Málaga, Día 1: mamá, no me esperes

He llegado a la conclusión —probablemente pasajera— de que lo que hace que el cine me impacte en la intimidad es un elemento muy particular de su genética artística. Algo así como su esfuerzo de familiaridad. Puede que ese sea el salto definitivo entre la realidad y el cine como sistema de representación de la misma: tras el hecho cinematográfico existe un esfuerzo creativo destinado a introducir al espectador en una espiral. Para conseguirlo, lo primero que necesita es familiarizarlo con la atmósfera, con los espacios, con la propuesta narrativa. Y pienso que el mundo real no tiene mucho de todo eso. Lo que ahí fuera es hostilidad, lejanía e incertidumbre se transforma, dentro de una sala de cine, en una suerte de pasadizo hacia el hogar íntimo, un flash de cotidianidad súbitamente generado. Yo, cuando el mundo real empieza a darme un poco de miedo, acostumbro a refugiarme en las películas porque es mi manera de encontrarme conmigo mismo. Eso he hecho a mi llegada a Málaga, claro.

Desconocía esta ciudad. He pensado en la relevancia de las latitudes como impacto psicológico y anímico: si el eje de nuestra calma se ubica en aquel lugar al que consideramos hogar, de alguna manera podríamos trazar con un compás los círculos de nuestro miedo, de nuestra sensación de vulnerabilidad. Otra cosa interesante del cine es su comunión lingüística: la expresividad de las imágenes atraviesa el núcleo de cualquier población, de cualquier latitud. Yo llego a Málaga exclamando: ¡detesto el periodismo! ¡Yo sólo quiero ver películas! ¡Yo sólo quiero rodar por el césped!

Así pues, multiplico mis posibilidades de generar un hogar fílmico al apostar por dos programas de la sección oficial de cortometrajes como plato fundamental para mi jornada debut en Málaga. Primero seis; después ocho. ¡Catorce cortometrajes en apenas cuatro horas! Alguna casa encontraré, después de todo.

¡Mamá, papá! ¡Mirad!

El primer programa agrupa sus películas bajo el título común Sangre de mi sangre. Anuncian los programadores, antes de la exhibición de los cortos, que todos ellos están de alguna manera vestidos por la cuestión de la paternidad/maternidad —posiblemente exista una palabra que amalgame ambas cuestiones, pero las palabras llegan cuando quieren, no cuando se les ordena—. Así es: Sangre de mi sangre deviene en un fresco de relaciones interfamiliares a partir de una serie de aproximaciones desde distintos lugares, con distintas miradas.

La cosa se abre con Nuestro amor, un cortometraje dirigido por Mario Fernández Alonso, coguionista de largometrajes recientes como Amar o El desentierro. Abierto con un largo plano lateral que registra una conversación aparentemente tensa entre un matrimonio, Nuestro amor revela su verdadera tesis en el primer corte significativo de montaje, que, dentro de la misma secuencia, abandona la distancia inicial para filmar el cuadro desde un punto de vista cenital, casi monástico, emplazando un crucifijo en el centro del plano. La tesis se desenvuelve a partir de ahí, mientras Mario Fernández lanza una pregunta estrictamente cinematográfica al espectador: ¿qué cosas viven en el contraplano de las grietas matrimoniales? Una vez más, la importancia del montaje: no es hasta el final del corto cuando el cineasta gira la perspectiva para, de una vez por todas, abrir la mirada del espectador lo suficiente para comprender los daños causados por todo ese remolino de dolor religioso y abnegado. ¿Quién es aquí la víctima? ¿Quién habita realmente las sombras de este paisaje en blanco y negro?

Segundo paso: Mohcine, de Juan Gautier. Este es un espacio breve, de apenas cinco minutos en los que el cineasta se encarga de entablar un diálogo entre el mundo doméstico y el contexto social a través de su personaje principal, un joven inmigrante empleado por una empresa de reparto. El drama doméstico, sustentado por la enfermedad de su mujer y la soledad de su hijo, se incrementa merced a la presión procedente del exterior —tanto por su condición de extranjería como por el conflicto de clase representado mediante la dualidad coche-bicicleta—. Así, con un montaje vertiginoso y una cámara subida en la bicicleta de su protagonista, Mohcine se erige en viaje de ida y vuelta, en transición necesaria y esperanza posible de cara a un regreso a casa que, a pesar de todo, siempre planea el horizonte.

Ignacio Vuelta contruye, en Das neue Leben, una suerte de espejo con la novela homónima de Orhan Pamuk, aunque invirtiendo los roles de género. Si en aquel libro era un joven quien se distanciaba de su identidad —social y territorial—, en el cortometraje de Vuelta lo hace una mujer alemana, trasladada a Madrid para compartir espacio físico con su marido y su hijo. La tesis de la ruptura identitaria se plantea desde el inicio, cuando ella —encarnada por Isabelle Stoffel— habla en alemán a su hijo, quien, a su vez, le responde en castellano. Ese vago intento de aferrarse a unas raíces que se desvanecen se transforma en un viaje nocturno de reencuentro consigo misma. La dirección de foto de Pablo Oliva trabaja sobre unos contrastes lumínicos muy subrayados para generar esa sensación de dualidad, de igual manera en que lo hace un montaje sincopado, en permanente salto de un lado a otro. Hasta que ambas vidas parecen reales y, fruto de ello, ambas se extinguen lentamente.

Fotograma de ‘De repente, la noche’, de Cristina Bodelón e Ignacio de Vicente.

Hablando de lo nocturno, podemos remitirnos a lo ya escrito sobre De repente, la noche, cortometraje de Cristina Bodelón e Ignacio de Vicente que ya pudimos visionar en la pasada edición de la SEMINCI. Las segundas impresiones, sin embargo, siempre añaden cosas. En este caso concreto, si la primera vez nuestra atención circulaba en buena medida alrededor de la tensión dramática inherente al relato y al viaje íntimo de su protagonista —extraordinariamente encarnada por Marta Nieto, nótese—, en esta ocasión nuestra mirada se desplaza con mayor atención hacia lo contextual: asumido el drama propio de esa mujer siempre al filo del aborto natural, observamos cómo los condicionantes externos, especialmente en relación a su marido, agudizan esa sensación de ansiedad. «Vamos a conseguirlo, tenemos que conseguirlo», dice él frente al médico cuando éste les asegura que se enfrentarán a un embarazo muy complicado. La cara de Marta Nieto, en ese instante, se desploma. Es un viaje solitario el suyo, lo cual queda evidenciado en una serie de ideas de puesta en escena particularmente elocuentes. Nos quedamos con una: alrededor del ecuador del metraje, el espectador descubre hasta qué punto llega el dramatismo de la historia que está viendo; hasta qué punto el éxito del embarazo es necesario. La hija de la protagonista se desmaya bailando en el salón durante una fiesta familiar, desvelándose así que sufre leucemia y necesita un transplante de médula para el que confían en el bebé venidero. En el momento del desmayo, Bodelón y De Vicente cortan el plano y envían la cámara al exterior de la casa, donde se divide en dos partes por la propia arquitectura de la vivienda. A través de una ventana vemos al padre y a los amigos de la familia atendiendo a la niña, desvanecida. A través de la otra vemos a Marta Nieto, sola, impotente. Sus manos están atadas. Su vida pasa y ella no puede hacer nada al respecto.

Nos sacudimos las entrañas gracias a Mujer sin hijo, un cortometraje de Eva Saiz que elige un posicionamiento decididamente cómico para enfrentarse a otra historia de soledades maternofiliales. En su caso, la protagonista es una mujer que, como indica el título de la película, no tiene hijos. Tampoco tiene pareja. Después de que un grupo de jóvenes se muden al edificio de enfrente, algo se despierta en ella y decide alquilar una habitación libre a un chico con el que, a partir de ese momento, desarrolla una curiosa relación. Saiz despliega un espectro cromático vivísimo para narrar una historia que, de haber seleccionado otro punto de vista, podría haber adquirido cierto aire sombrío. La suya, sin embargo, es una historia de esperanzas. Observa la vida con diversión. Y el hecho de que uno sea plenamente consciente de ello nada más comenzar el cortometraje es, sin duda alguna, un triunfo.

Este primer programa se cierra con la proyección de Benidorm, 2017, un corto de Carlota Costafreda que, al igual que ocurría en el caso de Eva Saiz, elige enfrentarse a los hechos con una mirada llena de ternura. La distancia de su comicidad, sin embargo, es mucho menor, lo que permite a sus personajes —una madre y un hijo, bellísimamente encarnados por Yolanda Ramos y Tamar Novas— desarrollar una psicología más compleja. Al comienzo del corto, una voz anuncia desde los informativos: «ALERTA DE TSUNAMI EN BENIDORM». El giro discursivo de Costafreda es el de trasladar el conflicto externo al interior de los personajes, que viven un reencuentro al filo de la desaparición que los exhibe con desnudez. Su construcción de diálogos, casi una revisión castiza de Richard Linklater, es el gran triunfo de una película cuya cámara se limita a entablar relaciones de distancia con sus personajes.

La vida ya no me habla

El segundo programa de cortos de la sección oficial de Málaga pega un salto temático y abandona la paternidad/maternidad para hablarnos de las expectativas. Su título, Espero que nunca esperes, es una píldora que lo anticipa todo, pero que difícilmente puede acceder a las carnes de una sección verdaderamente vibrante y policromática.

La apertura, de la mano de Marina, Elena y Eva Pauné, no puede ser más significativa en este sentido. Su cortometraje, titulado La mala fe, se convierte rápido en uno de los ejercicios cinematográficos más transparentes que podremos ver a lo largo de este festival. Filmado en formato vertical —veremos que no es el único—, introduce una estética fragmentaria de gesto impresionista. A través de las vivencias esporádicas de una familia durante unos días de verano en la playa —en un blanco y negro próximo al sepia que remite, como no podría ser de otro modo, al pasado—, las hermanas Pauné abren una ventana de diálogo con un pasado extinto, con las aventuras infantiles que laten en la memoria, agazapadas, esperando que las rescatemos. El cortometraje arranca con una cita de La náusea, de Jean-Paul Sartre, que se refiere a la tristeza que acarrea la extinción de «el chasquido». Eso pretenden ellas. Que el chasquido vuelva a resonar.

Si de mantener vivas las infancias va la cosa, Las herencias, de Felipe Arnuncio, supone un esfuerzo igualmente estimable. Un joven —encarnado por Gaby del Castillo—, tras la muerte de su padre, decide hacer balance de las cosas que éste le ha dejado. Contempla, pues, el rastro de un hombre distante y frío que lo ha privado de una serie de afectos básicos. De él, tras la muerte, ya sólo le quedan todas las medicinas con las cuales combatió sus enfermedades a lo largo de sus últimos años de vida. Junto a su mejor amigo —Álex Mola—, deciden sacarles partido. A través de esa amistad, que es pura celebración infantil, Felipe Arnuncio habilita un conducto alternativo para que su protagonista acceda a aquellos afectos desconocidos.

Al igual que nos ocurrió con De repente, la noche, en Sin pausa volvemos a hablar de un reencuentro con la SEMINCI. El cortometraje de José Cachón, proyectado en Valladolid dentro de la muestra de películas de la ESCAC, afronta lo cómico desde un punto de vista similar al de Mujer sin hijo: apelando al absurdo, a los contornos ridículos de la humanidad. Su comienzo, pura dinamita, ya lo anticipa todo: todavía con la pantalla en negro, escuchamos la voz del dueño de una empresa de entretenimiento musical para bodas, bautizos y comuniones, durante una entrevista con el protagonista. Armado de seguridad y convicción, con su voz ronca y firme por todo lo alto, le pregunta: «¿Si te digo Rafaella Carrà, tú que dices?«

Fuera de concurso —¡y fuera de todo, me atrevería a decir!— nos cruzamos con Marilyn Monroe quiere hablar con Warhol, un ejercicio de resignificación de la imagen del videoartista y cineasta Christian Flores, quizá uno de los artefactos más explosivos y experimentales que podamos encontrarnos en toda la presente edición del Festival de Málaga. Su propuesta habla por todo el corto: tras su propia muerte, Marilyn Monroe contempla, indignada, cómo Andy Warhol —un artista al que admira— saca provecho del evento mediático de su defunción lanzando, días más tarde, su famosísimo díptico. De tal manera, lo llama para pedirle explicaciones. De paso, reflexiona sobre una serie de cuestiones y… le lee un poema que lo pone todo patas arriba. Y la risa se te congela.

Podemos afirmar sin demasiado riesgo que este segundo programa de cortometrajes supera con claridad al primero, al menos en términos de valentía en cuanto a las propuestas. El citado Marilyn Monroe… es un buen ejemplo de ello, pero hay más. Tenemos, por ejemplo, Mi madre no me entiende, de Álvaro de Miguel, una película rodada fundamentalmente en base a planos fijos con un teléfono móvil tras los que se enciende un diálogo en off entre el cineasta y su madre. De alguna manera, ese intercambio verbal acaba transformándose en un poderoso ejercicio de pensamiento cinematográfico que subvierte los términos de lo experimental, defendiéndolo y atacándolo al mismo tiempo; sosteniendo sus fórmulas en la voz del cineasta y desmontándolas con ágil honestidad a través de la de su madre. Mi madre no me entiende atesora, en su interior, elementos de tan variado interés como las permanentes referencias al fuera de campo —se graba un plano durante el cual únicamente se habla de otro, supuestamente grabado con anterioridad, al que nunca llegamos a asistir—; o el impacto de las modas transitorias en el circuito independiente —cuando su madre le pregunta por qué no deja de grabar la misma bicicleta durante tanto tiempo, él le responde, entre la sinceridad y el absurdo: «No pasa nada, mamá, en el cine de ahora puedes hacer planos de dos horas. Está de moda».

Fotograma de ‘Mi madre no me entiende’, de Álvaro de Miguel.

El círculo de experimentación prosigue con Los inocentes, de Guillermo Benet, que enlaza con La mala fe su exploración del formato vertical. Por lo demás, sus caminos no pueden ser más distintos: Benet entabla un diálogo entre varios tiempos narrativos, construyendo su relato de tesitura thriller a través de los rostros de las personas implicadas en un altercado con la policía a la salida de una casa okupa con fatal desenlace. Esta suma de perspectivas acaba transformándose en un retrato global de una situación irrespirable en la que el citado formato juega un papel fundamental.

Llegando al final, otro tiro en la frente: Catenaccio, un videoclip-pieza de museo de NYSU cuyo principal dispositivo formal es la repetición. El cineasta —autor de videoclips musicales para grupos de la repercusión internacional de New Order, por poner un ejemplo— anuncia, en la antesala del pase, que no se siente cómodo construyendo personajes, así que decide revertir todo ese proceso y simplificarlos a una única línea de guión. Ahí se mueve con soltura y a ritmo infernal, durante apenas tres minutos de fogueo en los que tres/cuatro tiros de cámara se suceden con cambios permanentes de puesta en escena, generando así una dinámica interna en la que la repetición se convierte en recurso lírico.

Y toda esta tormenta imposible finaliza en las dimensiones apacibles del espacio cósmico, en el interior de la nave que Frankie de Leonardis propone como eje central de la narración de Flotando. El suyo es un tono algo más convencional que el predominante a lo largo de todo el programa, especialmente en lo referente a la escritura de su guión. Sin embargo, su intergaláctica y reluciente puesta en escena —auspiciada por una ambiciosa producción tras la cual aparece el ilustre nombre de la actriz Itziar Castro— infunde al cortometraje un aura de abandono y soledad que sirve como perfecto cierre para una sesión que circuló alrededor de la muerte de las expectativas.

Pienso en todo lo que he escrito y en si todo este texto valdrá para algo, más allá de mi puro ánimo de amalgamar lo visual en apenas unas líneas. Desconozco si su lógica interna funciona, y es que las velocidades intrínsecas de un festival de cine me arrojan con violencia sobre el texto sin permitirme pensarlo con el cuidado que convendría y que yo, como periodista, me exigiría a mí mismo.

De momento, sé que estoy lejos de casa. Viene una semana de altas velocidades. Mamá, no me esperes. Queda Málaga para rato.

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Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

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