Lluís Escartín: «Intento montar imágenes como si estuviera soñando»

En el cine de Lluís Escartín, los elementos flotan sobre las imágenes como si perteneciesen a un lugar compartido, a un punto de encuentro en el que el cosmos se pliega en un abrazo suave. Su uso del sonido y del montaje es fundamental para comprender todo este dispositivo cuyo objetivo último es generar un estado de confusión; después de claridad onírica. En Hasta que las nubes nos unan, este explorador de las imágenes da continuidad a su imaginario distante, guardado sin embargo en algún lugar de su intimidad; también de la nuestra. 

«En el año 2017 falleció el pintor Pedro Solveira, al que me unía una relación de amistad. Otros dos amigos míos se suicidaron ese mismo año. Esa cadena de acontecimientos me despertó cuestiones existenciales que fueron el germen de Hasta que las nubes nos unan«. Las palabras son, claro, del propio Lluís Escartín. Aquí tenemos el punto de partida, la semilla: el proceso creativo se inicia en los contornos, en los acontecimientos que se escapan del control del artista. Él asume su dolor y lo transforma: hace cine para hablar con sus muertosHasta que las nubes nos unan se erige, pues, como una grieta comunicativa entre los vivos y los muertos; una ruptura de las distancias, un conato fantasmal de ruptura. Para esas cosas —y algunas otras—, el cine va latiendo.

El otro punto de partida del documental, quizá el más palpable a primera vista, es la mirada comparativa entre dos territorios: Guardiola, el pueblo en que Lluís Escartín vive en el rural catalán; y Diola, un poblado senegalés del que pasó a formar parte durante un periodo de tiempo. La diferencia fundamental entre ambos lugares está en el color: «Hace 20 años, en Guardiola se cantaba. Ahora ya no se canta. Sin embargo, en el pueblo tenemos unos trabajadores africanos con los que nos entendemos muy bien. Hacemos básicamente lo mismo que ellos: trabajar la tierra y cazar, que es algo que en la ciudad ha empezado a verse con recelo, como algo horrible. Sin embargo, este sólo ha sido el inicio de esta aventura: a través de ella he llegado a sitios que no pretendía alcanzar. Al final, más que sobre cantar y no cantar, el documental ha acabado tratando sobre la vida y la muerte«.

En esa superposición de procesos creativos, la manera de trabajar de Lluís Escartín ha ido escarbando, pues, en su idea original —que surgió «por casualidad, hablando con una amiga sobre antiguos proyectos rodados en África»—, hasta llevarla al terreno de aquello que el cineasta necesitaba contar en este momento de su trayectoria cinematográfica y biográfica. «Está claro que Hasta que las nubes nos unan es una celebración de la muerte, pero también de la vida —o quizá lo sea precisamente por eso—. Son dos conceptos que, en África, están íntimamente relacionados; aquí no se da ese caso. La iglesia católica y el monoteísmo han secuestrado nuestros sentimientos al respecto. Cuando tenía medio documental ya montado, fui a enseñarlo a Senegal con algo de miedo, dado que había montado juntas las imágenes de un jabalí muriendo aquí con otras del funeral de una señora allí. Pensé que podría resultar ofensivo para ellos. Al contrario: les pareció muy bien, dado que para ellos la sacralización de un animal y la de una persona están prácticamente al mismo nivel«. 

Esa búsqueda intuitiva de la expresividad de la imagen —a través del montaje, de la superposición de sonidos, de los movimientos de cámara— atraviesa por completo la carrera de Lluís Escartín, poblada por cortometrajes como Mohave CruisingAmanar TamasheqTerra incognitaTexas Sunrise en los que circula por los márgenes, buscando acceder a la esencia espiritual de las cosas a través de lo filmado. Su trayectoria se remonta a su veintena, a unos años 80 en los que se amamantó del circuito subterráneo de filmmakers neoyorquinos encabezado por Jonas Mekas.

«Comencé con 20 años como ayudante de Mekas. En aquel momento, nadie quería trabajar con él. Pusieron un anuncio buscando ayudantes y fui el único que se presentó. Eran finales de los 80, Jonas Mekas tenía muy poco dinero y yo tenía pasión por aprender, pero no podía pagarme ninguna escuela. Me introduje de lleno en la experimentación más desenfadada. Aquí, en Europa, se vivía un ambiente más intelectual y académico; allí las cosas eran más irracionales. Esta manera de trabajar en base a la intuición —tanto a la hora de filmar como en la mesa de montaje— no la aprendí sólo de Mekas, sino de todo un grupo de filmmakers que, en esa época, trabajaron mucho en 16 mm. Eran películas que no se hacían para gustar. A mí siempre me ha pasado eso. Haciendo Hasta que las nubes nos unan pensaba en mi amigo Pedro Solveira, no en el público».

Ese es, pues, el lugar desde el que filma Lluís Escartín. Un lugar esencial, despojado del influjo de los vientos de la industria. Profundiza más: «Mi manera de trabajar es un poco ingenua, pero eso no quiere decir que no sea seria. Es ingenua porque nunca tengo un objetivo claro, sino que busco algo difuso que no puedo definir con palabras: si lo hiciese, lo banalizaría. Intento montar las imágenes como si estuviese soñando. Cuando uno sueña, asocia imágenes y no sabe bien por qué. Lo hace tu subconsciente, no tienes acceso a él: de este modo, sueñas cosas que no tienen una explicación fácil. Entonces, en la mesa de montaje, trato de acercarme a esa manera de relacionarme con las imágenes. Obviamente, no puedo trabajar con el subconsciente, pero intento aproximarme a él lo máximo posible».

Dada su forma de aproximarse al objeto fílmico, su relación con la industria cinematográfica no ha sido tradicionalmente prolífica. Premiado por su trayectoria en el año 2016 por el Festival Márgenes, se muestra sorprendido ante la recepción aperturista hacia Hasta que las nubes nos unan que está mostrando un circuito más o menos convencional de festivales. «Cuando la acabé y empezamos a presentarla, me sorprendió que la seleccionasen para la sección oficial en Málaga y también para Documenta. A dos programadores de Berlín les había gustado mucho, pero a la directora de arte no le gustó y acabaron por no seleccionarla. Por un lado, es algo bueno el hecho de que no se parezca a otras películas en términos narrativos y estilísticos; por otro, plantea obvias dificultades. Los programadores que la han visto varias veces coinciden en que, cada vez que la ven, les gusta más».

El estilo de Lluís Escartín es exigente, pero el acceso a su universo es una cuestión de tiempo: con el paso de los minutos, la agresividad con la que su ritmo percute desde el principio se va ajustando a las dimensiones de la realidad del espectador, imbuido por la espiral generada por las imágenes. «En general, nunca soy consciente de nada de lo que hago. Me dejo guiar por una intuición primaria, un gesto. Me apasiona romper con lo establecido, aunque de una manera cariñosa; me gusta darle la vuelta a las cosas. ¿Por qué tienen que ser de una manera determinada? ¿Por qué debe predominar un tipo de narración concreta? En ocasiones, compañeros de Barcelona me piden que vea sus películas y me encuentro con cosas hechas pensando en lo que va a gustarle al público, a sus estándares. Me parece respetable, pero yo soy incapaz de hacer eso. Gaudí decía que la cosa más original es trabajar con los orígenes. Es una cuestión epistemológica: tratar de quitar todas las capas. Es complicado pero factible; aunque es cierto que requiere un aislamiento, un esfuerzo, un tiempo y un estado mental concretos. En cualquier caso, para mí nada de eso resulta un sacrificio especial. El sacrificio sería el contrario: ajustarme a una manera de vivir, la del mundo contemporáneo, que encuentro inhumana en muchos aspectos». 

Esa ruptura con la tendencia hacia la frialdad de la sociedad occidental contemporánea —la nieve que invade Guardiola, que apaga los cantos— es otro de los temas centrales de Hasta que las nubes nos unan. «Creo que los avances tecnológicos y el confort tienen mucho que ver con esto. Es lo que dice la base del taoísmo: cada ganancia comporta una pérdida. Todos esos avances implican una ganancia material y un retroceso espiritual, como apuntaba Luis Buñuel. La modernidad, además, ha afectado profundamente a la vida de campo. Ha hecho que se pierdan grandes volúmenes de dignidad humana y contacto directo con la naturaleza. Cuando explicaba en África que la causa más importante de muerte en nuestro país es el suicidio, no se lo creían: ya no sólo porque no conciban que alguien pueda renunciar al hecho de vivir; sino porque, desde su perspectiva, la vida aquí tiene que ser mucho mejor«.

El impacto de esa modernidad sobre Guardiola no se ve reflejado en Diola, el poblado senegalés que Escartín filma con vivacidad. Sin embargo, ambos territorios acaban por confundirse al ser llevados a sus últimos términos, a la esencia rural que late debajo de esas pantallas: «Tenía ganas de filmar, con crudeza pero sin morbo, los efectos de que nuestra vida tenga que depender de lo que nos ofrece nuestro entorno: ya sea de los animales que nos comemos o de los minerales que extraemos. Otra de las cosas que me encuentro en la gente de la ciudad es un rechazo a cuestiones como la caza, fundamentales en la vida rural. Al final, la vida y el bienestar dependen de cosas crudas y duras que escondemos porque no nos resultan agradables. Se ha banalizado y blanqueado la imagen proyectada, en ese sentido. En los pueblos convivimos de forma directa con este hilo de supervivencia. Al filmar desde la esencia, todavía acabo encontrando planos de los que desconozco la procedencia: no sé si los he filmado en Guardiola o en Diola; en España o en Senegal«.

Este distanciamiento respecto a la realidad física está generando, en palabras de Lluís Escartín, una incertidumbre globalizada que afecta particularmente a las generaciones que ya crecen en este contexto. Una juventud que sale al mundo con miedo al futuro. «La vida no está hecha para esto«, señala.

Cierro aquí el diálogo. Dejo hablar a Lluís Escartín, con Hasta que las nubes nos unan como bandera. Casi un manifiesto: 

«La vida, en muchos aspectos, se ha hecho más fácil a costa de ser mucho más claustrofóbica. Yo no quiero comparar mi pueblo con la vida de mis amigos de África, dado que aquí siento una especie de confort familiar —están mi familia, mis amigos…—, pero lo cierto es que allí siento una comodidad espiritual diferente. Una libertad que creo fundamental para un ser humano. Leí a D.H. Lawrence decir que, cuando exterminamos a las tribus primitivas, exterminamos también parte de la magia que nos conecta con la vida. Esa magia proporciona una especie de hiperrelación con la realidad: no es un realismo mágico, es una magia real. Te conecta con tu comunidad y con tu entorno. Un día, después de rodar en África y ya de vuelta en mi pueblo, en Catalunya, soñé con un amigo africano. Nunca había soñado con él antes. Al cabo de unas horas se presentó aquí. Le dije lo que había pasado, y su respuesta fue de indiferencia. Me dijo que le parecía algo normal. Estas cosas, aunque parezcan idealizaciones locas, son cotidianas allí. Este tipo de energías, esta hiperconexión con la realidad: allí existen; aquí las hemos perdido. ¿Por qué? Supongo que hay muchísimos motivos que lo explican: habría que ir desde el poder de la iglesia en el pasado al avance de la tecnología en el presente».

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Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

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