Málaga, Día 4: los rastros invisibles

El cine es un álbum fotográfico que interactúa con nuestro pasado. Así lo entendía, al menos, el director lituano Jonas Mekas, obsesionado por encontrar ese instante de belleza cósmica en el trastero simbólico de las imágenes, ese resplandor imposible de capturar a través de nuestra mirada, efímera por naturaleza. La cámara salvaguarda, de alguna manera, lo sacramental de las cosas que se desvanecen por el implacable transcurso del tiempo. Es una cajita de recuerdos, el cine. Un laberíntico mapa de rastros invisibles que nos transportan a nuestro presente.

Tras los disparos al aire, centremos la cuestión. Día cuatro del Festival de Málaga. Amanecemos, por primera vez desde que comenzara el certamen el pasado viernes, con amenaza de nubes tapizando el cielo. Se nota, por otra parte, que la semana se adentra en sus mecanismos habituales. Porque otra cosas de la que uno no es consciente cuando se sumerge en las rutinas de un festival del cine resulta ser el calendario laboral. Las calles sí lo saben, y el lunes el centro de Málaga respira un aire mucho más pausado. Ya no está el bullicio de los días previos, ya se han marchado las grandes cadenas de televisión, puntuales para gestionar la apertura y los fuegos de artificio de la alfombra roja. Pienso que esto es lo que me gusta: la ciudad bajo las nubes, el cine colocado al fin en primera línea, las personas acudiendo a la sala religiosamente. No sé si habré otorgado al cine el lugar que la religión dejó libre en mi vida tiempo atrás. Me gustaría que así fuese.

Vientos jóvenes que abarcan nuevas promesas

El primer envite de esta tercera jornada es Litus, el quinto largometraje del joven cineasta barcelonés Dani de la Orden (Barcelona, 1989). Tras el éxito de su díptico debut —Barcelona, nit d’estiu y Barcelona, nit d’hivern—, De la Orden fue asumido por el status quo cómico, realizando el papel de director en películas funcionales como El pregón y El mejor verano de mi vida, amén de realizar algunos episodios de Élite, la serie-fenómeno de Netflix.

Fotograma de ‘Litus’, de Dani de la Orden.

Con Litus, el cineasta regresa de alguna manera al estilo que lo catapultó con sus dos primeras películas: aquí tenemos una comedia situacional y coral, tiznada por un dramatismo algo efectista —con un notable aroma publicitario, botellines de Estrella Damm incluidos—, que sitúa la acción durante una reunión de amigos que se reencuentran tras el suicidio, seis meses atrás, del personaje invisible que da nombre a la película. Heredera confesa de Los amigos de Peter, de Kenneth Branagh —la película se menciona varias veces durante el metraje de Litus—, entrega esfuerzos desiguales a la construcción de sus seis personajes: el peso de Marco, interpretado con acierto cómico por Adrián Lastra, es visiblemente superior al del resto de sus compañeros de reparto, lo cual es significativo a la hora de marcar el tono de la cinta. Gracias al arrastre que lleva a cabo el personaje de Lastra, Litus accede a unos paneles de comedia en los que funciona de manera muy eficaz, merced a una escritura de diálogos chispeante y a un montaje lleno de dinamismo. Sin embargo, en los espacios en los que el conflicto de la película debería resolverse, Dani de la Orden apuesta por un gesto mucho más vago, cercano a lo cursi —de nuevo la influencia de lo publicitario—. Esa estética televisiva invade Litus por completo, consiguiendo que la película no logre nunca trascender esa pared pese a sus honorables esfuerzos por resultar empática, divertida, ágil y éticamente limpia. Su fotografía algo chillona y sus funcionales movimientos de cámara adormecen, en cierto sentido, la mirada de un espectador que sí, asiste a los rastros que la figura de Litus ha dejado en sus amigos, pero que nunca alcanza esa belleza última de las imágenes que clavan el pasado en nuestras emociones.

El trabajo de los departamentos de prensa me permite asistir a proyecciones en las que no he estado a nivel físico, solventando así aquel impedimento viejo de la incapacidad humana para la ubicuidad. Así, recupero Asamblea, el primer largometraje de Álex Montoya, dos días después de que se proyectase dentro de la sección Zonazine del Festival de Málaga. La película de Montoya se ubica en una realidad que funciona como espejo paródico de la nuestra: un grupo de personas se reúnen para celebrar una asamblea de la que no llegamos nunca a saber el motivo. Desconocemos quiénes son esas personas, qué tienen en común o cuál es su reivindicación, y el inteligente guión de Jaume Pérez planea sobre todas estas cuestiones sin reparos, colocando su atención sobre los aspectos burocráticos que, despejados de la realidad artificial en la que los incrustamos, se revelan en todo su ridículo esplendor. El absurdo es circular en Asamblea, y Montoya lo aplaca con una atmósfera de thriller de único espacio que no es más que un espejismo, un disfraz tras el que se esconde el gran objetivo de la película: no hablar de absolutamente nada para, al mismo tiempo, embestir con voracidad crítica a una sociedad entregada al vacío.

Fotograma de ‘El increíble finde menguante’, de Jon Mikel Caballero.

Seguimos agarrados al cuello de la sección Zonazine para cruzarnos con El increíble finde menguante, otro debut en el largometraje. En este caso, el de Jon Mikel Caballero, que se sube a la reciente tradición de las películas enmarcadas en bucles temporales. En su película, sin embargo, hay un matiz conceptual que va de la mano de lo formal: cada repetición del bucle lo reduce en una hora, de tal manera que el tiempo se va estrechando. Al mismo tiempo, el formato de la película hace lo mismo, generando una cierta sensación de claustrofobia creciente en el espectador a medida que lo hace la de la protagonista, encarnada por Iria del Río. Hay muchas cosas valientes en esta propuesta que rezuma intención y que, como le ocurría a Al óleo, se ve levemente lastrada por la insuficiencia de medios con la que se realiza. Sin embargo, el buen hacer de Jon Mikel Caballero en la dirección y las buenas decisiones formales aplacan la irregularidad de un guión que se pierde un poco a sí mismo a medida que los bucles avanzan, consciente del lugar al que quiere llegar pero algo inseguro a la hora de dar algunos pasos en esa dirección. Pese a todo, insisto: la valentía es un rasgo a celebrar. Y El increíble finde menguante es una película valiente.

El reino del silencio

El plato fuerte de la jornada aterriza, como ya ocurría el pasado sábado, de la mano de la sección oficial de documentales a concurso. Agazapados en el cálido regazo del Teatro Echegaray, asistimos a una sesión doble que nos ofrece todo el arrojo, la multiplicidad de ideas cinematográficas y la belleza ausentes en otras secciones. Como preámbulo —¡qué digo preámbulo, hablemos de fines!— asistimos a Greykey, un cortometraje —casi mediometraje— de Enric Ribes que traza una mirada al pasado. Una vez más, los rastros. Muriel Grey recuerda la figura de su padre, Carlos Grey, un hombre negro que vivió el infierno nazi de Mathausen y cuyas reminiscencias, pese a su temprana muerte, invaden por completo la vida de su hija y sus nietas —sin apenas haberlas conocido—. A través de un espléndido trabajo de reconstrucción documental y de bellísima edición —Guillermo Irriguible es el encargado de hacer equilibrismos con el enorme volumen de imágenes y sonidos que pueblan Greykey—, Enric Ribes se marcha en busca de los puntos del pasado de Muriel en los que su padre acabó por inscribirse definitivamente en su identidad. Combinando imágenes de archivo con una fotografía de 16 y 8 milímetros, Greykey obtiene una textura de álbum recuperado, de espacio de diálogo con la belleza que permanece.

Fotograma de ‘Greykey’, de Enric Ribes.

Hablando de permanecer, surge como un ave en el cielo la figura de El silencio que queda, el primer trabajo cinematográfico de la videoartista y fotógrafa Amparo Garrido. Volvamos ahora al principio de este texto y a la figura inmortal —pese a la muerte, siempre pese a la muerte— de Jonas Mekas. Hay algo fundamentalmente mekasiano en la concepción de El silencio que queda, una película entregada al brotar de las flores, a las conversaciones entre los pájaros y al sonido del agua atravesando los helechos como espacio de diálogo con una humanidad relativizada. La cámara se incrusta en la naturaleza y observa al hombre a distancia, a través de la figura de José Carlos Sires, un ornitólogo ciego que escucha al mundo a través de los pájaros. A través de un largo plano fijo que ubica a José Carlos en la parte baja de su encuadre, metido hasta las rodillas en una charca y amparado por el cobijo de los árboles y el cielo, Amparo Garrido nos introduce en su cosmovisión particular, que comprende al ser humano como un organismo naturalizado, en permanente interacción con los elementos. El lirismo se manifiesta en El silencio que queda a través de un tempo suave y cadente que, poco a poco, trasporta al espectador a la inmensa belleza de esos parajes que habitan a nuestro alrededor mientras miramos a otros lugares. Al final, las manos tocan los árboles y los olores de la hierba mezclada con el agua invaden la sala. Y pienso que el cine no sólo sirve para guardar nuestro pasado de una muerte probable, sino también para reencontrarnos con la belleza en un presente que, igual que el agua, sigue corriendo, manso, a través de cauces invisibles.

Mecido por una ligereza que me infunde una agradable sensación de calma, abandono la sala tras ver El silencio que queda y me guarnezco en los Cines Albéniz, donde asisto, dentro de la sección oficial en su apartado Málaga Premiere, a la proyección de Abuelos, otro debut en el largo, en esta ocasión de la mano de Santiago Requejo. Hay, en esta comedia de fórmula que revierte los términos —colocando en el papel protagónico a tres hombres de edad avanzada—, unas innegables buenas intenciones, acompañadas por una escritura amable y comprensiva con sus personajes. En cualquier caso, igual que ocurría con Litus, la película se deja llevar por una estética marcadamente industrial, con movimientos de cámara que no buscan ningún objetivo narrativo ni estético más allá de mantener rodando al espectador, una música machacante que se encarga de subrayar todas las emociones derivadas del guión y una afectación dramática algo televisiva que bloquea cualquier atisbo de verdad que la película, con aquellas entrañables intenciones que le atribuimos, podría haber conseguido trazando sus caminos de alguna otra manera.

Hablamos siempre del nacimiento y de la muerte, pero quizá las cosas buenas estén por la mitad. Al lunes del Festival de Málaga le ha pasado algo parecido a lo que le ocurre a la vida.

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Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

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