Los Goya en corto: ‘El niño que quería volar’ (XII)

Desde su presente flotante, Jorge Muriel contempla toda su vida. Se proyecta hacia el futuro a través de las generaciones que lo han precedido en Zumo de limón; se detiene frente al espejo y su pasado latente en El jardín de las delicias. En el que es el cierre a la trilogía que lo ha construido en su transición de la interpretación a la dirección, Jorge Muriel conversa con sus memorias infantiles. Toda esa conversación se traza por el aire, a través de la colorida mirada de El niño que quería volar. Con el ánimo de deconstruir su propia mirada hasta encontrar el punto último de la inocencia, este cortometraje de ficción nominado al Goya vive en un estado de profunda embriaguez: todo en él es ensueño, quizá porque ser un niño tiene mucho de ensoñación.

—Lo que he hecho ha sido una constelación familiar en toda regla —Jorge Muriel toma las riendas.

En todas las historias existe siempre un punto en que lo verde comienza a germinar. En el caso de Jorge Muriel, el quiebre que lo llevó a lanzarse definitivamente hacia su vocación como cineasta se produjo en dos ejes simultáneos, ambos biográficos. Por un lado, su carrera como actor se topó con un instante de recesión. Por otro, se produjo el fallecimiento de su abuelo. Con su vida revuelta, este director madrileño decidió tomar el lado opuesto de la cámara y contar una historia de distancias familiares en torno a la figura de su propia abuela. Fue ahí cuando Zumo de limón fructificó. “En todas mis películas mezclo mi vida con un elemento social, ya que considero que el cine tiene un elemento muy humanista. En Zumo de limón buscaba aproximarme al abandono a los ancianos. En El jardín de las delicias quise afrontar la cuestión de la soledad de un individuo dentro de un entorno comunitario. Ahora, en este último proyecto, el epicentro temático es la escasa conciencia que percibo respecto a la educación de los niños. Sobre la falta de foco que existe sobre el daño que podemos infringir a los pequeños, muchas veces sin ser conscientes de ello. Sobre lo difícil que es ser niño, y también ser padre”.

Fotograma de ‘El niño que quería volar’.

Este elemento empático está destilado con suavidad sobre todos sus cortometrajes, aunque quizá aplicado con mayor cuidado en el caso de El niño que quería volar, dado su punto de vista de corte más infantil y fantástico. “Creo que lo importante es atreverse a ver al otro como lo que realmente es. A la humanidad podría salvarla el ejercicio de una comunicación honesta. Por ejemplo: no nos educan para vernos los unos a los otros ni para mostrarnos, sino para competir. Todo eso lleva a generar barreras automáticas entre nosotros y dentro de los propios ecosistemas domésticos, dado que la familia es, en cierta manera, el microcosmos que refleja el macrocosmos exterior. Muchas veces, el entorno familiar es el que más reprime, el que te impide ser tú de una manera más marcada”.

Volvamos un segundo atrás. En 2010, Jorge Muriel saltó de la interpretación a la dirección de la mano de Zumo de limón. Desde entonces han trascurrido casi diez años y tres cortometrajes que le han servido como campo de aprendizaje y enriquecimiento constante. “Creo que lo bonito de dirigir es que tienes la oportunidad de orquestar algo conjunto al lado de una serie de personas comprometidas para contar algo tuyo. Como procedo de la actuación, también busco dejar espacio a los actores para que brote el artista que late en ellos, no quiero que el actor sea una simple marioneta del director sino que exista un diálogo, un beneficio recíproco que tiene su raíz en la existencia de diferentes puntos de vista dentro de un mismo equipo. Tras todo ello hay una especie de idea de totalidad, una idea de grupo perfectamente alineado en persecución de unos objetivos comunes… eso es lo que busco”.

Entre Zumo de limón y El niño que quería volar también hay un salto formal que, además de estar influido por la experiencia adquirida a lo largo de todos estos años de trabajo, también tiene mucho que ver con la coherencia estético-discursiva de ambos cortometrajes. “El tono y los cromatismos de Zumo de limón tenían mucha relación con la forma en que la abuela veía ese tramo final de su propia vida. Creo que en El niño que quería volar existe una luminosidad y una viveza intrínsecas al punto de vista de un niño, pese a ser consciente de la dureza que subyace del discurso de la película. Pese a que haya un elemento estético de corte realista, mi intención en este último cortometraje era la de plantearlo como una suerte de cuento, de fábula. Eso se ve muy claro en el cierre: si me hubiese agarrado a ese punto de vista realista, el niño terminaría saltando del edificio ante la incomprensión que sufre por parte de su padre. Sin embargo, yo no quería contar eso. Quería contar una historia sobre un niño cuyo único propósito es que lo abracen. Y en cierto modo, aunque de manera algo mágica, me interesaba dejar claro que el niño, al subirse a la terraza, tiene la certeza de que su padre va a acudir en su salvación”.

Fotograma de ‘El niño que quería volar’.

El doble juego de espejos de El niño que quería volar:

Primer espejo: “La película se abre con la gata mirando a cámara y se cierra con el niño mirando a cámara. Lo único que el niño buscaba era ser abrazado del mismo modo en que esa gata abrazaba a su gatito al principio del corto”.

Segundo espejo: “El propio padre es un reflejo del hijo. Al final parece que, por primera vez, el niño está por encima del padre. Es él quien lo abraza, quien rompe la pared entre ellos. Y eso me lleva a reflexionar sobre que el padre, en el fondo, es tan niño como su propio hijo”.

El quiebro emocional del personaje del padre —interpretado por el propio Jorge Muriel— alza otro de los telones temáticos del film: el replanteamiento de la masculinidad como constructo profundamente arraigado a nivel sociocultural. Y esa apertura de los ventanales hacia la esperanza. Jorge lo cuenta todo a través de una conversación que sostuvo con su propio padre después de que éste viese el cortometraje.

Su padre preguntó: “¿Tan malo he sido?”

Él contestó: “Al contrario. Gracias a que no has sido así de malo, a que pese a tu educación has sido lo suficientemente flexible conmigo, yo he podido llegar aquí. He podido contar esta historia de reconciliación”.

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Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

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