Los Goya en corto: ‘Soy una tumba’ (VIII)

El paisaje sonoro está apenas poblado por el zumbido del microondas. Un padre y un hijo observan sus respectivas tazas mientras esperan, en silencio, a que el tiempo haga su parte. De vez en cuando, el pequeño alza levemente su mirada, como quien busca comprobar si la tesitura emocional de la situación ha variado. Al ver a su padre estático, lívido, como si la vida hubiese sido extraída de su cuerpo envejecido, continúa jugando con sus cereales, que se hunden despacio en la leche. Nadie habla, sólo se escucha el zumbido del microondas. El niño piensa que su casa ha empezado a parecerse un poco a los cementerios. Con un amago de sonrisa amarga, una línea cruza su imaginación: Soy una tumba.

La mano que sostiene los lápices es la de Khris Cembe. Director de animación de la mayor parte de los trabajos de Alberto Vázquez —desde el largometraje Psiconautas a los cortos Decorado y Birdboy, todos ellos ganadores del Goya—, en Soy una tumba acomete su segundo proyecto a los mandos tras Viaje a pies. Y lo hace volviendo a casa, regresando a las Rías Baixas.

Quería hablar sobre la infancia, sobre la soledad y, sobre todo, de un tema que no me abandona desde que me fui de Galicia: la muerte —Khris Cembe lleva también, a partir de ahora, los mandos de esta pieza.

«Cuando eres adolescente, es algo inevitable el hecho de cruzarte con la muerte. A mí se me cruzó entonces y ya no se ha vuelto a marchar. Decidí colocar la historia de Soy una tumba en Galicia porque es un contexto fundamental a la hora de explicar mi forma de ser, de vivir y de pensar. Allí es donde empecé a tener en mente el tema de la muerte y, por tanto, a comprender un poco lo que es mi propia vida«. Un hálito de vida y muerte, un latido pintado en claroscuro, una luz titilante al fondo del pasillo: Soy una tumba es la bocanada de aire que sostiene a un niño que bucea en busca de su padre. Poco a poco, el aire se le escurre en forma de burbujas.

Fotograma de ‘Soy una tumba’.

Para darle sentido espacio-temporal al conflicto que presenta, Khris Cembe utiliza el decorado del narcotráfico y el contrabando para explicar esa disolución —y ese esfuerzo de acercamiento— afectiva. «Yo no buscaba hablar de esos temas, sino que actuasen, de algún modo, como telón para mi historia. De hecho, yo no tengo mucho que decir sobre ellos porque, afortunadamente y pese a vivir en aquella época en la zona, no tuve ningún familiar que estuviese implicado en el contrabando. Simplemente lo he asumido como un elemento que le aporta un corte realista a lo que estoy contando, pero mi interés camina por el otro lado. La gente me dice, de hecho, que pese a toda la fantasía presente en la película, lo que al final late es una historia muy real y muy cruda. Quería… jugar un poco con los géneros, hacerlos confluir en una misma dirección, mezclar realismo, fantástico, cine negro… lo que al final sale es, como yo lo llamo, un thriller rural«.

Otro de los elementos que vinculan a Soy una tumba con el contexto sociocultural en el que Cembe la enmarca es la inhabilidad para la comunicación de sus protagonistas, especialmente en dirección descendente: en el rostro de ese padre golpeado se dibuja una frustración latente, la frustración de no saber cómo acercarse a su propio hijo. «A día de hoy lo sigo notando, y no sé por qué: aún cuando vuelvo a Galicia percibo esa incomunicación en el seno familiar, esa tendencia a no decirse las cosas los unos a los otros. A guardar. Yo mismo, para hablar con mis padres, muchas veces tengo que apretar para que me cuenten cosas. En aquella etapa, el silencio era mucho mayor, quizá porque el salto entre esas dos generaciones estaba muy quebrado. En Soy una tumba mi interés principal transita ese camino. Quiero dibujar el abismo que existe entre los niños y los adultos«.

Para expresar ese contraste, Khris Cembe se abraza a lo que mejor sabe hacer: la animación. Así, dentro de su propia película, el cineasta cangués construye una especie de dualidad expresiva: por un lado genera un universo de corte realista, seco, sombrío; por otro, un alarde de onirismo en el que despliega la imaginación del pequeño. El mundo fáctico contra el mundo imaginado. «El estilo de la animación es muy frío en términos generales, porque funciona en línea con las emociones de sus protagonistas. Quería, pues, generar un fuerte contraste entre esa frialdad y el mundo interno del niño, tratando de llevar esas escenas a lo sensorial, a un minimalismo extremo para crear una atmósfera especial. Algunas de esas escenas, de hecho, están animadas con arena sobre cristal, vinculando así el contenido con el territorio directamente. Me han dicho que, en la imaginación del niño, casi puede olerse Galicia. Eso me gusta, porque es exactamente lo que yo buscaba». Más allá de esas escenas trabajadas con arena por César Díaz, el resto de la animación de Soy una tumba está aplicada digitalmente, pese a que las escenas oníricas busquen emular una técnica de carboncillo en blanco y negro.

Fotograma de ‘Soy una tumba’.

Más cosas sobre la atmósfera de Soy una tumba: un buceo rápido por el empleo del formato como recurso expresivo por parte de Khris Cembe. «Todo el cortometraje está planteado como una confesión de un niño, como un ejercicio memorístico desde el presente. De ese modo, toda la confesión —que ocupa la práctica totalidad de la película— está en 4:3. Por un lado, tiene sentido a la hora de contextualizar el aspecto temporal, ya que toda esa parte transcurre en los años 80, y el uso de un formato antiguo sirve para retrotraernos en el tiempo. Por otro, también nos resulta útil a la hora de generar una atmósfera opresiva, de contar cosas sobre la psicología del niño protagonista. Al final, cuando la narración regresa al presente, abrimos a panorámico. Los cromatismos se suavizan. El niño, que ya no lo es, acepta su pasado«.

Hay algo en el cine de Khris Cembe, sin embargo, que nos hace olvidarnos por un instante de que estamos viendo animación. Existe en Soy una tumba, como ya lo hacía en Viaje a pies, una tendencia clara a absorber elementos del cine de ficción, que rompen la narrativa visual implantada por los grandes estudios de animación norteamericanos. El hecho de que Soy una tumba se recree en planos de objetos puramente cotidianos —tazones, microondas…— sirve como declaración de intenciones, como aproximación clara a un cine observacional siempre distanciado de la animación.

«Es cierto que la animación suele emplearse para el lucimiento técnico. Quizá lo que me pase a mí es que, cuando construyo una historia, no pienso en animación. Pienso en que voy a contar una historia. Pienso encuadre a encuadre. La animación es mi herramienta. El recurso que yo empleo para contar mis historias. Pero podemos volver al tema del formato, y es que en realidad lo que estoy haciendo no es otra cosa que fingir que he estado grabando con técnicas de formato diferentes. Al final, a mí lo que me gusta es el cine, no la animación en exclusiva. Mis referencias cinematográficas vienen de Haneke, de Lynch o de Von Trier. Si tiramos más hacia atrás, hablaría de Fincher, de Wes Anderson, de Hitchcock, de los Coen. Con todos ellos en mi imaginario, mi esfuerzo fundamental es… el de tratar de modelar mi estilo propio, claro».

El pintor tras Soy una tumba posee una destreza especial. Khris Cembe no sólo es uno de los animadores más relevantes de la escena cinematográfica española actual —y, por extensión, de la historia del cine español—, sino uno de los cineastas cuya proyección internacional más tiene que interesarnos, por vocación discursiva, cuidado del lenguaje y libertad en el empleo de las formas. Y por la belleza, claro. Porque si la belleza es una cuestión moral, Soy una tumba es una cima moral de nuestra producción cinematográfica.

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Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

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