Málaga, Día 2: motivos para reír

Quizá un festival de cine no sea el contexto más conveniente para que una película se ajuste a sus propios parámetros. Aquí, en este caos de estímulos, todo termina confundiéndose con todo y es muy complicado que las identidades reverdezcan, provocando así que el espectador acabe imbuido por una sensación de distancia respecto al hecho cinematográfico concreto. De algún modo, importa más la correcta gestión del tiempo que la atención que una película debería exigir. Trazamos líneas invisibles y conectamos esta conexión desconectada —¡ja! ¡paradojas sobre la marcha!— con la dificultad intrínseca a la comedia. No es fácil hacer reír. Tampoco lo es conseguir el espectador sonría, cómplice de lo que sucede en pantalla. Todas esas eventualidades son triunfos artísticos inapelables, físicos, urgentes. Y si una película logra eso en la corona misma de un festival de cine, su mérito se duplica.

Una película de personas con sentimientos

La segunda jornada del festival de Málaga ha sido un ejercicio de aceleración. Tras la puesta en marcha —y en corto— del primer día, accedemos a los contornos de la sección oficial a través de una película que integra sus filas, aunque fuera de concurso. Se trata de A pesar de todo, la nueva comedia coproducida por Netflix España —junto a Bambú Producciones—, tras la cual se esconde la mano de la cineasta bonaerense Gabriela Tagliavini. Su apuesta fundamental: un reparto estelar, conformado por Blanca Suárez, Macarena García, Belén Cuesta y Amaia Salamanca en los papeles protagonistas; acompañadas por secundarios de lujo como Rossy de Palma, Marisa Paredes, Juan Diego, Emilio Gutiérrez Caba o Joaquín Climent, amén de Maxi Iglesias y Carlos Bardem. Su premisa: cuatro hermanas, todas ellas muy distintas, se reúnen tras el repentino fallecimiento de su madre. Tras su muerte, ésta les comunica a través de su testamento que cada una de ellas es hija de un padre diferente. Y empieza la fiesta.

Fotograma de ‘A pesar de todo’, de Gabriela Tagliavini.

En el junket de prensa posterior a la presentación de A pesar de todo, Blanca Suárez ha acabado respondiendo que esta no es una película sobre mujeres, ni una película femenina, aunque sí es una película femenina al estar interpretada por mujeres. Consciente del cacao de su respuesta, ha acabado esgrimiendo que se trata de «una película sobre personas con sentimientos«, lo que evidencia la escasez del planteamiento general.

El principal problema de la película de Tagliavini llega por la vía de su posicionamiento ético: ¿es lógico que una película revestida de empoderamiento femenino base su conflicto principal en la búsqueda de una serie de figuras masculinas con las que las protagonistas apenas comparten lazos genéticos? ¿No sostiene ese argumento un revisionismo del concepto de paternidad, tan históricamente enquistado y que hoy parece que comienza a limpiarse? La permanente necesidad de validación de las protagonistas las aleja, a cada sobredramatizado giro de guión, un poco más del espacio de libertad individual en el que este libreto escrito a ocho manos se supone que busca ubicarlas. Algo complicado, por otra parte, teniendo en cuenta la brocha gorda con la que cada una de las hermanas está escrita. Ninguna de las actrices es capaz, de hecho, de escapar del yugo al que las someten sus propios personajes, quizá con la honrosa excepción de una Belén Cuesta que sigue demostrando, en cada papel cómico que lleva a cabo, que ella sí dispone de esa herramienta natural tan compleja y distante. Que ella sí que sabe hacer reír. Incluso dentro de una película tan encorsetada, plástica y vacía como A pesar de todo. La dependencia cómica de la película respecto a Cuesta es tal que, incluso en los momentos en que otro personaje hace un comentario supuestamente divertido, la cámara se vuelve a buscarla a ella, en busca de que sea su reacción —y no la broma original— la que despierte risas en el espectador.

Tras el rastro del bocadillo vegetal

Seguimos circundando la sección oficial con las películas que aterrizan fuera de concurso, dentro de la categoría de estrenos mundiales Málaga Premiere. El segundo paso es uno de los *eventos* más anticipados de la presente edición del festival: el documental de Carlo Padial alrededor de la figura pública del youtuber Wismichu: Vosotros sois mi película. Confieso que las expectativas eran altas a este respecto, por diversos motivos que procedo a enumerar:

Fotograma de ‘Bocadillo’ y ‘Vosotros sois mi película’
  1. El misterio generado por su fenómeno precedente, la película Bocadillo, un gesto punk que revolucionó Sitges y que abría espacios de diálogo más que interesantes en torno a la conversación entre público y objeto cinematográfico.
  2. El trabajo previo de Carlo Padial. Las cosas que el cineasta barcelonés venía haciendo hasta la fecha, particularmente Algo muy gordo, su metapelícula junto a Berto Romero, subrayaban la coherencia discursiva que anunciaba Bocadillo. Vosotros sois mi película se erigía en el horizonte como un documental dispuesto a repensar —¡o pensar por primera vez!— toda una serie de cuestiones relacionadas con los nuevos espacios públicos generados por las redes sociales.
  3. Todo el proceso de promoción de la película, que permanentemente la significó como un artefacto valiente, casi abismal decidido a explotar la grieta inexplorada entre el universo cinematográfico y el digital como espejos volubles de la realidad.

Quizá haya sido eso, me digo: las expectativas. Porque resulta que Vosotros sois mi película apenas llega a esbozar todas esas cuestiones, ubicando la figura de Wismichu por delante de una tarea de pensamiento cinematográfico que se aplica de manera episódica —en algunas escenas bastante brillantes, eso sí, como aquella en la que el propio youtuber se sienta a ver el primer montaje de su película y, a los tres minutos, exclama: «¡ya no puedo ver más! ¡No me hagáis verla entera! ¡Esto es horrible!«; o aquella otra en la que conversa con uno de los más avanzados referentes del cine experimental en nuestro país, como es Isaki Lacuesta, y éste defiende la necesidad de ubicar al espectador en una posición de incomodidad para expandir su mirada, aunque para ello se haga una película floja. «¡Yo mismo he hecho algunas!«, afirma Lacuesta, hilarante—.

Apena, pues, el hecho de que el artefacto que Carlo Padial nos ha lanzado no sea más que un registro —dinámico, bien articulado y en ocasiones muy divertido, eso sí— de todo el proceso que Wismichu vivió paralelamente al lanzamiento de esa pantalla de humo que fue Bocadillo. Quizá habría sido más enriquecedor que no se despreciase por completo el gesto que proponía aquella película para saltar directamente a otra cosa, a una reflexión masticada sobre la realidad de los creadores de contenidos digitales. Que Bocadillo hubiese sido algo más que un pretexto.

Luis Buñuel a pinceladas

Al comienzo de Buñuel en el laberinto de las tortugas, alrededor de una mesa parisina, alguien pregunta a Luis Buñuel por la meta del surrealismo. «Se trata de cambiar el mundo sin que el mundo se dé cuenta», responde el cineasta aragonés, envuelto en un aura de misticismo. Intuimos que, partiendo de esa premisa, el esfuerzo fundamental del cineasta Salvador Simó es desvestir a Buñuel de mitología. Para ello, bucea en la etapa más humanista de su cinematografía y gira la cámara para contemplar el proceso de reinvención artística que el autor español llevó a cabo para rodar Las Hurdes. Tierra sin pan, tras ser bloqueado por el status quo religioso en París por el transgresor estreno de La edad de oro.

Fotograma de ‘Buñuel en el laberinto de las tortugas’

Servido por una animación algo rudimentaria y una paleta monocromática —con tendencia al marrón claro, quizá como referencia estética a los paisajes de Las Hurdes—, Simó narra los acontecimientos que marcaron ese rodaje intercalándolos con imágenes del metraje original de la película. Paralelamente, traza una reflexión de estilo algo surrealista —percutiendo sobre los miedos y los sueños del cineasta— sobre la infancia de Luis Buñuel, la omnipresente figura de su padre muerto y sus amistades con Ramón Acín y Salvador Dalí —la amistad limpia y la amistad tóxica, sépase—.

Como ocurría en el caso de Vosotros sois mi película, regresa la sensación de enfrentarnos a una película en exceso conservadora, aunque sobradamente eficaz a la hora de perfilar —sin alardes, eso sí— la figura histórica de Luis Buñuel y el contexto en que se gestó esa parte inicial de su carrera cinematográfica, cuando todavía era un joven de treinta y dos años apenas conocido más allá de los círculos culturales de París. Tiznada por un permanente tono de comedia costumbrista y afable, Buñuel en el laberinto de las tortugas funciona hasta el punto que ella misma se permite. Más allá de eso, quién sabe…

La sonrisa está en el silencio

En los márgenes se encuentran siempre pequeños triunfos. Así que, alejados de la sección oficial y aproximándonos a la competición de documentales, terminamos por cruzarnos con una experiencia cinematográfica verdaderamente notable. Se trata de El cuarto reino, una propuesta de Adán Aliaga y Álex Lora que nos introduce en la atmósfera de un centro de recogida de residuos plásticos en la periferia de Brooklyn, Nueva York, orquestado por la organización sin ánimo de lucro Sure We Can, fundada en 2007 por la monja de calle —ella se describe así a sí misma—Ana Martínez de Luco.

Fotograma de ‘El cuarto reino’

A medio camino entre lo fantástico y lo observacional, Aliaga y Lora capturan, con trazo impresionista, la cotidianidad del centro y las vidas de las personas que allí trabajan, colocando el ojo en René, un hombre mexicano de mediana edad que, en silencio, trabaja para regresar a su país con dinero suficiente. Utilizando únicamente planos fijos —y primordialmente abiertos—, los dos cineastas convierten a la cámara en un miembro de las rutinas de los trabajadores, accediendo así a una parcela de su intimidad en la que se revelan como personas cuyos sueños, bloqueados durante tanto tiempo por la ciudad, empiezan a florecer de nuevo. Así aparece El cuarto reino, como un árbol alrededor del plástico. Un brote de vida en la noche.

La película que somos, la película que podremos ser

Huelga decir que la del cine es una profesión esforzada. A la dificultad intrínseca a la creación artística se enarbolan, en este caso concreto, las exigencias de creatividad financiera. Considera un servidor que los problemas de Al óleo, la primera película del joven cineasta Pablo Lavado (Málaga, 1995), llegan siempre por culpa del segundo punto y nunca merced al primero. El esfuerzo creativo que subyace tras cada uno de los planos seleccionados, tras cada gesto de montaje y cada decisión de fotografía nos hace pensar que sí, que tenemos ante nosotros una película que sugiere rasgos excelentes. Y que quizá el dinero podría haberlos materializado hasta sus últimas conscuencias.

Fotograma de ‘Al óleo’, de Pablo Lavado.

En todo caso, pese a la escasez de medios que denota el resultado final de Al óleo, vuelvo a insistir en sus virtudes, que en su caso concreto considero más relevantes que sus defectos de naturaleza. La película, en primer lugar, está atravesada por una luz que la puebla de vida veraniega, una luz que nos devuelve a Éric Rohmer o a la reciente Call Me By Your Name, de Luca Guadagnino —con la que los paralelismos son permanentes—. Sus blanquísimos cromatismos, el cuidado en la edición de sonido —en aras de generar una sensación sonora muy ligada a lo físico— o la estupenda gestión de la geometría de los espacios naturales convierten a Al óleo no sólo en un argumento a esgrimir por parte de Pablo Lavado de cara a exigir mayores presupuestos de cara al futuro, sino en una película que se defiende por sí misma.

Además, Lavado resulta totalmente vanguardista a la hora de introducir, por primera vez en lo cinematográfico —que yo recuerde—, uno de los debates fundamentales que definen a nuestra generación: ¿es ético que la pizza lleve piña?

Yo ya he cenado al salir de Al óleo, pero pienso, camino a casa, en que me apetece bañarme en la piscina en verano mientras me como unas rodajas de piña. Y supongo que eso significa que la película me ha gustado. Quizá mañana…

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Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

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