Málaga, Días 7 y 8: juro que no sé encontrar la salida

Me lastima el hecho de que las cosas tengan que terminarse. Las cosas, sin embargo, se terminan. Y también se terminó el Festival de Málaga, que arrancaba en las ascuas tímidas del invierno y nos ha dejado asentados ya en plena primavera. Al cansancio se añaden, al término de un evento de estas características, sentimientos vinculados con la gratitud, el éxtasis, la nostalgia temprana quizá. Pienso mucho en mi inhabilidad para lo ubicuo y proyecto en mi cabeza imágenes del trabajo que me gustaría hacer: textos que construyesen castillos cinematográficos en la mente del lector, que proporcionasen una mirada panorámica sobre todas las cosas que han ocurrido en una semana llena de películas. Supongo que el tiempo es un enemigo a batir en esta cosa tan ajena al pensamiento del periodismo. La prisa por escribir como enemiga de las ideas. En cualquier caso, aquí está, con el pecho ardiente, este último texto que, ante todo, es plenamente consciente de su ágil banalidad.

Las exigencias no casan con la creación, pienso. Supongo que, cuando nos decidimos a dedicarnos a esta cosa inconsciente de comentar imágenes, lo que tenemos en mente no es hablar sobre películas hechas siguiendo ese orden de los acontecimientos. Pensamos en discernir virtudes y golpes de gracia de artefactos audiovisuales fascinantes, de hogares cinematográficos que compartir con los demás. Pero la realidad es bien distinta, y la sección oficial del presente Festival de Málaga ha sido buena prueba de ello. La industria cinematográfica trabaja con ritmos marcados, que despejan la atención de las imágenes igual que la velocidad de la escritura periodística en los festivales disloca el poder comunicativo de las palabras.

Suspiros y risas sinceras

El jueves en Málaga arrancó con tibieza, aún con el regusto feliz del visionado de Los días que vendrán, de Carlos Marques-Marcet, anclado en la memoria. Llega, pues, el turno de Yo, mi mujer y mi mujer muerta, de Santi Amodeo. La premisa inicial de la película resulta medianamente estimulante: un arrogante y frío arquitecto sufre la pérdida de su esposa y se enfrenta al vacío doméstico dejado por su compañera de décadas. Amodeo se entretiene, durante los prologómenos del film, en mostrar los rastros que la memoria del protagonista —interpretado por el actor argentino Óscar Martínez— proyecta sobre las solitarias paredes de su hogar. Lo hace superponiendo una imagen algo transparentada —correspondiente al pasado— sobre otra nítida —el presente—.

Fotograma de ‘Yo, mi mujer y mi mujer muerta’.

De nuevo, las palabras. Digo que se entretiene con ello, pues este simulacro de exploración de los espacios domésticos como memoria tiránica de los seres queridos que ya no están se frena repentinamente para abrir paso a una película que elige caminos estéticos y tonales totalmente diferentes, adherida a la comedia romántica y el enredo y abandonando por completo la tesis dramática propuesta a lo largo de sus 20 primeros minutos. Amodeo gasta metraje introduciendo a dos personajes secundarios —Carlos Areces e Ingrid García-Jonsson— cuya utilidad narrativa no trasciende jamás el gag, y resuelve el punto de inflexión biográfico de su protagonista de manera no sólo caprichosa, sino brusca e incomprensible —colocando en elipsis la transición emocional y ante la cámara una sucesión de eventos irrelevantes y vacuos—. En definitiva, Yo, mi mujer y mi mujer muerta se desvela como una película de caminos incomprensibles.

Las cosas se iluminan por fin con la llegada de ¿Qué te juegas?, posiblemente la primera —y única— comedia española del festival que no sólo trabaja su identidad tonal y formal con decisión, sino que, sencillamente, funciona en el apartado cómico. Apoyada en un reparto verdaderamente lúcido —el triángulo conformado por Leticia Dolera, Javier Rey y Amaia Salamanca funciona con ligereza e hilarante comicidad—, la cineasta Inés de León debuta en el largometraje con un slapstick adosado sin ningún tipo de vergüenza a la posmodernidad como argucia narrativa narrativa, a las permanentes referencias pop y a lo forzado de sus fórmulas de comedia romántica. ¿Qué te juegas? destaca con holgura por encima de las demás películas de su género presentes en Málaga porque se siente cómoda perteneciendo a él, conoce sus debilidades y las explota sin sentirse atribulada por ello. Hay algo de celebración absurda que eleva a esta película y que hace pensar que sí, que esta vez la voluntad se colocó por encima de las urgencias de producción.

Melodrama en la periferia

Saltemos a través del tiempo: de repente y sin previo aviso, estamos a viernes. Son las nueve de la mañana del último día de competición de todo el festival, y es justo entonces cuando nos enfrentamos a ¿A quién te llevarías a una isla desierta?, la segunda película de Jota Linares tras su convincente estreno en el largo con Animales sin collar. La propuesta formal de Linares está clara: queriendo desalojar el influjo teatral de su libreto —adaptación de la obra escrita por el mismo—, sostiene la cámara siempre cerca de los cuerpos de sus protagonistas, encarnados por Jaime Lorente, María Pedraza, Andrea Ros y Pol Monen. El cineasta busca, a través de esta decisión, imprimir a su película el grado de expresividad gestual que el cine permite y el teatro no.

Fotograma de ‘¿A quién te llevarías a una isla desierta?’

El problema llega a la hora de ensamblar guión y puesta en escena, dado que este acercamiento a lo físico exige una generación de intimidad que ¿A quién te llevarías a una isla desierta?, siempre ocupada en resultar melodramáticamente adolescente, no tiene interés en trabajar. El espectador, siempre encima de los impredecibles rostros de los personajes, asiste perplejo a la manera en que el conflicto surge entre ellos, sin que nada de lo ocurrido a lo largo de los 40 minutos de perfilado psicológico nos haga pensar que todo eso puede estar sucediendo. Es posible que la intención de Jota Linares sea precisamente esa: guiar al que observa a través de una aparente calma para, en el momento menos pensado, atizar con la vertiginosa imagen de la realidad. El hecho de que la cámara esté tan cerca de los actores, sin embargo, parece simular cierta honestidad que, al verse quebrada, produce una inevitable sensación de trampa, de traición. De un efectismo melodramático que te expulsa de la película y se interpone, a partir de ese momento, como una barrera insalvable entre tú y ella, ya sin credibilidad.

Oídos sordos

Hablando de propuestas de aparente interés y ejecución dudosa, llegamos a Sordo, de Alfonso Cortés-Cavanillas, el último largo de ficción español estrenado en la sección oficial del Festival de Málaga 2018. Pivotando alrededor de un guerrillero republicano —encarnado con visceral apremio por Asier Exteandia— que, durante el primer franquismo, se queda sordo y solo tras una explosión en la que muchos de sus compañeros resultan muertos o apresados por las fuerzas militares del régimen, Cortés-Cavanillas propone una suerte de western de posguerra en el que la edición de sonido —debido a la condición adquirida del protagonista— y una crepuscular dirección de fotografía —que nos habla de la permanente decadencia del personaje central y de su entorno— juegan papeles igualmente protagónicos.

Fotograma de ‘Sordo’.

Cierta impostura dialéctica propia de las recreaciones históricas televisivas y sólo mitigada por el buen hacer de Exteandia o Marian Álvarez, unida a la excesiva gravedad tonal que Cortés-Cavanillas busca imprimir a su relato, comienzan a expulsar a un espectador que se ve desterrado por completo en el momento en que su narración se convierte en un devaneo circular excesivamente prolongado. En su pretensión por resultar siempre seca, sucia y oscura, Sordo se olvida de convencer al espectador del drama contextual de sus protagonistas, caricaturiza enormemente a dos villanos imposibles y abandona por completo su premisa inicial —la de ser una película sobre la huida— para convertirse en un eterno retorno hacia el destino conocido.

Pintores de la eternidad

Todo este cacao mental acaba resolviéndose, claro, en el Teatro Echegaray, donde ponemos el broche a la presente edición del Festival de Málaga con Los pintores nuevos, el último documental de Isidro Sánchez. Como ya hiciese en No me contéis entre vosotros, Sánchez vuelve a adentrarse en los espacios domésticos de la vejez, en esta ocasión a través de las prominentes figuras de los pintores Rafael Aguilera e Isabel Jurado. No hay ápice de condescendencia en la mirada del cineasta, sino una aproximación respetuosa y cargada de cariño a las rutinas de dos personas que, dentro de su avanzada edad, sostienen un entregado amor por la pintura. Isidro Sánchez presta especial atención a la memoria física de los objetos, que habitan el hogar de Rafael e Isabel y lo pueblan de pasado, de recuerdos y de historias por contar. La tesis del documental —afirmar que la novedad no tiene nada que ver con el paso del tiempo— se refleja, con ligera comicidad, en el momento en que Rafael Aguilera, mostrando unas botas a su mujer, dice: «¡Mira! Son las botas de Londres. Están nuevas. Tienen 40 años«.

Fotograma de ‘Los pintores nuevos’.

El concienzudo trabajo en la edición de sonido y el montaje convierten a Los pintores nuevos en una agradabilísima experiencia sensorial que, aunada a la respiración de los planos fijos, adquiere la capacidad de trasladar al espectador al interior de ese espacio abigarrado, sobrecargado de memorias —¿no son las memorias todo lo que tenemos?—. Además, Isidro Sánchez también introduce algunas capas muy interesantes de pensamiento cinematográfico a través de la filmación de la pintura y, en ciertos momentos del documental, de la filmación del proceso de filmación de la pintura. Así, el cineasta plantea cómo el cine añade cierto elemento místico a la memoria plástica de la pintura. Habla sobre cómo la imagen en movimiento añade valor, como elemento de representación, a la imagen fija. Y nos cuenta —¡qué falta nos hacía!— por qué el cine es tan importante. Por qué el cine nos hace inmortales. Por qué el cine consigue que las cosas nunca se terminen. Y así ya nada pueda lastimarme.

Avatar

Adrián Viéitez

Proyecto imágenes en mi cabeza para salvarme de mis ojos.

Un comentario en “Málaga, Días 7 y 8: juro que no sé encontrar la salida

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *