Los miedos de un hombre sin miedo

Ocurre a menudo, no sólo con la monarquía: en el momento en que una persona accede a un estrato social que le confiere cierto poder, su humanidad se disipa de su figura mediática. A nadie le interesa si el Presidente del Gobierno se cepilla los dientes dos o tres veces al día; tampoco si una estrella de Hollywood recicla el cartón y el plástico o deposita toda su basura en el contenedor común. La puerta de acceso a la fama tiene una lámina de proyección distante, desdibuja los contornos, genera una imagen mercantilizada de la persona que hay detrás. Y quizá fuese la monarquía la que, siglos atrás y mucho antes de la aparición de los medios de comunicación y las redes sociales, idease este mecanismo de distanciamiento entre el poder y el pueblo. En El rey, Alberto San Juan y Valentín Álvarez tratan de preguntarse qué pasará en la mente del rey emérito Juan Carlos de Borbón cuando, llegada la noche, los recuerdos tenebrosos acudan a su memoria.

Esa es la mirada que ambos cineastas filtran, la premisa de la que parten en esta película que resulta curiosa por muchas razones. La primera y más obvia, por el literal ejercicio de traslación del hecho teatral al cinematográfico. Adaptación de la obra homónima estrenada por Alberto San Juan en el Teatro del Barrio, aquí es el propio dramaturgo y actor quien toma las riendas del proyecto para ejecutar su debut como cineasta. Para llevar a cabo este traslado, se ha apoyado en el director de fotografía Valentín Álvarez —quien este mismo año ha dirigido ese apartado técnico en El mejor verano de mi vida, de Dani de la Orden—. En El rey, ambos codirigen. Y para ambos es la primera vez a los mandos de un largometraje de ficción.

El riesgo de aplicar el desplazamiento del teatro al cine de forma tan literal es muy elevado. El guión de la película, pensado para su ejecución dramatúrgica, no se modifica de manera sustancial para su adaptación cinematográfica. El eje de la cuestión sigue siendo el mismo: toda la acción se desarrolla en el interior de un teatro, con tres actores —Luis Bermejo, Willy Toledo y el propio Alberto San Juan— que van interpretando a diferentes personajes a lo largo de todo el metraje —algo muy propio de la actividad teatral y mucho menos frecuente en el mundo del cine, pese a existir múltiples ejemplos de ello. Peter Sellers sabía mucho al respecto—. Esa misma sustancia es sostenida, con notable esfuerzo, por una cuidadosa dirección de fotografía del propio Valentín Álvarez, quien maneja un soberbio despliegue de angulaciones de cámara y contrastes lumínicos para arrancar algo de expresividad al verbo, siempre protagonista sobre las tablas.

La decisión de colocar a Willy Toledo —dados sus conocidos roces con los defensores del status quo monárquico— es ya lo suficientemente punki como para hablar de El rey como una película que transgrede

Dentro de ese teatro oscuro, con una paleta cromática muy próxima al blanco y negro —la fotografía no está en blanco y negro, conste, pese a que la aparición de colores que varíen este tono es muy esporádica—, Álvarez se maneja para generar una atmósfera pesadillesca, adhiriéndose de algún modo a la piel de Luis Bermejo, que es el intérprete en torno al que pivota la narrativa formal del film. Los recursos ofrecidos por el espacio teatral son exprimidos al máximo en El rey, y el rostro de Bermejo, que aquí se abandona al terror de ese monarca asolado por sus pesadillas, es utilizado como uno el principal elemento expresivo de la película al ser, en muchas ocasiones, el único elemento de color en toda la composición.

El enfoque con el que San Juan se aproxima a este repaso del pasado de Juan Carlos de Borbón es profundamente revisionista, con desatado aire de hastío hacia el discurso histórico establecido. Podríamos afirmar sin reservas que El rey es más transgresora desde el punto de vista de su propuesta que desde el de su ejecución. Me explico: si atendemos al concepto inicial, nos encontramos con una película que se aproxima a la figura lejana de un hombre apenas discutido por el relato oficial —pese a los frecuentes motivos para hacerlo—. Además, en la propia elección de los intérpretes, la decisión de colocar a Willy Toledo —dados sus conocidos roces con los defensores del status quo monárquico— es ya lo suficientemente punki como para hablar de El rey como una película que transgrede. Sin embargo, su ejecución está llevada a cabo con medido respeto. El humor se emplea con ánimo revisionista, y muchas veces incide en la ridícula concepción de esa serie de personajes que desfilan —Franco, Carrero Blanco, Adolfo Suárez o Felipe González, entre otros— como elementos a admirar dentro de nuestro trayecto histórico. Sin embargo, esta capacidad para exhibir el patetismo de nuestra herencia no está nunca enfrentada con el rigor.

Quizá lo que se le pueda achacar a El rey resida no tanto en el componente más arriesgado a priori —como era la compleja puesta en escena dentro de un escenario teatral, resuelta con eficacia por Valentín Álvarez—, sino en su propia estructura dramática. Lo que al comienzo se perfila como un repaso fresco y ácido de la figura de Juan Carlos de Borbón acaba convirtiéndose en un relato algo reiterativo, que en muchas ocasiones no hace más que apelar a los mismos elementos con la única variación del recorrido histórico. El retrato psicológico sí se queda quizá en un plano algo más superficial del que sus propios autores habrían deseados; algo más anclado en la imagen externa que en la figuración de esa personalidad posible tras las innumerables máscaras que esconden a un personaje así. De todos modos, el reto era imponente. Y el resultado no resulta en absoluto desdeñable, especialmente por el valor de su propuesta y su fiero esfuerzo por la consecución de un acabado cinematográfico valioso. Este es un proyecto insólito, y sabed una cosa: las cosas insólitas son las que dan color a los días.

Adrián Viéitez

Todas las promesas de mi amor se fueron con 'Cría Cuervos'. Ahora bailo y canto 'La Tarara' alrededor de una pira lorquiana. Si preguntáis por ahí os dirán que soy periodista. Si me lo preguntáis a mí, os diré que no sé muy bien quién soy.

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