Los Goya en corto: ‘Matria’ (I)

El viento es un enemigo. Una garra enorme y violenta que se abalanza sobre tu cuerpo y no lo deja avanzar. Ramona corre por la vida y atisba en la lejanía un destello imposible, un lugar perfilado en la penumbra de su imaginación. A su alrededor, las cosas se amodorran con estática y vehemente desidia, mientras ella desconoce el recibo de un regalo que no pida nada a cambio. Ramona es la encargada de sostener la calma. De detener el viento. Ramona difícilmente puede pensar en Ramona. Tras ella, amasando los pinceles, descubrimos la figura de Álvaro Gago, uno de esos cineastas gallegos que se están encargando de quebrar el hielo, de erosionar la distancia peninsular entre los centros y las periferias. Su trazo es delicado, minucioso y vitalista —sin perder la distancia tomada a la amargura—. La canción de Ramona se titula Matria.

Matria es… un retrato —dice Álvaro.

Retratemos, pues.

Primero, el pasado: Álvaro Gago nació en Vigo en 1986. Tiene 32 años. Su trabajo previo más destacado fue Curricán, un cortometraje erigido como panorámica de la localidad de Vilanova de Arousa desde el punto de vista de la infancia. Además, ha realizado labores de montaje en un buen número de cortometrajes, entre los que se encuentran Lipstick o Las pequeñas cosas, dirigidos por Carla Simón. También trabajó con ella como asistente de montaje en Verano, 1993. Recientemente ha sido el montador de Trote, de Xacio Baño. Unos años después de Curricán, ha dado un paso de gigante tras las cámaras. Ha dirigido Matria.

Álvaro Gago y Francisca Iglesias Bouzón, tras las cámaras de Matria.

Ahora, el presente: Matria no es un cortometraje cualquiera. Matria es una película fabulosa. Matria ganó el Gran Premio del Jurado en Sundance, sí. Pero no olvidemos que también ganó el Águila de Oro en el festival de Aguilar de Campoo, el premio del jurado en Cans, el premio La Otra Mirada en el festival de Medina. Etcétera, etcétera, etcétera. Esto no es un catálogo de los premios que ha ganado Matria, en cualquier caso.

Matria es… un retrato —dice Álvaro.

Retratemos, pues.

La cámara de Matria se pega a Francisca Iglesias Bouzón, la actriz encargada de interpretar a Ramona. La persigue en su perpetua huida disfrazada de búsqueda. “La experiencia inmersiva te lleva a adoptar una cámara que sigue, que agobia, que bebe del lenguaje corporal de la protagonista”. Todo ocurre desde el punto de vista de Ramona, el suyo es el único con el que el espectador entra en contacto a lo largo de todo el metraje. Esta es una historia de soledad. Es la historia de una madre que sólo es madre, que se ha olvidado de ser algo más. Que no cree que exista esa posibilidad.

Francisca Iglesias conoce esa realidad, la siente como propia. Ese fue uno de los motivos principales por los que Álvaro Gago decidió que ella debía ser su protagonista. “Yo escribí el guión basándome en extractos de entrevistas con ella. Al principio, ella no quería nada más que participar en la escritura del guión. Fue una decisión llevada a cabo con muchas dudas, quizá arriesgada. Bueno, no: arriesgado habría sido lo contrario, es decir, haber contratado a una actriz despejada de ese contexto, a la que habríamos tenido que someter a un proceso de inmersión al que, por presupuesto, no podíamos enfrentarnos. Con Ramona teníamos todo eso que te da un personaje con una cara más pegada a la tierra. Nos proporcionaba una textura diferente”. Se le nota al hablar: Álvaro Gago ya mezcla los nombres de Francisca y Ramona. Tan sutil es el salto tomado al construir el personaje principal de Matria.

Francisca Iglesias Bouzón

Las decisiones tras la dirección de fotografía de Lucía C. Pan trabajan todas en el mismo sentido: dibujar la atmósfera de Matria, de ese rural gallego poblado de silencios, de afectos distanciados, de mujeres tradicionalmente relegadas a la sufrida contemplación. Lo están desde la propia selección de la lente empleada. “Yo siempre propuse rodar en celuloide, pero estaba dispuesto a abandonar el formato fílmico para trabajar con Lucía. Ella se manejaba más en digital, y tuvimos la oportunidad de probar una lente muy antigua que, pese a rodar con una ARRI Alexa moderna, generaba una imagen de textura menos precisa, más rugosa, en la que el foco no captaba tanto el detalle. Sabíamos que no queríamos esa textura tan superficial del digital”. Así, poco a poco, uno puede entrar en contacto —en lo sensorial— con los aromas ocultos del interior de Galicia. El formato elegido busca cerrar, oprimir. “La idea inicial era rodarlo en 4:3 —que, además, ahora ha vuelto a ponerse muy de moda—, pero al final lo hicimos en 1.66:1, un formato algo más abierto. Queríamos oprimir, sí, pero también que la fábrica tuviera presencia, que la opresión procediese más de la puesta en escena y de la geografía del plano que del propio formato”.

Matria es una película muy artesana, hecha con las manos, pegada a la tierra. El cine nace un poco ahí, después se fue distanciando hacia alfombras rojas y brillantes —observa Álvaro, entre la esperanza y la nostalgia.

Matria es casi un documento etnográfico. Una experiencia grupal, un ejercicio de colectivización del trabajo: ese proceso tuvo lugar, de manera simultánea, delante y detrás de las cámaras. “Sumamos vecinos de Vilanova, de Cambados, de Abalde, de A Illa. Toda la gente que aparece en la película está muy arraigada al territorio en que tiene lugar“. Pese a que los planos de Matria se centran más en el rostro de su protagonista de lo que lo hacía Curricán —más claramente determinada a mostrar los mecanismos del entorno—, no por ello el paisaje rural se ve desplazado a un segundo plano. El entorno, en Matria, es una sombra. Lo cubre todo. Cubre los surcos faciales de Ramona. Está latiendo en cada plano con virulencia. Es paz; es un asalto constante. Es un entorno quebrado.

Como es lógico, el título de la película anticipa una visión. Matria es una cinta eminentemente femenina, dado que la mujer protagoniza las rutinas del rural gallego —y del rural en general—. “El cine te permite acercarte a la figura de personas que quieres, y fomentar un poco tu curiosidad. Esa curiosidad me llevó hasta Francisca, y mi intención inicial era hacer un retrato de ella. Una vez me acerqué… me di cuenta de que todo aquello podía tener una dimensión más global, que englobase… no sé si una reflexión sobre el feminismo, pero sí un pensamiento más universal. Es una historia que afecta a muchas mujeres que viven en situaciones muy similares. Aunque no deja de ser una historia personal de ella, toca a todo un conjunto silenciado que está ahí deseando hacerse oír”.

Ramona, tras las paredes.

Una vez seleccionada la mirada de la mujer, la mirada femenina como punto de vista para Matria, una serie de elementos fluyeron de manera orgánica. La deriva llevó a Álvaro Gago a abrazar el silencio.

—El silencio forma parte de la rutina de las mujeres. La película comienza con un plano de Ramona de espaldas. Guardar más que mostrar. Jugamos constantemente con eso en Matria.

La clave, el eje invisible, es el misterio. Álvaro Gago busca tiznar a su personaje principal de una distancia inasible respecto al espectador. Busca ubicarla en un plano desconocido, en un contenido y opresivo espacio enjaulado, un universo de paredes estrechas, de caminos de barro, de luces bajas. Así, el trabajo del espectador es el de salir al encuentro de Ramona. Es él quien tiene que buscarla, quien, de alguna manera, debe socorrerla y quebrar su pantalla de silencio. El camino para conseguirlo está lúcidamente pavimentado por Matria: sólo es necesario comprender los mecanismos emocionales de todas esas mujeres que piensan que no tienen derecho a llorar. “El llanto está percibido como debilidad. Es otra de las grandes mentiras. Ella… está conteniéndose todo el tiempo. En un momento parece que se puede dejar llevar un poco, pero nunca lo hace del todo. Hace un amago pero rápido se dice a sí misma que es importante seguir, que hay que continuar caminando. Que no se puede parar“.

Al final, Ramona consigue su objetivo. Llega al pabellón para ver jugar a su nieta. Se sienta, cansada, y observa. Su hija le susurra algo al oído y ella sonríe. Es la primera vez que lo hace en toda la película. Está en calma. Su rostro se desembaraza del dolor. A ella, mujer sufrida y bregadora, le vale un susurro de su hija. Le vale la vista de una nieta disfrutando. Le vale la felicidad de los demás. Le vale ser hogar. Le vale hacerMatria.

Adrián Viéitez

Todas las promesas de mi amor se fueron con 'Cría Cuervos'. Ahora bailo y canto 'La Tarara' alrededor de una pira lorquiana. Si preguntáis por ahí os dirán que soy periodista. Si me lo preguntáis a mí, os diré que no sé muy bien quién soy.

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