‘Madre’ o el Oscar posible

Un fogonazo en medio de la noche. Los niños miran al cielo y contemplan el resplandor. Se mastica la tensión escurriéndose entre sus cuerpos; todo es una inmensa inquietud. Ese brillo lejano se sostiene en el cielo de manera incomprensible, como un trazo blanco incrustado en fondo negro. No hay parpadeo. No hay música. No hay apenas espacio para desviar la mirada. Todo está ahí, en ese surco celeste que ilumina la noche. Madre, de Rodrigo Sorogoyen, representará al cine español en los premios Oscar esta noche. Es el toque de queda de un cineasta que, con apenas tres largometrajes en su haber, ya se ha encargado de colocarse en la línea de salida hacia los panoramas estelares. Su fórmula: el abrazo inerte a la tensión dramática. El cine como espacio de incertidumbre. La cámara como testigo de excepción de los paisajes solitarios del que espera. El epítome de todo ese gesto formal y narrativo no lo encontramos, sin embargo, en ninguna de esas tres películas (véase: Stockholm, Que dios nos perdone y El reino). Lo encontramos en Madre. Un cortometraje de 17 minutos que promete convertirse en largo pero que flota con holgura en sus propios términos fundacionales.

Rodado en su práctica totalidad en una única localización —exceptuando sendos planos de apertura y cierre, localizados en una playa de la costa francesa—, Madre contó como cabeza de su equipo de producción a María del Puy, que se cruzó con el proyecto de Sorogoyen en un foro de cortometrajes. A él le habían hablado de ella; ella ya conocía su trabajo. Pronto unieron fuerzas y se pusieron a trabajar. El resultado: un ejercicio de estilo milimétrico, sustentado en aquella máxima mencionada de priorizar la tensión dramática sobre todo lo demás, limpiándola, asimismo, de cualquier recurso efectista que pudiese ensuciarla. Sorogoyen, que sí se ha apoyado enormemente en sendas bandas sonoras para Que dios nos perdone y El reino, opta aquí por el silencio como música de la desesperación. Resumimos rápido lo argumental: una mujer recibe, estando en su apartamento junto a su madre, una llamada de su hijo desde una playa de Francia, en la que se supone que está con su padre —divorciado ya de la protagonista—. Sin embargo, su padre no está. No hay nadie más. La playa está vacía, pero el niño desconoce su ubicación. A cientos de kilómetros de distancia, una madre accede —bajo la mirada de otra— a los paneles del delirio.

Rodrigo Sorogoyen y Marta Nieto, durante el rodaje del largometraje de ‘Madre’.

Respecto a la decisión de rodar en una única localización, María del Puy apunta: «Madre no ha sido un corto barato, pese a ello. Más allá de que tuvimos que irnos a Francia a rodar las escenas de apertura y cierre, la apuesta económica más grande vino por otra vía: la de intentar contar con los mejores medios técnicos y los mejores profesionales«. El reto artístico y técnico no era pequeño, dada la principal decisión formal que define Madre: la de rodarlo en un único plano secuencia —con excepción, una vez más, de los citados planos de apertura y cierre, amén de un único pero providencial corte en los segundos finales del metraje—. Comenta, a la sazón, María de Puy: «El hecho de que fuese todo un plano secuencia implicó que tuviésemos que realizar numerosos ensayos técnicos previos en la localización. Teníamos que tenerlo todo muy medido: la iluminación, la gestión de los espacios, los movimientos de la cámara. El plano secuencia no sólo condiciona el rodaje, sino también la preparación. Ha sido un enorme reto artístico para Rodrigo, dado que la expresividad de la película procede por completo de estos elementos formales».

Y así es: Sorogoyen lo juega todo a la dialéctica de los espacios y la distancia entre cámara y cuerpos. El espacio diáfano del apartamento sólo se abandona durante una llamada muy concreta que traslada a la protagonista —encarnada por Marta Nieto— a una habitación más oscura, iluminada artificialmente. La conversación con el niño se lleva a cabo por completo bajo el influjo de la luz natural, como si, de alguna manera, madre y abuela pretendiesen sostenerlo lejos de la oscuridad. El juego de matrioska maternal es fundamental para comprender la tesis de Madre: el teléfono interactúa con ambas protagonistas, pasando de una a otra en función de la tesitura dramática que se plantea en ese momento. La interacción entre ambas, crispada, nos habla de las distancias, de lo relativo de la pérdida: la protagonista es capaz de castigar a su madre porque ella está presente. El ausente es su hijo. Es por él por quien debe preocuparse.

Se sabe —y se celebra— que el próximo largometraje de Sorogoyen está en camino, y que será el traslado al largo de este fabuloso cortometraje que hoy opta al Oscar a Mejor corto de ficción. María del Puy apunta que, de hecho, la película ya existente será el inicio —es decir, los primeros 17 minutos, intactos— de la película que está por venir. De momento, disponemos de un espacio de celebración: el corto continúa haciendo lo que lleva años sin lograr el largometraje español —concretamente desde 2004, cuando Mar adentro se hizo con la estatuilla—. En esta ocasión, de la mano de uno de nuestros cineastas más cuidados y con mayor vocación internacionalista. Quizá el más capacitado para ubicarse en la grieta entre lo mainstream y lo autoral. Madre, de Rodrigo Sorogoyen. De momento, un corto. Pronto, un largo. Hoy, un Oscar posible.

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Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

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