Los Goya en corto: ‘El olvido’ (X)

Los amaneceres siempre ocurren despacio. El sol asciende con calma, sabiendo que nadie puede evitar que, eventualmente, alcance el centro del cielo. A medida que la luz invade los pueblos, las personas empiezan a desperezarse y a ocupar sus calles. El 25 de mayo de 1938, Alicante amaneció como siempre. Los trabajadores se dedicaron a sus labores; los niños corrieron por las aceras. A media mañana, un estruendo invadió la normalidad. Eran aviones planeando la ciudad. Antes del horror, los niños miraron al cielo y dijeron, felices: “¡Eh, mirad! ¡Aviones!” Más tarde llega El olvido. Xenia Grey y Cristina Vaello han decidido recordar.

Este cortometraje animado, nominado a los Premios Goya, parte precisamente de una cuestión olvidada. José Antonio Saura, su productor, reconoció que ni siquiera él, alicantino de nacimiento, conocía la historia de aquel bombardeo. El estreno de la obra de teatro Mar de almendros, de Juan Luis Mira, sirvió como abono para un territorio que pronto comenzó a florecer. Mientras, Xenia Grey y Cristina Vaello se encontraban en plena promoción de su anterior trabajo, Colores, y la cuestión de El olvido se cruzó con ellas de repente.

Fotograma de ‘El olvido’.

Habla Xenia Grey: “Quisimos hacer algo pequeño, muy reducido y concentrado. Un homenaje para honrar la memoria de las víctimas. Con tres personas en el equipo de animación y Alejandro Saura a los mandos de la BSO resolvimos la creación del equipo. No hizo falta más”.

El retrato que Grey y Vaello hacen de aquella mañana alicantina presta atención a las rutinas antes que a lo puramente dramático. El grueso del cortometraje, de hecho, transcurre a través de un dispositivo naturalista que retrata los afables quehaceres de los habitantes de Alicante en 1938. Todo ello lo explica Xenia Grey con precisión milimétrica: “No quisimos caer en clichés dramáticos, tales como el tratamiento de color que se suele aplicar a este tipo de historias —por ejemplo, hacerlo en blanco y negro o sepia—. Tampoco quisimos caer en la lágrima fácil, sino respetar la memoria de las personas que todavía recuerdan aquella tragedia. Hablando con los supervivientes que aún viven nos encontramos, claro, con muchas discrepancias en torno a los detalles de la historia, dado que todos ellos eran niños entonces. Sin embargo, poniendo en común todas esas historias, pudimos recrear una escena diaria lo más descargada de dramatismo posible. Hay una serie de elementos históricos contrastados —la hora del bombardeo, el tipo de avión que lo llevó a cabo…— que respetamos, pero por lo demás hemos tomado la decisión de abrazar los conceptos de un cortometraje de ficción para, de alguna manera, mostrar cómo era Alicante en aquella época”.

Esas discrepancias encontradas —que en muchas ocasiones sirven de acicate para la generación de leyendas—, aunadas a esa ineludible visión infantil recibida por Xenia Grey y Cristina Vaello, provocó que ambas tomasen la decisión de contar su historia desde la mirada de los niños. “En El olvido, las personas se reúnen en el mercado central porque un bulo anuncia la llegada de una espléndida remesa de sardinas frescas. Esa es una de las leyendas que corren, y creímos que era coherente elegirla para nuestra historia porque, de alguna manera, nos sirve para expresar la inocencia con la que todas esas personas se acercaron aquel día al mercado. Y esa inocencia, esos niños que corretean por las calles, también nos sirvió para recorrer algunas de las localizaciones más emblemáticas de la ciudad: la Iglesia de Santa María, la Plaza de los Luceros, el puerto, el ayuntamiento, el propio mercado central… recreadas a partir de un libro-álbum titulado Alicante en blanco y negro. Algunos de los edificios, que ya no existen, los tuvimos que recrear en plastilina a partir de las fotografías, y los fondos están todos dibujados a mano con acuarela y lápiz“.

Fotograma de ‘El olvido’.

Con las manos. El olvido está hecho con las manos. Su técnica de animación artesanal le proporciona una plasticidad formal distinguida, una elegancia técnica y pictoricista que fluye sin estridencias. “Teniendo en cuenta la animación que trabajan los grandes estudios, la técnica manual puede parecer algo obsoleta, pero para nosotros da muchísimo juego. En primer lugar, te ayuda a trasladarte a la época en la que sucede la historia. A través de la textura que imprimimos a los dibujos y esas líneas redondeadas de los personajes, tan características de los cartoons de los años 30, construimos poco a poco nuestra máquina del tiempo. Ahora mismo, pensamos que la animación tradicional vuelve a estar ganando terreno. Los cuatro cortometrajes nominados a los Goya están hechos de esta manera, y todos coincidimos en que el 3D nos parece demasiado frío en lo expresivo. Es verdad que la animación tradicional es muy costosa en términos de producción, pero muchos profesionales coinciden en que, con frecuencia, los dibujos originales de las películas clásicas de Disney tienen más vida que los propios remakes en acción real que se están llevando a cabo ahora. ¿Cómo es posible?” La magia de la animación, apelativa de los fondos emocionales.

Todo este proceso de regreso a la animación hecha con las manos sirve también para introducir un cambio en los modelos de consumo, un crecimiento en la educación de la mirada del espectador. “Si el espectador está convencido de que el contenido tiene que ser de una manera —en 3D, colorido, violento— y le das otra cosa, está claro que le va a chocar. Quizá a través de los cortometrajes podamos ir lanzándonos a la piscina en ese sentido. En El olvido tratamos, entre otras cosas, de escapar de ese lenguaje visual violento. Hoy en día lo que vemos es violencia, pero violencia muy atractiva. Es muy bonita, está a cámara lenta; nos gusta tanto verla porque está muy estilizada. No nos damos cuenta de que forma una parte tan normal de lo audiovisual que casi casi creemos que es una parte normal de nuestra vida real. Y la muerte no es normal. Una explosión no es normal: es antinatural. Creímos que es mucho más importante mostrar la vida cotidiana, ese día a día, esa belleza de una ciudad en la que unos niños juegan a las canicas mientras las palomas sobrevuelan la Plaza de los Luceros. En vez de enseñar lo devastadora que es la guerra, es mucho más bonito mostrar lo que es la paz”.

Adrián Viéitez

Todas las promesas de mi amor se fueron con 'Cría Cuervos'. Ahora bailo y canto 'La Tarara' alrededor de una pira lorquiana. Si preguntáis por ahí os dirán que soy periodista. Si me lo preguntáis a mí, os diré que no sé muy bien quién soy.

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