Málaga, Día 5: por la noche, volver a casa

Contaba Mark Oliver Everett —líder fáctico y espiritual de la banda Eels— en sus memorias, tituladas Cosas que los nietos deberían saber, que su canción más triste la escribió de noche, alrededor del frío y frente a la casa vacía en la que se había criado junto a su familia, ya desaparecida. La canción se llama Dead Of Winter, y termina así: “pensé que me olvidaría del pasado / pero no me deja correr tan rápido / y yo sólo quiero quedarme fuera / y pensar que eso es lo correcto / que esa es la verdad / y yo no desapareceré / no desapareceré en la luz“. Vuelvo a esos versos abatidos tras el visionado de Ojos negros, una de las mayores joyas que nos ha regalado, hasta la fecha, la presente edición del Festival de Málaga. Pero ese sólo es el final de esta historia. Antes, en un martes de intermitencias entre el sol y la tímida lluvia, hay también tiempo para la decepción. Antes de regresar a casa y abrazar el rostro del pasado que se esfuma; antes de la paz están los pasos en falso.

Fotograma de ‘522. Un gato, un chino y mi padre’.

522. Un gato, un chino y mi padre, comedia dramática dirigida por Paco R. Baños, es el primer plato del día. Su punto de partida la aproxima a la tesis de Mejor… imposible, la mítica comedia romántica de James L. Brooks. En aquella película, el personaje central —interpretado con un arrebatado derroche de carisma y fragilidad por Jack Nicholson— veía un abismo en los espacios públicos. En un subrayado algo anecdótico de su misantropía, el guión establecía que aquel personaje tan histriónico temía cruzar el umbral de su puerta y evitaba a toda costa pisar las líneas entre las baldosas de la acera. Todo ello implicaba —cómo no— una incapacidad patente para entablar relaciones saludables con sus congéneres. En la película que nos ocupa es Natalia de Molina la encargada de dar vida a Georgina, la protagonista de una historia que transcurre por cauces similares. No se habla de baldosas en 522. Un gato, un chino y mi padre, pero el miedo a quebrar la rutina y a abandonar el espacio conocido se reflejan en la personalidad de su personaje central igual que lo hacían en el de Mejor… imposible.

Después de una somera y esquemática introducción emocional de Georgina, Paco R. Baños nos introduce en el conflicto personal de su segundo largometraje: herida por la muerte de su madre y la prolongada ausencia de su padre, un escritor portugués de guías turísticas, la joven encarnada por De Molina decide embarcarse en un viaje desde Sevilla al corazón del Algarve en busca de respuestas. El pretexto, claro, es la intención de encontrar a su padre, pero el guión —firmado también por Baños— disloca rápido la atención de esa cuestión para centrarse en lo que verdaderamente le interesa: el proceso emocional a través del que Georgina se recupera a sí misma. El planteamiento se ejecuta con relativa eficacia, aunque la película se derrite progresivamente, a medida que el viaje de su protagonista, acompañada por un amigo japonés que se encamina a Portugal con la intención de recuperar al amor de su vida, se enrosca sobre sí mismo al encadenar una serie de eventos de apariencia trascendente y fondo hueco.

Desde el primero momento, 522. Un gato, un chino y mi padre está atravesada por una luz blanca que puede leerse como la amenaza pública que acecha a la protagonista. Esa luz no se modifica en ningún momento del metraje, y uno piensa si Baños pretende que entendamos que no el entorno nunca cambia, sino que es la psicología del personaje la que evoluciona. La estructura narrativa, sin embargo, no ofrece herramientas para convencernos de que este cambio radical, esta regresión a una personalidad jovial y perdida, pueda efectuarse durante ese viaje. Termino su visionado confundido, temiendo que la película se haya estancado en su gesto nerd para desinflarse a continuación, desprovista de identidad.

Por las razones equivocadas

La cosa no mejora con el visionado de 7 razones para huir, un largometraje codirigido por Gerard Quinto, Esteve Soler y David Torras que, al igual que ocurría en Relatos salvajes, de Damián Szifron —el paralelismo es tal que ambas películas cierran su metraje en una boda sangrienta—, se estructura en torno a una serie de breves historias que palpitan crítica social. En este último aspecto llega quizá la divergencia respecto a su referente argentina, dado que la subversión en 7 razones para huir no es en absoluto una cuestión latente, sino subrayada hasta la extenuación. Algunos de sus relatos —aquel en el que un niño negro sale de la televisión de una pareja, que se debate sobre qué hacer con él como si fuese un residuo; aquel en que otra pareja de clase alta guarda bajo el suelo del vestidor de la mujer a decenas de esclavos asiáticos— supuran tal nivel de evidente voluntad transgresora que se vuelven contra sí mismos. Al final, este gesto progresista tan deliberado no puede sino parecer forzoso, como una sonrisa de fotografía de DNI, igual que aquel humor tan blanqueado del anuncio de Campofrío. Y aquello concebido para desmontar el status quo se limita, finalmente, a celebrarlo.

Fotograma de ‘7 razones para huir’.

Existen apenas dos vías medianamente lúcidas para la respiración de ese ambiente tan masticado en 7 razones para huir: la que supone su historia de apertura, quizá la más seca de todas ellas; y la que propone el relato protagonizado por Emma Suárez, Manolo Solo y Sergi López. Este último quizá suponga el mayor golpeo de inspiración de toda la película, tanto por el interés que suscita su formulación —entre el terror, la comedia absurda y el drama conyugal— como por una serie de ideas formales que apenas se vislumbran en el resto de fragmentos. Al ubicarla en el rellano de un sexto piso, los directores juegan permanentemente con las luces automáticas y las escaleras del edificio como recursos de apoyo para una cámara que se maneja en espacios muy reducidos. La ambivalencia interpretativa de sus actores también se distancia del rasgo subrayado de los protagonistas de los demás relatos. Y sí, el hecho de hacer girar un guión en torno a la idea de que, de repente, los números del mundo terminasen en el 6, resulta cuanto menos sugerente. Es una pena que lo descompensado de la película esconda este destello de originalidad.

Mi tierra por unos Ojos negros

No me gusta nada hablar de películas de manera negativa. Lo comprendo como parte del trabajo —supongo que es eso o, directamente, no hablar de ciertas películas—, pero no encuentro tipo alguno de placer en ello. Remarcar errores es siempre una labor farragosa, delicada, en tanto se cuestiona en apenas unas líneas el trabajo de días de muchas personas. No veo cómo puede alguien moverse con comodidad en un territorio tan frágil. Por eso no es hasta la noche cuando mi martes cobra sentido periodístico. Igual que Everett frente a su casa, yo encuentro motivos en el diálogo con mi propio pasado que me propone Ojos negros, película codirigida por Ivet Castelo y Marta Lallana.

Estas dos jóvenes cineastas se enfrentan al espacio filmado desde la perspectiva opuesta a las dos películas comentadas previamente. Si aquellas trataban de aplicar ciertos parámetros para construir un relato a partir de ellos, lo que Ojos negros busca es proveer a su protagonista, una joven que es enviada a pasar el verano a la casa del pueblo de su abuela, de un espacio fílmico en el que desarrollarse. Ivet Castelo y Marta Lallana entienden la imagen como un campo dispuesto para que las cosas sucedan; nunca como una herramienta para exhibir narraciones masticadas.

Fotograma de ‘Ojos negros’.

De esa manera, Ojos negros se revela rápido como una de las más fulgurantes apariciones de este Festival de Málaga, izando su bandera en la sección Zonazine y siempre interesada en hallar ese instante impagable de verdad, ese segundo de belleza que funciona como agitador empático, como puente entre el espectador y el hecho cinematográfico. Al principio de la película, la cámara se pega a su protagonista, provocando que la mayor parte de las cosas sucedan fuera de plano. Buen ejemplo de ello es la secuencia de apertura, en la que Julia Lallana —protagonista de la cinta y hermana pequeña de Marta, su codirectora— aparece resguardada en su habitación, apoyada en su ventana y contemplando cómo sus padres discuten. A las cineastas no les interesa, en ese caso concreto, el epicentro de la acción, sino el impacto emocional que ésta genera en el personaje central, que es el que hace avanzar su narrativa.

A medida que la protagonista se va adaptando a su nuevo contexto, en buena medida merced a una tierna amistad que nace y al reestablecimiento de circuitos de comunicación con su abuela enferma, los encuadres de Lallana y Castelo comienzan a respirar. El entorno natural cobra, a medida que Ojos negros avanza, cada vez más protagonismo, convirtiéndose al final en un personaje más dentro de ese triángulo conformado por él, la protagonista y su nueva amiga. Pese a su breve metraje, la película no teme en ningún momento ceder espacio a los silencios, comprendiendo que es en ellos, a través de la contenida expresividad gestual de sus actrices y la sucesión de días y noches, en los que las cosas acaban por gestarse del todo. Esta película es, pues, un nacimiento hermoso. Un paisaje que merece ser contemplado con mimo. Un motivo de celebración.

Avatar

Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *