido: Infinity War continúa siendo —y será— la película con mayor recaudación en nuestras salas en todo lo que va de año, y los eficacísimos resultados de Black Panther Deadpool certifican una situación que ya se ha convertido en tendencia normalizada en todo el mundo occidental, en buena medida gracias al despegue salvaje de Marvel y sus Vengadores. Disney, compañía encargada de la producción y distribución mundial de esta avariciosa saga —que ya acumula 18 entregas, y las que vendrán—, ha jugado su carta española de forma inteligente. Y así llega nuestra versión patria del superhéroe americano: Superlópez.

Para llevar a cabo este proyecto, se han entregado las riendas del mismo a Javier Ruiz Caldera, un cineasta que ya probó su efectividad en la dirección de una adaptación del tebeo como fue Anacleto, agente secreto. Uno ha aprendido a convivir, dado que resultaría insoportable no haberlo hecho, con aquella clase de cine que se origina no en la pretensión de generar discurso y búsqueda artística, sino desde la voluntad de engrasar la enorme maquinaria que constituye una industria como esta, tan inevitablemente marcada por el papel de la financiación, tan desigual, tan partida. Superlópez pertenece, sin lugar posible para el titubeo, a este segundo grupo. Así que, para un correcto análisis del film, cabe dibujar con precisión su marco; ser conscientes de que se dirige a aquel público que concibe el cine como un espacio social de divertimento y no como un lugar en el que expandirse. Y está perfectamente bien, porque ya bastante complicada es la vida como para que cada uno no pueda ir al cine con la intención que le dé la gana.

Partiendo de la premisa de que Superlópez es un proyecto generado con propósito meramente industrial, es preciso admitir que —a diferencia de muchos otros llevados a cabo con pesarosa desmotivación— se trata de un film cuidado, ejecutado con cierta elegancia formal y del que no cuesta nada disfrutar. Aproximándose a la tesitura tonal de los clásicos tebeos de Jan —aunque con una ligera rebaja en el matiz esperpéntico que predominaba en aquellos—, la película de Javier Ruiz Caldera se ubica rápidamente en el humor sencillo, apegado a la emotividad más limpia y la comedia blanca. En ese territorio, Dani Rovira —encargado de encarnar al superhéroe protagonista— se mueve con solvente comodidad, como ya hiciera en la exitosa Ocho apellidos vascos.

Los puntos climáticos de la cinta están, como todo lo demás, matemáticamente medidos y ejecutados con precisión por la mano de un Javier Ruiz Caldera que empieza a elevarse como uno de los cineastas más eficaces en la dirección de superproducciones españolas

Además, Disney ha apostado por repetir la fórmula que ya funcionó en aquella comedia territorial, en la que el protagonismo de Rovira encajaba a la perfección con el libreto firmado por Borja Cobeaga y Diego San José. Ambos guionistas repiten al frente de Superlópez, y Javier Ruiz Caldera sabe otorgar lucidez formal —aunque siempre inexpresiva, pues la película nunca tiene ningún interés en hallar subtexto en la puesta en escena, el montaje o la dirección de fotografía— a su escritura. Conociendo el trabajo independiente de Cobeaga y San José —a su reciente Fe de etarras nos remitimos—, podemos comprobar como su grado de acidez potencial ha sido, igual que ocurre con los tebeos de Jan, relativamente infantilizado por la idea de película que Disney se traía entre manos, decidida a abarcar una cantidad de público mucho mayor, incluyendo a los más pequeños.

Superlópez es una película, insisto, muy correcta en prácticamente todos sus ámbitos. Como producto de entretenimiento funciona como un reloj: el ritmo de su montaje es ágil, el perfilado de sus personajes está bien trabajado y el desarrollo argumental es coherente. No hay nada en ella que resulte especialmente criticable, más allá de la simpatía que en cada espectador pueda generar esa comedia algo inane y falta de garra. Los puntos climáticos de la cinta están, como todo lo demás, matemáticamente medidos y ejecutados con precisión por la mano de un Javier Ruiz Caldera que empieza a elevarse como uno de los cineastas más eficaces en la dirección de superproducciones españolas. Y es que, aunque suene extraño emplear esa expresión, Superlópez lo es. Disney ha apostado y el resultado técnico lo agradece: no sé cuándo podremos volver a hablar de una película nacional empleando la frase los efectos visuales están bien integrados en la narrativa cinematográfica y son de una calidad pocas veces vista en la filmografía española.

Así que la evidente crítica que se puede hacer a Superlópez no es, en realidad, una crítica dirigida a la película como hecho cinematográfico, sino a su propuesta de base, que denota la invasiva capacidad de las majors para intervenir en el espacio que una sociedad abre al cine a su gusto; que ratifica nuestra debilidad por los McDonald’s, los Starbucks, los Fnacs, Inditex y la poesía de baratillo. Que certifica que, si somos sinceros con nosotros mismos, descubriremos que quizá pensar no nos guste mucho. Y llegamos a casa sintiéndonos algo culpables por el disfrute, pero quizá el problema no sea que vayamos a comer al McDonald’s una vez, sino que lo hagamos todos los días. Quizá el problema no sea que veamos Superlópez, sino que no vayamos a ver las películas para las que reclamamos un mayor espacio. Porque, sin nosotros, están perdidas.

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Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

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