Málaga, Día 3: los colores hablan en lenguas brillantes

De derecha a izquierda, iluminando el universo. Los colores significan nuestras emociones, no sé si por asociación cultural o por propiedades biológicas de nuestros globos oculares. El cine, en tanto es artesano de la luz, esgrime el color como una herramienta fundacional, como un disparador de expresividad que todo lo atraviesa… o que todo lo debería atravesar. Un cine que no cuida sus colores, así como un cine que no atiende a elementos como la colocación angular de la cámara, la composición de los planos o sus decisiones de montaje… es el equivalente a una literatura que se olvida de las palabras, ¡a una casa que olvida sus paredes!

El tercer día del Festival de Málaga, a puro domingo, arranca atravesado por un azul limpísimo. Son apenas las ocho de la mañana y veo esos colores veraniegos cruzar el cielo sin piedad. Siento paz, claro. Son las cosas del azul. Me meto de cabeza al Teatro Cervantes sin ser plenamente consciente de mi situación dominical. ¿Acaso importa qué día de la semana sea cuando estás dentro de la espiral de un festival de cine?

Disquisiciones tristes sobre Antes de la quema

El primer envite del día —y el único vinculado al noble arte del largometraje— es Antes de la quema, la última comedia del cineasta madrileño Fernando Colomo. Hay cierta irreverencia en el cine de Colomo que me atrae, pese a que la ejecución me provoque, a menudo, cierta distancia. Sin embargo, sus últimos trabajos están abatidos por un convencionalismo que, a mi parecer, resulta prácticamente imperdonable. Antes de la quema empieza con su protagonista, interpretado por Salva Reina, hablando directamente a cámara a través de una grabación realizada con posterioridad a todos los acontecimientos contenidos en el film. Ese gesto nos anticipa dos cosas sobre la película: por un lado, lo formulaico de sus decisiones de estructura narrativa; por otro, la enorme dependencia de la misma respecto a su personaje central, quien marca en todo momento el tono cómico de la cinta. Aderezado con localismos y con ese humor estereotípico que popularizó de manera rabiosa el lanzamiento de Ocho apellidos vascos o Perdiendo el Norte, Antes de la quema avanza sin encontrar una personalidad determinada para lo que quiere contar. El problema: no existen los colores.

Fotograma de ‘Antes de la quema’, de Fernando Colomo.

Hablo aquí de los colores como una cuestión simbólica, claro está. El hecho de que las decisiones formales sean sencillamente irrelevantes en Antes de la quema —más allá de algún dispositivo, como el de colocar la cámara tras unos barrotes la primera vez que el protagonista se ve enroscado en una trama mafiosa, que no hacen más que evidenciar la escasez de la propuesta estilística— es lo que provoca que la película muera por inanición, pese a los esfuerzos de su guión y sus intérpretes por mantenerla a flote. No existe en ella una atmósfera memorable ni una voluntad por impactar las emociones del espectador desde lo cinematográfico: la música, los colores y la luz se utilizan como meros subrayadores de lo que ya expresan las palabras, de las que caen víctimas las imágenes de Antes de la quema. ¡Y qué es el cine sin imágenes! ¿Es acaso cine?

Vemos el verano, todavía invernales

Ese cielo azul tan madrugador no puede despistarnos de una realidad fundamental: todavía estamos, aunque sea por pocos días, en temporada de invierno. La primavera, de hecho, va a pillarnos aquí mismo, en Málaga, viendo películas.

En tanto las estaciones también nos sirven como símbolos, podemos decir que existen ciertas cuestiones sociales respecto a las que podemos empezar a vislumbrar, en un horizonte aún titubeante, la figura seductora del verano. Sin embargo, el invierno todavía late con fuerza. De eso nos habla, más o menos, el tercer programa de la sección oficial de cortometrajes del Festival de Málaga, que agrupa seis películas bajo el título ¿Por qué lo llaman amor?, las cuales circulan alrededor de una serie de conflictos sociales a los que, actualmente, tratamos de plantar cara con fiereza.

La encarga de dar el pistoletazo de salida es Carla Simón, con quien nos reencontramos tras el flechazo a nuestra infancia que supuso Verano, 1993. Su cortometraje Después también afronta, desde esa perspectiva afectiva e inundada de ternura que asaltaba su primer largo, una cuestión tan abandonada al estigma como lo es el VIH entre personas homosexuales. Carla Simón se aproxima con prudencia emocional a su protagonista, interpretado con silenciosa inquietud por Berner Maynés, sin entablar diálogos éticos y centrada en la deconstrucción de los procesos del miedo que asaltan a las personas que contraen el virus. No es casualidad, pues, que la primera secuencia de la película tenga lugar en un lugar invadido por la oscuridad como una discoteca, para, lentamente, ir abriéndose paso hacia la luz. Insiste Carla Simón en lo mismo que apuntaba en Verano, 1993: las heridas se cicatrizan con la ayuda y el abrazo de aquellos a los que queremos.

Fotograma de ‘Después también’, de Carla Simón.

También alrededor del VIH entre personas homosexuales versa Estigma, el segundo cortometraje de la sesión, dirigido por David Velduque. En su caso, sin embargo, el enfoque es diametralmente opuesto. Si Carla Simón se acercaba al conflicto desde el drama íntimo, Velduque lo hace desde el género fantástico o de terror, planteando un relato psicológico de corte kafkiano en el que el protagonista somatiza sus heridas hasta convertirlas en un monstruo que acecha en los rincones ocultos de su intimidad. De esta manera, el Festival de Málaga construye un inesperado díptico sobre una cuestión delicada que, actualmente, exige un enorme trabajo de visibilización.

Paso número 3: Fuego, de Alexis Delgado Bódalo. Aquí, la sesión pega un giro formal y temático, aunque se mantiene dentro del análisis del conflicto social. Rodada en un único plano secuencia, Fuego deviene en una disección del rostro de un hombre a medida que vuelve a casa. Durante todo su camino, la cámara filma un plano corto de su cara para, al entrar en su portal, girarse y rodar la parte posterior de su cabeza. De alguna manera, Delgado Bódalo nos habla de esas dos caras del violador: la que exhibe en público y la desconocida, aquella que cobra vida al llegar a su domicilio. Cuando el personaje llega a su pasillo, la cámara se queda quieta y lo ve marcharse. Allí espera mientras los gritos comienzan. Cuando se escuchan los primeros golpes, las luces del corredor se apagan. El espectador escucha, pero no ve. No llega siquiera a conocer a la víctima. Y cada estruendo es un golpe fulminante a las líneas de flotación de todas las excusas.

Violeta + Guillermo, de Óscar Vincentelli, arranca con dos planos en formato reducido que muestran, cada uno de ellos, a un hombre y una mujer bailando. Cuando el formato se abre, el plano los engloba a ambos, que continúan bailando, ahora juntos. El mundo se expande, de alguna manera, en el momento en que llega el amor. Los dos comienzan a hablar, a recordar lo que han sido, a contemplar lo que son, a trazar círculos viciosos en torno al amor que han compartido y que ven desvanecerse… Él suspira, con el baile ya apagado: “Me volví adicto. Adicto a hablarle al pasado“. Pienso en aquellas cosas que os dije sobre el color y en la oscuridad que atraviesa Violeta + Guillermo; en su textura degradadísima. En cómo el amor, al final, acaba convirtiéndose siempre en una colección de cintas de vídeo apiladas en la estantería.

Fotograma de ‘Suc de síndria’, de Irene Moray.

Ya hemos hablado largo y tendido de Suc de síndria, de Irene Moray, posiblemente uno de los cortometrajes más potentes que se estrenarán este año en España. Lo hicimos cuando su presencia en la Berlinale le canjeó una mención de cara a los European Film Awards, y conviene hacerlo de nuevo ahora que ha sido premiado en Medina del Campo y compite aquí, en sección oficial de Málaga. Volvamos, una vez más, al color. Suc de síndria transpira verdor. Huele a verano por todas partes. Igual que el cielo azul que traviste nuestros cielos invernales, Suc de síndria nos transporta a un lugar inviolable, a un mundo distanciado de los planteamientos de los cuatro cortometrajes que lo anteceden. En la relación entablada entre los personajes de Max Grosse y Elena Martín no hay espacio para el desdén, sino para una construcción libre y comprensiva de los afectos. Pienso, en torno a la pregunta realizada por el título del programa, que debería reformularse así: ¿Por qué lo llaman amor si no se parece en nada a lo que ocurre en Suc de síndria?

Paco Caballero cierra la sesión con otra exploración en plano secuencia de los rastros funerarios del amor, en este caso a través de una pareja que, en un último y vano intento por mantener a flote su relación, finge no conocerse en una fiesta. What Is Love, protagonizado por Miki Esparbé y Verónica Echegui, plantea la remota posibilidad de poder reconstruir un nuevo amor sobre los pasos en falso dados la primera vez, una especie de relectura consciente de ¡Olvídate de mí!, de Michel Gondry. La conclusión es amarga y esperanzadora simultáneamente, y, una vez más, en los ojos de los protagonistas puede leerse aquella desesperación enunciada previamente. A ellos también les habría gustado que su relación se pareciese un poco más a la de Suc de síndria.

¡O me das color o moriré!

El cuarto y último programa de cortometrajes del Festival de Málaga, titulado Pretérito imperfecto es una auténtica fiesta de luz y color que versa sobre los efectos del pasado sobre nuestro presente. Hablamos, posiblemente, de la sección más poderosa de todo el certamen. El poderío audiovisual de sus tres primeras películas es tal que uno vuelve a aquella pregunta antigua: ¿por qué nuestros cortometrajistas, siempre en los márgenes, hallan permanentemente nuevas vías de expresión mientras buena parte de nuestros largos permanecen quietos y estancados? Algo tendrá que decir la industria al respecto, encargada de mantener al cortometraje en unos márgenes que, sin duda, favorecen el impulso de la creación. Pero que también lo precarizan.

La apertura del programa es tan fulgurante que resulta complicado proseguir. Un chico cualquiera, Rosario sólo hay una, de Álex Monner, es un endiablado relato de afectos viciados de pura inspiración almodovariana. La extrema estilización de su dirección de arte, su diseño de vestuario y la composición de sus planos remiten directamente a la última década de trabajo del cineasta manchego, de igual manera que su poética recargada, golpeada por una melancolía castiza muy reconocible. Monner distribuye todos esos elementos en un espacio doméstico rojo y apasionado, una atmósfera heredera de David Lynch que produce cierta sensación de delirio en la mirada del espectador, epatado por la belleza formal de sus cromatismos, sus acabados, sus colores… De nuevo sus colores. Todo está tan agitado en Un chico cualquiera, Rosario sólo hay una que resulta imposible apartar la mirada, como ocurre con aquellas cosas ante las que uno anticipa la aparición de un autor poderoso. Este poema en cuatro partes debe ser uno de los favoritos a llevarse esta sección oficial.

Con el listón atravesando las nubes, irrumpe como una luz tenebrosa Jiajie Yu Yan con Xiao Xian, otro cortometraje fulgurante. Sin perder del todo la poética de Almodóvar —hay algo del misterio de La piel que habito por aquí—, Yu Yan toma algo de distancia y se ubica en un punto intermedio, aproximándose a la lúgubre estética de Park Chan-Wook y trabajando los movimientos de cámara con una suntuosa cadencia heredera de Mizoguchi. El estudio de la geometría de los espacios entre las dos protagonistas de este cortometraje es fundamental para comprender sus distancias emocionales, sus distintas maneras de enfrentarse a su sexualidad y de comprender su vínculo con la otra. Jiajie Yu Yan se acerca a todo esto con una distancia que, amén de ser prudente a la hora de no explotar el dramatismo de sus personajes, le imprime al relato cierto aroma tétrico que, por momentos, lo aproxima al thriller o incluso al cine de terror.

Fotograma de ‘Muero por volver’, de Javier Marco.

Y llegamos al fondo de mi corazón. Confieso que, a lo largo y ancho de esta apasionante sección oficial de cortometrajes del Festival de Málaga, he sentido muchas cosas. Sin embargo, creo conveniente —además de honesto— afirmar que ninguna de esas cosas roza con la punta de los dedos el nivel de intimidad que Javier Marco ha logrado entablar con mis afectos a través de Muero por volver. Al comienzo de la película observamos a una mujer, ya mayor —e interpretada con exquisita sensibilidad por Mabel Rivera—, probando en su sofá unas gafas de realidad virtual. La cámara se sitúa detrás de la puerta del salón, de tal manera que no sólo los 16:9 de su formato comprimen la imagen, sino que también la puerta sirve de marco por ambos lados. Es como si la cámara se ubicase en un lugar del pasado al que esa mujer busca regresar. Todo el cortometraje se desarrolla en el espacio doméstico en el que la protagonista convive con su marido, algo distante. El uso de permanentes planos fijos por parte de Javier Marco genera una sensación de estatismo emocional, la impresión de habernos colocado en un microcosmos inmóvil desde hace muchos años. El espacio juega, pues, un papel fundamental a la hora de bloquear el desarrollo de los protagonistas, que simplemente se sientan a esperar. La tragedia ocurre en elipsis en Muero por volver, en coherencia con su punto de vista silencioso, abnegado. El último plano nos coloca detrás de dos puertas diferentes para, al fondo, contemplar ahora al marido probándose las mismas gafas, suplicante. Cualquiera de esas dos puertas le sirve. Cualquiera de esos dos momentos pasados, ya perdidos. Lo que no quiere es vivir en el presente. Él se muere por volver.

Anegado por la fascinación que ha generado en mí el cortometraje previo, me adentro de lleno en Grbavica, de Manel Raga Raga, que adapta —tan libre como fielmente— el relato de Franz Kafka Un fratricidio. Hay algo de los festivales de cine, intrínseco a la velocidad con la que las cosas suceden en ellos, que te obliga a reajustar tu mirada permanentemente. Este ejercicio resulta, en ocasiones, particularmente cansado, y no siempre favorece el visionado de una película. Yo salí exhausto del trío de apertura de este cuarto programa, y la figura de Grbavica logró algo improbable: despertarme de nuevo, infundir en mí ese interés virginal como si esa fuese la primera película que veía en todo el día. Raga Raga, que estrenó su corto nada menos que en Locarno, lleva unos años desvelándose como un autor muy interesante por su impactante dominio del lenguaje visual. Grbavica, desde ese elegantísimo travelling circular con el que se abre —desplazándose, despacio, desde unas hojas hacia dos rostros tumbados sobre el suelo—, trabaja con intensidad una fotografía en blanco y negro que disloca la temporalidad del relato, además de unos efectos sonoros profundamente elocuentes y aterradores; todo ello con la finalidad de construir aquel relato kafkiano sobre los preámbulos a la ejecución de un asesinato. Raga Raga dispone, de esta manera, un laberinto lírico que remite inevitablemente a Tarkovsky por la enjundia y el poder poético de sus imágenes.

Fotograma de ‘Grbavica’, de Manuel Raga Raga.

El nivel de los cuatro cortometrajes que anteceden a estas líneas es tal que uno piensa que sus sucesores se han visto perjudicados por la caída. En cualquier caso, El fin de todas las cosas, de Norma Vila, recupera para la causa la figura de Lucía Pollán —a.k.a. la niña de Magical Girl— y construye un diabólico episodio de terror que remite, por su perversidad, a Cría cuervos —a nivel temático, que no formal: Vila apuesta por un mucho mayor expresionismo del que Saura propuso—. Por su parte, Una noche con Juan Diego Botto, de Teresa Bellón y César F. Calvillo, sirve como broche ligero para una sesión extenuante, otorgando al público una bombona de oxígeno merced a una idea delirante en la que, fundamentalmente, el propio Juan Diego Botto hace parodia de sí mismo. Desconozco qué es más divertido: la idea de que Botto no pueda tener una cita banal mientras siga habiendo gente con hambre en el mundo; la hilarante interpretación de Cristina Soria; o el hecho de que el cortometraje termine con un tema de Ismael Serrano.

Me han gustado mucho algunas de estas películas, como habréis comprobado. Si alguien ha llegado a esta parte lejana del texto, este periodista cansado le da las gracias. Hoy ya no me quedan más cosas por decir. Mañana no os libráis.

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Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

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