Los Goya en corto: ‘El tesoro’ (XIII)

Los piratas entierran sus tesoros como un cineasta en busca de sostener la belleza de un instante irrepetible en un lugar seguro de su memoria. En caso de olvidarse del color de las mañanas, de perderse entre las tierras fangosas del pasado, siempre puede regresar a ese punto germinal. Siempre puede volver al lugar en que, años atrás, enterró el tesoro de su juventud. Y recordar, ante el fulgurante paso de los días, de los años, de los ciclos lunares. Recordar el olor de ese momento feliz, de ese segundo atrapado en un frasco sensorial para toda la eternidad. De El tesoro es de lo que Marisa Lafuente y Néstor del Castillo, nominados al Goya al mejor cortometraje documental, tratan de hablarnos a través de la genealogía familiar de Marisa, que comienza en su padre y termina en su hija, con un elemento axiomático sobre el que todo gira: el árbol. El árbol del que la vida parte; el árbol al que la vida regresa.

Marisa cuenta la historia detrás de El tesoro. Marisa cuenta su historia, repartida en periodos de ahorro —trabajando como periodista— y otros de realización de trabajos audiovisuales —el documental Platicando y la película Rémoras—: “Estaba en Alemania, trabajando alrededor del concepto de los Bosques de la Paz, una serie de bosques-cementerio que existen allí, en los que las personas pueden seleccionar un árbol para ser enterradas bajo él tras sus muertes. Esa idea se me quedó en la cabeza y, durante la realización de un curso de narrativas de ficción, la recuperé para llevar a cabo un proyecto. Tenía que buscar, pues, a una persona en Alemania que estuviese en proceso de seleccionar un árbol en el que ser enterrada. Una tarde se lo conté a mi padre y, para mi sorpresa, me dijo que eso era lo que él quería hacer. Aquella noche me di cuenta de que tenía la historia en casa“.

Fotograma de ‘El tesoro’.

Desde el momento en que Marisa Lafuente decidió que el protagonista de su cortometraje sería su propio padre, la articulación narrativa del mismo empezó a construirse. Partiendo de esa base y ya acompañada por Néstor del Castillo, el relato comenzó a expandirse: “Para mí era importante intelectualizar un poco todo el tema. Sabía que, para mi padre, todo aquello no era más que un recorrido de vuelta a la tierra desligado de cualquier sentimiento poético. Era algo prosaico, algo natural. Así que necesitaba a una voz que reflexionase un poco sobre el sentido circular de todo esto… y la encontré en mi hermano. Por otro lado, pensé que podía aprovechar para contarle a mi hija cómo nos despedimos de nuestros seres queridos, y tuve que darle muchas vueltas para encontrar una vía expresiva que ella, desde su mirada infantil, pudiese utilizar para referirse a todo esto. La encontré viendo Art Attack, en un episodio en el que construían un teatrillo de sombras chinescas con piratas. Todo estaba ahí. La búsqueda del tesoro. Lo importante, a partir de ese momento, era mantener la naturalidad del relato. Ficcionarlo lo menos posible“.

Todo ese proceso comunicativo, como referíamos al comienzo de la pieza, está muy vinculado a la idea que los autores mantienen respecto al hecho de hacer cine. Marisa Lafuente lo dice así, buscando articular palabras que, una vez más, se derriten ante la mera presencia de las imágenes, catalizadoras de la emoción pura: “Hay momentos en los que no puedes contar a los demás lo que te duelen las cosas, y yo quería contar algo sobre todo ese proceso que estaba viviendo, el de despedirme de mis padres. Sin embargo, no podía hacerlo porque me emocionaba. Así que El tesoro fue la mejor manera que encontré de hacerlo. Poner una cámara de por medio era la única forma a través de la que yo podía relatar el viaje de mi padre hacia la muerte“.

Para llevar a cabo todo ese proceso, Marisa contactó con Néstor del Castillo, realizador de televisión y publicidad con quien ya había trabajado 20 años atrás y al que lo unía una antigua amistad. Néstor puso la tierra firme necesaria para equilibrar un relato que no dejaba de ser personalísimo. El punto necesario para extenderlo y universalizarlo. Néstor habla sobre ese equilibrio: “No nos hemos organizado, creo yo. Nos comunicamos muy bien y todo lo hablamos, desde dónde va la cámara a qué tipo de estética elegimos. No queríamos ficcionar, queríamos mantener las distancias porque el grado de implicación emocional era muy grande. No queríamos que nos quedase una película para el recuerdo de la familia, sino buscar el hecho universal. Cuando ese hecho universal ocurre en el seno de tu propia familia es difícil mantener las distancias, y es por eso que la cámara permanece siempre alejada, no es una cámara activa. Nada está interpretado ni impuesto. Lo más preparado es el teatro de sombras de la niña, y ni siquiera eso estaba literalmente guionizado“.

Fotograma de ‘El tesoro’.

La conversación entre ambos comienza a fluir, y uno entiende rápido cuál ha sido la dinámica mediante la cual Marisa Lafuente y Néstor del Castillo han construido su colaboración tras las cámaras de El tesoro. Y al final de todo, aunque antes del aterrizaje en los Goya, llegó un momento hermoso: el estreno en la residencia en la que vivían los padres de Marisa.

Ella misma lo cuenta: “Mi padre cogió el micrófono y se puso delante de todos para contar cómo había sido su experiencia en el rodaje: parecía una auténtica estrella. A medida que íbamos moviendo el corto por distintos festivales, yo se lo iba contando. Cuando estuvimos en Canadá le decía:Papá, estamos en América. Las mismas personas que veían y admiraban a  John Wayne te están viendo ahora a ti. Te están votando en los festivales porque se están dando cuenta de que eres un auténtico vaquero. Un vaquero de las llanuras manchegas“.

El cine como lugar de reencuentro con el pasado, como criadero de memorias imborrables. “En la experiencia de mis padres en la residencia, que ha sido verdaderamente dura, hemos sido capaces de encontrar belleza y poesía”. Siguen los vaqueros cabalgando entre los árboles, buscando el tesoro enterrado.

Adrián Viéitez

Todas las promesas de mi amor se fueron con 'Cría Cuervos'. Ahora bailo y canto 'La Tarara' alrededor de una pira lorquiana. Si preguntáis por ahí os dirán que soy periodista. Si me lo preguntáis a mí, os diré que no sé muy bien quién soy.

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