Los Goya en corto: ‘Gaza’ (IV)

Las cámaras acompañan a la catástrofe. Casi subidas a las bombas, siguen el trayecto miserable de la desolación. Después, con el aroma a muerte estancado en el aire, retiran su presencia con gesto silencioso, escondiéndose el rostro con las manos. El mundo continúa girando tras la desgracia; la tierra no se detiene al traspasar la realidad representada —aquello que la narrativa mediática se decide a filmar, es decir, a inmortalizar—. A nadie le interesan los escombros, las consecuencias, el proceso de curación de las heridas. Y es precisamente todo ello a lo que se acogen Carles Bover y Julio Pérez del Campo en Gaza, que, además de cortometraje documental nominado a los Goya, es un registro de lo invisible. Del penoso esfuerzo que los olvidados llevan a cabo para recuperar el vigor de sus días.

Cuando uno se cruza con un documental de estas características, la primera pregunta por la que se ve asaltado es la siguiente: ¿En qué momento germina en la mente de una persona la idea de viajar al epicentro de la destrucción?

—Tanto Julio como yo estábamos con la causa palestina, claro, aunque no era un tema con el que estuviésemos obsesionados. Realmente, y esto lo hemos sabido a posteriori, lo que veíamos en los medios era una realidad muy distinta a la que estaba teniendo lugar allí. Conocimos al brigadista español Manu Pineda y nos describió una situación muy diferente. Nos dijo algo que fue clave: una vez terminados los bombardeos, las cámaras se marcharon de la franja de Gaza. Así que decidimos que la nuestra tenía que irse para allá —Carles Bover al habla.

Fotograma de ‘Gaza’.

Así empezó una travesía que no tardó en complicarse. Con la pretensión inicial de llegar a Gaza a través de la frontera egipcia, Carles y Julio tuvieron que dar media vuelta al llegar allí. «Hubo un movimiento militar en ese momento y perdimos dos semanas modificando la dirección y entrando por arriba, por Israel. Tuvimos suerte, ya que Julio es biólogo de carrera y eso nos permitió obtener un permiso de acceso como asociación humanitaria, argumentando que íbamos a hacer un estudio de agricultura. Si hubiésemos dicho que pretendíamos rodar un documental, no nos habrían dejado pasar jamás. Acceder a la franja de Gaza fue… impactante. Al fin y al cabo, no sólo es un enclave político de enorme fragilidad, sino que a ello se le suma inevitablemente todo el peligro que proyecta a nivel de imagen hacia el exterior».

El hecho de no poder acceder a Gaza a través de Egipto modificó todo el plan de rodaje que Carles Bover y Julio Pérez del Campo habían planificado en primera instancia. Acompañados inicialmente por una serie de brigadistas, su intención era filmar a esos agricultores que tratan de trabajar unas tierras siempre al filo de la destrucción. Los brigadistas actuarían como una suerte de escudo humano durante el rodaje. Sin embargo, al tener que entrar por Israel, se encontraron con que sus acompañantes tenían el acceso vetado por esa vía. Tuvieron que entrar solos. Así que se pusieron a grabar.

«Volvimos con un montón de material. Podíamos haber montado cinco documentales con todo lo que rodamos». Finalmente, dos fueron los proyectos armados por Bover y Pérez del Campo: por un lado, el largometraje Gas the Arabs; por otro, el cortometraje que nos ha traído hasta aquí. «El corto fue la primera pieza que cerramos, e inmediatamente empezó a moverse a través de festivales. Sin embargo, sabíamos que ese circuito funciona con unos términos de exclusividad que restringía mucho la proyección de nuestro trabajo. De ese modo, montamos el largometraje de forma paralela para hacerlo llegar a la gente de una manera distinta: a través de asociaciones culturales, de televisiones, de salas de cine…»

En Gaza, Carles Bover y Julio Pérez del Campo apuestan fuerte. El cortometraje dura apenas 20 minutos, pero sostiene en sus manos la crudeza de la tesis que ambos proponen. Y la defiende con inusual fiereza hasta sus últimas consecuencias. Despojados de una estilización del contenido, su propuesta se fundamenta, como mencionábamos al principio, en convertirse en documentalistas testigo. En proporcionar testimonio de lo silencioso. Y callar.

Fotograma de ‘Gaza’.

«Lo que queríamos era mostrar exactamente lo que viésemos al llegar allí. No es que diseñásemos una narrativa que pretenda castigar al espectador, sino que lo que aparece en el documental es exactamente lo que presenciamos en la franja de Gaza. Esa es la realidad. No sólo son historias muy duras, sino que son historias que verdaderamente representan lo que ocurre. Lo que buscábamos era mostrar su testimonio, darles voz a los protagonistas. Quisimos huir de mostrar la figura del documentalista. Era la primera cosa que hacíamos ambos, así que decidimos ignorar los consejos que procedían de fuera, en los que nos aconsejaban ubicar la narración en la primera persona, y simplemente limitarnos a observar. Mostrar, de alguna manera y a través de la impotencia sentida por los civiles y los niños perjudicados, el absurdo de esa destrucción masiva«.

A la hora de seleccionar su punto de vista —anclado a la causa palestina—, Carles Bover ve importante subrayar la diferencia entre un artefacto informativo y uno de índole artística. «En muchos coloquios nos preguntan por qué no sacamos a la otra parte del conflicto. Nosotros queríamos sacar a la parte de la población que ha sufrido una vulneración directa de sus derechos humanos. Es verdad que dar la misma voz a ambos bandos habría sido más equidistante, pero también sería menos realista. Al final, esto no es un producto periodístico, sino un documental. Es la mirada de unos autores —Julio y yo— que buscan contar una historia concreta desde un punto de vista definido. Eso no quita, claro está, que ambos seamos conscientes de que el conflicto palestino es muy complejo y que en él no existen los blancos ni los negros«.

En suma, la realidad es que Carles Bover tiene claro que Gaza transita caminos algo distintos a los de sus competidores por el Goya a mejor cortometraje documental. «Más que un propósito meramente artístico o de enriquecimiento personal… lo que nosotros buscábamos era generar una ventana de difusión para la realidad que se vive en Gaza una vez las cámaras se marchan«. Ellos registran la calma quebrada que convive con el lugar del crimen después de que éste haya tenido lugar. Y ese trabajo, pase lo que pase, ya está hecho.

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Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

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